Recuerdo una anécdota que sucedió en un tiempo mental que ahora parece lejano.

2006.

Recién llegado a una ciudad en la que oficialmente fumaba el 40% de la población. Una ciudad en la que los cafés eran lugares cuajados de suelos de madera, sofás y humo. Un paisaje en el que las manos de la gente que acudía a los bares acariciaban las humeantes tazas en invierno y las frescas botellas en verano, acompañadas del tabaco. Los puristas de la asepsia y los talibanes del ecologismo de salón hablarán mucho, pero el tabaco era el ambiente, la amortiguación de las palabras, el colchón sobre el que caía, lenta, tímida, esa primera caricia de las parejas que se acercan poco a poco en lugares neutrales.

En uno de esos cafés, una mañana de un día laborable, yo ocupaba mi desocupación en comunicarme con el mundo con mi portátil. Con la exactitud del mecanismo preciso y la lentitud de quien disfruta de la anticipación, lié un cigarrillo. Era la época en la que alternaba la pipa y el tabaco de liar, porque a mi juventud le daba reparo fumar en pipa en público. El café estaba solitario como una larga mañana de resaca. Sólo la camarera rusa con el hoz y el martillo tatuados en el hombro, otro solitario tomando café y yo, centrado en mis acciones. El otro cliente estaba casualmente en la mesa de al lado. Encendí, las volutas azules empezaron a girar en vertical, y pocos segundos después, el cliente cogió su taza y se cambió a la mesa más alejada de la mía. Me quedé mirándole con la interrogación sin formular, y me dijo, disculpándose,

– es que soy asmático…

Me sorprendí tanto de su corrección, su educación y su humildad, que me salió en mi por entonces deficiente alemán,

– no, por favor! haberlo dicho antes!

Y apagué el cigarrillo, sonriendo. Él sonrió también y volvió a la mesa de al lado.

La ciudad era Berlín. La educación, el respeto por la individualidad del otro, por sus acciones y su libertad, eran hechos sagrados para todos, hasta un extremo tan exagerado como éste. Siempre cuento esta historia, como un viejo abuelo nostálgico, cuando veo los carteles notificando las nuevas reglas en lugares en los que jamás un primer beso volverá a tener la cadencia que tuvo años atrás.

Esta es la tolerancia que las leyes se han encargado de dinamitar.

Anuncios