Había sido un día muy largo, o al menos así le había parecido a él… Desde que recibió la fatídica llamada de teléfono, estuvo viajando en el coche durante todo el día, intentando llegar a su destino. Parecía que el coche, en lugar de tragar kilómetros, los iba escupiendo.

Había sido una semana muy larga, o al menos tenía esa sensación… Ese era el tiempo transcurrido desde que había estado en su ciudad natal, y sin embargo, se le antojó un periodo de tiempo muy largo. Sentía que llevaba una eternidad fuera.

Había sido un mes muy corto, no comprendía cómo había corrido tanto… Tan sólo había pasado un mes desde que habían acabado las sesiones de quimioterapia y radioterapia, y en ese breve espacio de tiempo, el cáncer había devorado el cuerpo ya sin vida de su padre.

Cuando logró llegar al tanatorio un tumulto de gente le impidió llegar al interior. Compañeros de trabajo de su padre, amigos, familiares, todo el mundo quería darle su apoyo con un saludo, una palmada en la espalda…, un “te acompaño en el sentimiento”. Logró zafarse con buenas palabras, y alcanzó su objetivo, su madre y hermano; ellos eran a los que buscaba; ellos eran los que le necesitaban; ellos eran los que le esperaban…, su padre no lo logró.

Cuando terminó la vorágine del tumulto, el funeral, los saludos, corrió de allí. Necesitaba estar a solas, estar consigo mismo, relajarse, llegar a un punto en el que sus pensamientos sonasen con claridad, sin mezclarse con injerencias del exterior. Necesitaba estar él.

Salió de casa a dar un paseo, pues pensó que el frío de la calle le ayudaría a pensar mejor. El frío siempre le había dado la sensación de asepsia, con lo que sus sentimientos se alejarían del candor, permitiendo que la mente dominase al corazón. No lo logró, un cumulo de sentimientos se aunaban en su cabeza, y le producían una sensación de agobio; un nudo en la boca del estomago; una opresión en el pecho.

La razón no podía con el corazón; y fue el corazón el que le incitó a buscar en sus bolsillos. Allí, identificó con dificultad, pues tenía los dedos semi-congelados, un trozo de madera. Su pipa. En el bolsillo del lado opuesto, su mano encontró una bolsa, la sacó y en ella halló unos “flakes” de su tabaco favorito.

Sacó la pipa y el tabaco, los observó detenidamente, preguntándoles por qué estaban allí, por qué no los arrojaba, pues su padre había fallecido por un cáncer de pulmón, producto de la adicción al tabaco. La razón retomaba el impulso en su batalla, y avanzaba sobre las líneas enemigas del corazón. Debía deshacerse del tabaco, él todavía era joven, seguro que lograría esquivar la enfermedad si en ese mismo momento olvidaba aquella planta venenosa.

De repente el corazón usó su arma secreta…, un recuerdo de su padre explicándole lo que era una pipa. A ese le recuerdo le siguieron muchos otros de buenos momentos vividos con su padre, y en todos ellos el tabaco estaba presente. Podía oler el humo a su lado de cuando le enseñó a montar en bicicleta… Casi masticaba la nicotina que su padre exhalaba cuando veían un partido del Atleti juntos en la tele… Inundaba sus sentidos el alquitrán que flotaba en el ambiente cuando le enseñaba a hacer los ejercicios de matemáticas…

La razón, esta vez auxiliada por agentes externos infiltrados, intentó dar su golpe final. Una camarera le dijo:

-Disculpe, pero aquí no se puede fumar…, no ve que es nocivo para nuestra salud, por eso lo ha prohibido el gobierno.

Ese ataque de la razón fue el mayor error cometido en una guerra desde que Napoleón intentó conquistar Rusia. Cargó la pipa con el “flake”, sacó su caja de cerillas, y encendió la pipa. A partir de ese momento, el corazón aniquiló los restos del ejercito de la razón, el humo fue el arma empleada.
El humo fue el que le trajo a su padre en la forma de recuerdos… El humo le permitió desatar el nudo de la boca del estomago… El humo eliminó la opresión del pecho… El humo sesgó la sensación de agobio… El humo le trajo la paz que necesitaba en su interior para ser uno con sus recuerdos, unos recuerdos que le devolvían a un padre que se había marchado demasiado pronto.
El humo, mal que le pesase a muchos, le volvió a dar la libertad del libre albedrío, la cual es la mayor de las libertades, pues fumando hacía lo que quería.

© Deagolk

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