Hay días que deberían poder aniquilarse. De entrada no es una buena señal trabajar en Alemania para el mercado español, y estar trabajando el día de la Concepción. Todo el país está descansando, y tú tienes que abrirte paso entre una selva de jefes superlativos, miradas de superioridad, el sentimiento de vivir en un examen perpetuo y los clásicos reveses que un día normal ignorarías.

Ah, pero hoy no es un día normal.

Refugiado en la atalaya del sofá, observamos el recuento del día al que le quedan unos minutos de vida. Nos hemos protegido del marasmo en la manta cálida del amor que espera en casa, del cariño de sobremesa, el arrullo de la distancia con esa oficina que a veces puede ser una oficina.

Tienes motivos para sonreír. Y sonríes. Pero sólo al final del día.

La pipa encendida. El reloj que avanza. La nicotina te susurra que no deberías tomarte tan en serio la vida, si al final no vas a salir vivo de ella.

A veces hace falta convertir el trabajo de un tabaquero anónimo y reducirlo a ceniza para poner, otra vez, el mundo en calma.

Escrito con Carsipe R2 y SG 1792

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