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Cuando pasas los que los católicos llaman la penitencia.

Cuando nadas como un cabrón para llegar a la orilla con mar de fondo, esa que quizá señalaba la bandera amarilla que, pche, ignoraste.

Cuando avanzas por un parque de madrugada sin más iluminación que la luna, tiene que llegar el momento en el que te encuentres necesariamente con una farola que funciona. Y desde ahí, puedes seguir caminando.

Hoy me senté temprano a la mesa de trabajo y seguí dándole vueltas a una idea para una novela que llevo tiempo dejando madurar. Como en el purgatorio, como en la mar agitada, como en el parque tenebroso, he estado muchas semanas mirando a mi alrededor. Buscando la forma de poner los pies bien firmes en el suelo y saber dónde estaba.

Y sobre todo, cómo se salía de allí.

Desde mi anterior entrada, en la que cayó algún cimiento que otro de lo que era mi vida, me movía en el impasse del tiempo de entreguerras. Esa rara incertidumbre de abolir los horarios y de abrir nuevos tiempos. No todo fue neblinoso, no obstante. Llegó un espaldarazo inesperado en forma de premio y la pequeña certeza de que, tal vez, eso sea la llave a un nuevo tiempo.

Aunque es pronto para saberlo, al menos sé que es el paso que necesitaba. “Gnadenlos” ha sido esa clásica novela que duerme cuatro años en el cajón porque nadie quería publicarla. Y en cierta manera, sabía que mientras no fuera capaz de dejarla publicada, no podría centrarme en la siguiente.

Así que llamé durante años a puertas y nadie salió a abrir. Todo lo más, una voz desde dentro diciendo que dejara el folleto  en el felpudo, que ya si eso.

Hice un último esfuerzo y me lancé a por esto. Y gané.

Cayó en una época rara, donde muchas cosas de las que conformaban mi vida han cambiado definitivamente. Mi travesía del desierto.

Hoy he sido capaz de llegar al oasis, de encontrar la farola, de llegar a la playa, elijan la metáfora que más gracia les haga. Hoy he conseguido que la turbia nube de ideas para la siguiente novela empiece a cobrar forma.

first line of a novel

Con la primera línea. El primer párrafo.

En ese momento, ondeaba en mi boca una Claessen repleta de Union Square. Pasaban pocos minutos de la una y algo de la tarde. Soy incapaz de fumar algo fuerte y pesado como una primera pipa antes de la comida: por eso, para estos momentos de trabajo relativamente matinal, elijo siempre un virginia limpio y fresco que transmita su ligereza a la mañana. Abrí la lata recién llegada de Estados Unidos, dejé secar unos minutos al sol las dos láminas de flake para luego desbrozarlas ligeramente entre las palmas de mis manos y cargar la Claessen. Como buen flake de Gregory Pease, me costó mantener la brasa, pero cuando cogió velocidad de crucero pude concentrarme plenamente en el trabajo. En esa amalgama de conceptos e ideas aisladas que daba vueltas por el cuaderno y que no me conducía más que varias disyuntivas.

Fuera, el sol se derramaba sobre la terraza y me preguntaba Qué, cómo va lo tuyo, y antes de que respondiera, me dijo claramente, Déjate de esquemas y pamplinas y empieza a hablar. Empieza a escribir.

Toqué una palabra clave, pasé varias páginas y escribí la primera línea. Y después el primer párrafo.

Lo peor ya ha pasado. Gracias, Union Square.

17 de marzo ya. Quedan 3 meses para que hagan 3 años ya desde que mi padre se fue.

Es un hecho. Lo sugiere la rima numérica. Y el fin de un ciclo.

Digamos que te levantas por las mañanas como si nada ocurriera. Como si el universo fuera a seguir en su sitio cuando vuelvas a esa cama, esa noche, a poner la cabeza en ese hueco que has taladrado en la almohada. Digamos que sigues los protocolarios pasos de la rutina que has construido con el esfuerzo y la desidia de los días, esa dejadez con la que llegan las facturas habituales de un importe más o menos habitual.

La lisergia de lo que crees eterno. Aunque sabes de sobra que no lo es. Has cambiado demasiadas veces de tarjeta de visita como para presuponer que los círculos nunca se cierran.

