Frío.

Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.

Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una Billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.

Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.

Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún.

Necesidad espiritual.

Vengo de enterrar a un amigo muerto.

Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”. “…una pena…”

Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.

Y fumo. Saboreo la pipa y el humo y el tabaco.

Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.

La bendita libertad.

Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo.

Pero todos lo que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.

Y quizá fumar en pipa.

© Tárraga (gavierodream)

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