Las 7´45 horas de un viernes otoñal. Saboreo el café mañanero en mi bar de todas las esquinas.

Cargo mi pipa, una canadian Martín con nombre poético, Dolzaina; el tabaco, fresco y suave, carga la cazoleta entre susurros y esperanzas; la mezcla inglesa, recia y contundente, del Squadron Leader, juega con el delfín, y rie alegre. O eso imagino.

Pienso.
Quizá dentro de poco no podré hacerlo. Fumar en mi bar de todas las esquinas. Mientras miro el paisanaje y me pongo al día del país, la crisis y demás, mejor que en noticiarios de escasa objetividad y menos cercanía, alejados siempre de la realidad dura y quizá triste del día a día, ocupados en tramas imposibles, cumbres multinacionales y conmemoraciones inútiles y aún innecesarias, entre proclamas y eslóganes que aquí, entre olores a café y coñac, humo de tabaco y varón dandy, perfumes de la clase que aguanta al país y a sus gobernantes, suenan obscenos y pornográficos.

Y miro.
A los currelas que trasiegan copas de pacharán y carajillos, acabando su desayuno antes de reincorporarse al tajo, entre bromas y carcajadas y humo de cigarros, riendo por ser viernes y fin de semana, y tras la jornada, el día los dejará lejos del andamio y la máquina. Al inmigrante de color que en otros tiempos políticamente más incorrectos y aún aquí llamamos negro, cargado con bisutería y relojes mil, iluminando su cara con una sonrisa que llama la atención, de blanco y alegre y quizá soñador, mientras descansa un rato de mantear, comiendo un pincho mientras piensa en irse con su primo, que vive en Marsella o en Frankfurt, donde la vida no es tan dura tras la patera. Al ludópata que tras rápido café, maldice a la máquina que le esgrime colores, mientras tras él lo chinos cuentan las jugadas y levantarán el premio. Los empleados de la sucursal bancaria, encorbatados, desayunándose antes de denegar los créditos. Al borracho de todo bar, que apura su copa de chinchón antes de continuar su recorrido y pasar a ser el borracho de otro bar. Al repartidor que descarga los congelados, mientras comenta lo mal que está el tráfico y lo cabrones que son los municipales. A la chica de la esquina, que se desmaquilla ante la manzanilla y cuenta la bolsa de la noche, disimulando sueño y minifalda, y dice no al último cliente. Al taxista, que en doble fila, comenta las ultimas noticias de la radio quejándose del lumbago que lo tiene a malvivir, y que vuelve a decir lo cabrones que, ¡efectivamente!, son los municipales y el alcalde. Al vendedor del cupón, que tropezando, asegura que esta vez si, el gordo, y que le queda la niña bonita. A la pedigüeña rumana, con el crío a cuestas, que vende estampitas mientras intenta sustraer alguna cartera con dedos ágiles y malnutridos. Al triste parado, que saborea su anís, harto de imaginar la cola en la oficina del INEM. Al quiosquero que termina de dejar los periódicos del día, mientras sueña con océanos y mulatas…

Olor a café recién hecho, a bollería, a humo de tabaco y sudor. A vida.

Quizá los políticos gobernantes debieran compartir alguna vez un café y una pipa en el bar de todas nuestras esquinas…

…para iluminarse entre volutas del humo y redimirse. Creo.

E.Tárraga

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