Pero se cierran, vaya que si se cierran.

Y quedan disecados, como un trofeo en la pared.

Varios años antes de que se grabara este disco de Leonard Cohen que ahora suena, se abría un círculo. Enviado por mi viejo, desde allá arriba. Él acababa de irse y no nos había dado tiempo a casi nada: le supo mal morirse tan pronto y tan de repente que me envió una nueva vida.

Fue tan buena que me acomodó. Pero esa es otra historia. Me dejó encauzado y se fue tranquilo.

Con lo que él no contaba es con la miseria del ser humano. Supongo que una vez te mueres, si existe algo más, además del cuerpo te dejas atrás las muescas que te ha dejado la gente que te engañó, las esquirlas de la decepción, ese jarabe difícil de tragar que es la ceguera intolerable de quien no quiere ver.

Porque la vida, aprendes, es dominar el arte de esquivar a toda esa legión de gente ciega que te va dejando marcas en el cuerpo.

Pero se nos olvida. A mí y a él.

Y vas caminando por la nueva vida que te han regalado, y esquivas a algunos ciegos pero a otros no los ves venir. Porque te vienen por la espalda y atraviesan tu piel con números, porcentajes, cuotas de retorno y esas basuras que sólo tienen sentido en las mentes enfermas y vacías que desconocen el valor de una palabra.

Porque no pueden cuantificarla. Así que no existe.

Esta escoria ambulante y ciega, este reflujo de la existencia flota como una bolsa de plástico en el mar. Por eso siempre te los encuentras en lo alto de la pirámide dispuestos a arrastrarte con su ceguera, a su ceguera. Y mientras vives aprendes a manejar la lucidez necesaria para sobrevivir a la caterva necia y seguir abriendo el círculo del ciclo, continuando el paso, sin saber que mientras avanzas también te encaminas hacia su conclusión.

Y un buen día te encuentras en uno de tus refugios, tu club, observando el vacío circundante, dándolo todo por cerrado sin saber bien cómo has llegado hasta ese punto.

Así que entras en el humidor del Krøhan & Bress y eliges un Macanudo 1968 Churchill y le preguntas qué hostias ha pasado.

Y el humo te dibuja las mismas flores que trazaba tu padre en el aire cuando todavía estaba vivo. Esas flores que sólo decían, hijo, yo qué sé, la vida es a veces un lugar demasiado complicado como para tomárselo demasiado en serio. Y luego se desvanecían, como los problemas.

Como los círculos que se cierran.

Y tras dos semanas en el dique seco, volvemos a la bella rutina del humo.

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Internet: ese lugar en el que uno encuentra cosas interesantes por accidente, por casualidad. Digan lo que digan los apóstoles del SEO y demás fraudes, uno acaba topándose con pedazos de realidad que siguiendo un hilo invisible te llevan de un contenido de twitter a  un blog a una colección de fotos antiguas.

Hoy he amanecido con el sabor metálico de este post en mi paladar: “¿Por qué dejamos de usar sombrero?”, de César Fernández-Viagas. Una colección de fotografías de principios de siglo XX agrupadas en torno a una pregunta sin respuesta.

Una pregunta creada como reflexión.

Admito que me he quedado durante un tiempo ensimismado mirando esos testimonios de un tiempo perdido. Me pirran las fotos de un tiempo perdido. Soy así. La fotografía me parece un milagro imposible de repetir con ninguna otra arte: el testimonio físico de un instante perfecto, una fracción de segundo exacta e irrepetible, condenada a la más pura desaparición. Salvo por la cámara. La cámara está ahí para demostrar esa existencia. Aunque sea imposible, para detener el tiempo. Aunque el ser humano fuera absolutamente incapaz de asumir físicamente la acumulación de momentos, aunque eso le impidiera seguir levantándose cada día. Por eso el intento es más titánico, más imposible, más absurdo todavía.

old fashioned hats

Y me quedo mirando las fotografías de sombreros. Viejos tiempos de una elegancia muerta. Hoy en día no sabemos movernos sin exponernos, sin vender a precio cero cada pedazo máximo de nuestro cuerpo sin ser conscientes de estarlo regalando, sin reservar nada a una intimidad, sin saber ser discretos. Lo que la gente suele llevar hoy en sus cabezas se parece más a un nido fluorescente de pájaros daltónicos con terraza de béisbol adosada. Destacar. Exactamente lo contrario que antes, pienso.

