Llevo días rumiando esta entrada.

No por falta de ganas, sino por encontrar la métrica exacta, el diccionario preciso. Escribir es un ejercicio de fondo, dicen los expertos y he dicho yo también en alguna ocasión; pero hay situaciones en las que imponerse un horario de oficina ante el papel o el teclado no sirve de nada.

Porque lo que se cuenta está mucho más allá de las palabras.

Querría contar la historia de un hombre libre. Uno de esos que ya no existen: criados en otra escala de valores muy distinta a la actual, son esa generación que tenían nuestra edad cuando cayó el franquismo. A esa generación que vivió rodeada de grises sospechantes se le grabó a fuego en el alma una certeza: puede que todo lo de fuera te coarte, pero tienes siempre un remanso de paz individual que nadie te puede tocar. Un pequeño paraíso cotidiano y alcanzable que hacía la vida más ligera. Para cada persona, su escondite visible era distinto. Para los hombres libres, el tabaco.

Pienso en mi padre escapando de la rutina cansina y atocinadora, sentado en la terraza de casa, fumando un cigarrillo, en silencio, sopesando entre las manos la nada.

Pienso en el padre de un amigo, al cual nunca conocí, y le visualizo sentado en una oficina, observando a las 9am una montaña de papeles intrascendentes a nivel histórico, y encendiéndose un cigarrillo para coger aire para sobrevivir. Entre las 9’00 y las 9’06, nada salvo la acción mecánica, la pausa entera del mundo.

Conseguir parar el mundo. ¿Quién puede hacer eso hoy en día?

Hoy en día a nosotros no nos dejan parar el tiempo. Apestados de una sociedad pendular que ha vuelto a la opresión de entonces, nos limitamos a dejar que el mundo gire durante 23 horas para poder fingirnos todopoderosos en esa hora secreta que hurtamos a la rutina nocturna.

Pálido reflejo de lo que un día fueron nuestros padres.

Ellos fueron libres, porque sabían detener los relojes. Ellos fueron libres, porque vivieron un tiempo en el que determinadas acciones individuales todavía se consideraban individuales. Ellos fueron libres porque eligieron un camino que les daba la paz en el día a día. Ellos fueron libres porque no se dejaron amedrentar por leyes, estudios médicos patrocinados por la hipocresía ni por el signo fascista de los tiempos. Ellos fueron libres porque elegían dónde ser libres. En una terraza, en un bar, en su propia casa o en su puesto de trabajo: eran libres.

Fueron libres y pagaron el precio: cáncer de pulmón. Detrás nos dejaron a nosotros, como a ellos les dejaron sus padres. Con una enseñanza: ser hombres libres. Y vaya que si lo somos.

“Mi padre era un fumador consciente de lo que le podía causar el tabaco, pues también se llevó a mi abuelo, su padre, y puede que el día de mañana, también me cause la muerte a mi, pero a pesar de todo, seguiré fumando en pipa, pues de algo hay que morir, y gracias a él he conocido a gente maravillosa con la que comparto una de mis aficiones, que me ayudan a crecer día a día como persona, siguiendo las enseñanzas que mi padre me dio, tal y como mi abuelo hizo con él.”

mi padre (1942-2009)

Nuestra obligación, como hijos suyos que somos, es seguir su camino y ser libres. No todo lo libres que nos dejen: verdaderamente serlo. Por eso encendemos nuestras pipas en su memoria mientras hablamos con ellos sin palabras.

Sólo con señales de humo.

En memoria de Luis y de Juanjo, escrito con SG Best Brown Flake en una espuma de mar.

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