Algunos días sin actualizar, que no días sin nicotina. El humo exige su peaje diario, y a cambio proporciona un estilo de vida y una sinapsis distinta de las neuronas que proporciona otra visión de las cosas. O eso nos gusta creer a los fumadores.

Nos ayuda, claro está, la incompetencia de los talibanes y su decadencia mental. Dejaré para otro día la última memez patrocinada desde el otro lado del Atlántico (Apple tratando de parecerse a Microsoft y sus enormes patinazos) y me quedaré en España.

Ayer tuve la oportunidad de hacer dos viajes: uno a Alicante y otro al pasado.

He vivido cinco años en Madrid, la capital de las aristas y las esquinas que esconden puñaladas y sonrisas. Domarla es uno de esos retos que los foráneos nos proponemos, como si la vida fuera ir superando pruebas ajenas. El esfuerzo obliga a que cada cierto tiempo haya que salir de ella para tomar aire en la siguiente batalla de una larga guerra que al final siempre se pierde. Casi siempre, esa recarga venía de la mano de Renfe. No ya por una mayor comodidad operativa frente a las interminables esperas del avión y los interminables kilómetros del autobús, sino por una racionalidad extinguida: el vagón de fumadores.

En aquellos años en los que el tren era una prolongación de mi culo, pese a no fumar todavía en pipa, muchas veces elegía vagón de fumadores. No tanto por el esporádico cigarrillo de Amsterdamer que me liaba, sino porque allí el tiempo viajaba de otro modo. No había niños gritando, los volúmenes de los teléfonos móviles eran mucho más discretos y reinaba, en líneas generales, una mayor calma que en los atronadores y sanos vagones de no fumadores. Recuerdo que pensaba siempre, en aquellos años en los que el consumo de nicotina imperaba, que en el futuro las probables restricciones del consumo de tabaco avanzarían exactamente por aquél camino: el de la separación de espacios. Y pensaba, está bien así. Nadie tiene por qué tragarse mi humo, y la libertad de elección de espacios era tan sencilla como la de ese tren: poner un vagón de ocho de fumadores, al principio o al final del tren. Ninguna zona de paso, ninguna molestia: la gente sólo tiene que responder a una sencilla pregunta:

– ¿Desea vagón de fumadores o de no fumadores?

Por eso, recuerdo con especial tristeza el viraje brusco a la hipocresía y a la estupidez, cuando año y medio antes de entrar en vigor la Ley Antitabaco (gracias, Menesterio de Sanidad), Renfe decidió, por propia iniciativa, suprimir el vagón de fumadores y declarar todo el tren espacio libre de humo, que es el nombre posmoderno de la neolengua de la que hablaba Orwell. Era una decisión lógica impedir que la gente fumara en los espacios comunes entre vagones, y en la cafetería. Sin embargo, suprimir el vagón de fumadores fue el gesto gratuito, el guiño cínico del asesino que va a torturar durante 5 horas a su víctima. Renfe pasó de ser el giro que podrían tomar las cosas en un mundo ideal, al giro que desgraciadamente iban a tomar las políticas de histeria y cortinas de humo -paradoja- patrocinadas por esos mismos gobiernos incapaces de resolver problemas ni de legislar más allá de apropiarse del incremento de la presión fiscal y fingir que le interesa la salud pública.

Salud pública, espacios sin humo. Ninguna de esas palabras devolverá esa calma que se respiraba junto al humo de un vagón de fumadores. O tal vez, es que el humo era la calma.

 

Escrito con Carsipe R1 con Samuel Gawith 1792.

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