Continúo y encuentro un par de fotos que me conmueven. Pero no son de principios de siglo XX.

borsalino fedora hat

A la izquierda, un borsalino clásico de la época. A la derecha, “su reinterpretación moderna”. Bajo estas líneas, ídem de lo mismo con el panama original, hecho para Truman, y un panama actual.

panama hat truman

Es difícil resistirse a la nostalgia viendo la mera comparación ocular. En el material empleado para la confección. Ese elemento intangible llamado estilo. Flair. El acabado. Esa sensación que separa de inmediato la manufactura de la producción industrial.

El triste sucedáneo de los tiempos modernos en los que nadie lleva ya sombrero para cubrir sus ideas o para saludar galantemente por la calle. Quizá porque no es un tiempo propicio ni para pensar ni para saludar sin obtener rédito inmediato a cambio; tal vez, pero es fácil observar la diferencia entre el original y la evolución hacia la involución.

Como los sombreros y las pipas pertenecen a un mismo periodo de tiempo en franco retroceso, hay un paralelismo que quizá no conozcan quienes lean este blog. Entre los fumadores de pipa de cierta edad existe un cierto fetichismo que se convierte en una línea divisoria. Rara es la conversación en la que no salta una frase que golpea como un relámpago:

Ya no se hacen pipas como las de antes.

Y se hace un breve silencio mientras arranca una nueva discusión sobre un tema sin final.

Por un lado, están quienes defienden que las pipas de antes eran mucho mejores que las de ahora, así, en toda la amplitud de la frase. Profundizando, argumentan que ciertamente hace 100 años, al ser el negocio de la fabricación de pipas de brezo relativamente nuevo, los brezos que se podían hallar en los países mediterráneos eran de mayor calidad, al no haber la sobreexplotación actual. Que las líneas clásicas eran más respetadas y guardaban unas proporciones más armoniosas que las actuales. Que entonces la gente no coleccionaba pipas sino que eran instrumentos de fumar, por lo que se prestaba una atención más especial a que el tiro fuera lo más correcto posible para que esa pipa perdurase y fuera una buena fumadora, porque si no lo era, se fumaba sin cuidado hasta quemarla, o se lanzaba pasado el tiempo a la chimenea cuando el invierno azotaba. Relacionado con esto, se argumenta que precisamente por eso lo que nos llega hoy en día como superviviente de la época son pipas de alta graduación, de un brezo bien secado y excelente, un Gran Reserva de las pipas, por las que a menudo merece la pena pagar un precio de coleccionista.

La opinión contraria otorga su parte de razón a lo anterior, pero rebate que el brezo de ahora sea peor: al contrario, que hubiera más cantidad de brezos centenarios antes no quiere decir necesariamente que sean mejores, o que los hubieran cortado adecuadamente. Que antes al ser más instrumental el hecho de fumar en pipa se prestaba menos atención a escoger el brezo. Que aceptan que lo que nos llegue hoy en día pueden ser fumadoras excelentes, pero no necesariamente porque sean excepcionales de origen, sino porque han sido curadas a base de fumadas y fumadas durante décadas, pues es por todos sabidos que una buena pipa fumada con cuidado durante años se hará cada año mejor. Y que muchas veces hay un mito terrorífico detrás de una Dunhill del 29, por ejemplo, y que no fuma mucho mejor que una pipa de gama alta de nuestros días, si las fumáramos a ciegas. ¿A partir de cuánto pagamos un nombre y fomentamos una mitomanía absurda?

¿Quién tiene razón? Ambos y ninguno. Es un debate sin solución. Está claro que fumar en pipa no es lo que podríamos considerar una actividad masiva hoy en día, pero la producción mundial es razonablemente suficiente para abastecer el mercado. Sí, se han cepillado muchos brezos centenarios en estas décadas, pero eso sólo obliga a que haya que buscar mejor, en otros países. La riqueza se ha generalizado en comparación a, pongamos, 1950. Eso significa que los artesanos pueden elegir un mejor brezo y poner un precio superior, por lo que se hace hoy en día no tiene por qué ser inferior a lo de antes.

Pero también es cierto que las proporciones de las formas clásicas y ortodoxas tienen una finura especial en las pipas antiguas. Y que hay una magia especial en fumar en una pipa que es anterior a tu nacimiento. Pensar, “esta pipa la podría haber fumado mi padre a los 22 años, si acaso hubiera fumado en pipa“. O conseguir una pipa de tu año de nacimiento. Mírate, viniendo al mundo y ahí tienes algo físico de ese momento histórico.

Melancolía pura. Un intangible. Un tiempo perdido que no se ha vivido. Los peores. Porque no se es objetivo, no se puede tocar una diferencia burda.

Al fin y al cabo, una pipa no es un sombrero. Aunque procedan de tiempos perdidos.

Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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Hay que ser práctico y tirar por lo bajo: 8 pipas son las elegidas para el viaje.

De izquierda a derecha: Martín 37-09, Martín 1961, Larsen Super Grain, Santambrogio, Carsipe 1211, Les Wood CAP’09, Martín 27-09 y Martín Saler arenada.

Ahora, el otro Tourmalet que escalar: los tabacos.

 

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I toured the light. So many foreign roads.

Preparo la maleta para afrontar un nuevo salto de país. La preparo mentalmente, claro. Ella duerme todavía en el sótano el sueño de la rutina. La dispongo en el suelo de la habitación, alineada con la ventana y el sofá, destripada, esperando el cometido.

Esperando todas las posibilidades.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Todas las posibilidades. Todos los yos que podríamos ser.

Pienso que podría dejar caer dentro de ella un amplio surtido de camisas y pantalones aparentes, algún jersey fino, aquello que me convierte en una persona aparentemente mayor a lo que mi pasaporte afirma. O mis vaqueros más cómodos y anchos que, combinados con esos jerseys a los que el invierno es propicio, me harán pasar desapercibido como uno más de esos postadolescentes que niegan haber rebasado los 30 mientras eligen sudaderas con capucha público objetivo apenas 18. O simplemente, podría llenar mi maleta de mis todoterreno: las camisetas negras de manga larga que admiten todas las posibilidades.

Posibilidades.

Porque habrá cosas básicas que siempre llevamos con nosotros, las más íntimas, las más imprescindibles. En mi caso, además de elegir la ropa con la que los demás podrán verme, elijo un surtido de pipas y tabacos para los 17 días que me aguardan en la península.

Y es una decisión bastante más relevante que la ropa que me llevo. Al fin y al cabo, con la edad uno puede pronosticar cuántos de estos 17 días peninsulares serán días de camisa, días de zapato, días de una espontánea y no requerida corbata.

Es mucho más difícil pronosticar un momento.

Podría ocurrir: una cena respetable de Nochebuena con dos personas enjugando una ausencia. Quizá mis dotes de entertainer a tiempo parcial surtan efecto y mi madre no mire demasiadas veces la silla vacía. Puede que disfrute de una buena copa de vino. Puede que sonría al final de la cena, satisfecha. ¿Con qué tabaco y con qué pipa celebro semejante victoria? ¿Con un 1792, recio e imperial, o con algo más dinámico y alegre como un Cairo o un Fillmore? ¿Y si no lo consigo? ¿Me inclinaré hacia la latakia, que siempre me incita a reflexionar? ¿O reservaré mi mejor latakia para cuando vaya a la orilla de la cala donde le dejé, hace ya dos años y medio?

Cada uno de esos momentos en los que encenderé una pipa será completamente diferente a los demás. Tendrá un sabor, una paz determinada. Y eso es lo que, aparentemente, debo decidir ahora.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Y el hombre que canta, I toured the light.

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Carsipe R2+ Samuel
Gawith’s Full Virginia Flake

Quizá algún día, si se diera el improbable caso de ser padre, tenga un hijo que no tema regalarme una pipa y hacerme feliz.

Escribí esta frase hace siete meses, tras pasar ese día que los grandes almacenes tienen a bien denominar El Día del Padre. Era esa clase de día en la que uno no puede ya buscar un libro de pesca para regalar, sino sólo pensar. No tanto en quien ya se ha ido, sino en la clase de hombre que uno empieza a ser. Sobrepasada la treintena, es imposible no dar vueltas al hecho de que tu madre tuviera tu edad cuando te tuvo a ti. Y ya era tardía para esa época. Tú entras en esa edad. Ya sabes.

Y aparece una frase como esa. Ser padre. Imaginar un hijo que te regala una pipa.

pipa martinNaturalmente, eso está todavía lejos, si se diera el caso. Lo sé yo y lo sabe la mujer con la que comparto mi vida. Ella, la discreta, miss no-sorpresas, se quedó con esa frase prendida en el pensamiento. Ella, que conoce mi amistad con el mejor artesano de pipas de España, apareció un día por su taller. Entre todas sus freehand, buscó una pipa especial. Una que fuera tan especial como la que podría regalarme ese hipotético hijo.

Y eligió esta maravilla: la 27-09. Una apple especialmente redonda y rotunda, en la que no escasea la madera. Una pipa de mano poderosa, que a cambio lleva un acabado delicadísimo: el rusticado piel de nutria. Imaginad un peine que milimétricamente fuera capaz de alinear la madera hasta tal punto que uno siente estar acariciando el pelo de una persona querida. La mujer. Un hijo. Esa sensación. Por eso la pipa es rotunda y ancha: para que esa sensación pese en la mano, como pesa una cabeza que duerme en nuestro regazo. Una cabeza que queremos y protegemos de una forma invisible, generando a su alrededor ese campo de fuerza llamado cariño.

Técnicamente, como todas las Martín, bien sean freehand o mecanizadas, la pipa es impecable. Un tiro de 3,8mm y un hornillo de 20mm, tiene la holgura suficiente para permitir respirar a un flake o atesorar una buena porción de cross cut. Como todavía la reservo para ocasiones muy especiales, no tiene el rodaje suficiente para comprobar su comportamiento con tabacos poderosos o latakiados: de momento, virginias de todas las añadas y calidades están pasando por ella. Sigue buscando Su Tabaco. Como tantas otras pipas.

Pero ninguna tiene el poder de sugerir tanto al tacto como esta.

Ella probablemente se sintió atraída por un tacto tan especial y diferente, y cuando la eligió no pensó en cabezas en el regazo y esa protección a través del tacto. Tal vez.

Pero como yo soy un hombre de la vieja escuela, me gusta pensar que sí. Por eso lleva su nombre.

Determinadas palabras tienen peso de mármol. Nacen graves y grises, nacidas para el bajorrelieve y la cita en los libros de historia. Suelen ser grandilocuentes y hablan desde los conceptos para ilustrar a las personas. Utilizan la distancia para acercarse, al menos de una forma ilustrativa. Y hay grandes libros escritos así.

Pero les falta algo. Una inmediatez que toque el alma. O esa sensación tan vaga y cercana llamada realidad.

Porque al final, las historias no necesitan ilustrarse desde las alturas. Las palabras que cobran la verdad son las que cada mañana dice un hombre ante un carajillo en un bar, mientras fuma(ba). O lo que uno piensa volviendo de un entierro.

Frío.


Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.


Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.


Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.


Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún. 
Necesidad espiritual.


Vengo de enterrar a un amigo muerto.


Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”.”…una pena…”


Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.


Y fumo. Saboreo la pipa, el humo y el tabaco.
 Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.


La bendita libertad.


Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo. 
Pero todos los que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.


Y quizá fumar en pipa.

Aparecen en este libro, “Escritos desde el anonimato“, de Enrique Tárraga (Editorial Círculo Rojo, 2011), ciertos lugares comunes que nos narran pequeñas y breves historias sobre la gente común, usted, yo, todos nosotros: el bar de los currelas, las playas medianamente ocupadas, un Moleskine pidiendo vida y tinta, las carreteras y los paritorios. Y aparecen también algunos textos que he tenido el privilegio de albergar en este blog, como “En guardia“, “Aguantando” o “De fe y otras creencias“. Enrique ha publicado un libro que navega, como la vida, entre poesía y prosa, siempre contando algo que merece la pena escuchar.

Y es que al final, un hombre que encabeza los retazos con letras de Bruce Springsteen, merece una lectura.

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