Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo… comienzo esta carta copiando, sin pudor ni arrepentimiento, las primeras palabras del Nobel. Y lo hago confesando militancia delictiva y políticamente incorrecta, cuasi inmoral.

Tristes tiempos reglamentados. Falacias legislativas. Insultos intelectuales.
Malos tiempos para la libertad y el individuo.

Yo, ya digo, no soy malo; sólo alguien que ayunta escasas letras, y aspira a morir de lo que le toque, si me dejan, esperando mirando la mar y fumando mi tabaco; viendo crecer a los hijos, amando y deseando a las mujeres, la propia y las ajenas, y soñando con las golondrinas, que traen piar de otras latitudes, otros rostros y otras vivencias. Con la conciencia tranquila.

Pero, señor, no me dejan, ni puedo.

Usted sabrá, porque todo lo sabe el poder y el instrumento, que me incorporé tarde al mundo cibernético, y dejo por aquí cosas y pensamientos más por distracción que ocupación. Incluso sabrá de los escasos lectores de estas palabras mías. Lo que le quiero decir, señor, es que mi formación, educación y crianza, después de la casa, las aulas y el matrimonio, me imaginaban una persona normal, media, aseada, liberal en pensamientos y opiniones, formal en el trato y en la vida, españolito medio con sueños e ilusiones. Escasos, ya digo, pero propios.

Y así vivía. Leyendo algunas letras, mal escribiendo otras, escuchando sonidos que dicen música, fumando en pipa.

Pero no, la conciencia no me deja. El inconveniente de leer y pensar, sabe usted.

Ahora, tras la vuelta de los años, mirando ya por el hombro mucho tiempo, muchas alegrías y algunas tristezas, me encuentro con que no soy el que pensaba, el españolito medio, la persona normal, media, aseada, de pensamientos y opiniones libres y formales. Ahora soy….

…el que delinque por ir rápido en la autopista, que además pagué y pago y aún no es nuestra; el que es arcaico y retrógrado por acompañar a los amigos en el funeral de sus padres, en boda de sus hijos, o en la comunión de sus nietos, aunque no crea o poco, por educación y respeto, que da la paz y la desea, y no mira el color ni la opinión ni el sexo del que comulga o reza, como del que se queda en la puerta tomando el aperitivo, pero que se reconoce en el crucifijo más que en otros símbolos, aún no creyendo;  el pirata que escucha  y lee todo lo que puede bajado libremente del espacio; el proscrito que fuma, voluntariamente y asumiendo el riesgo, buscando dónde hacerlo, aguantando miradas y reproches, y estupideces pasivas;  el insolidario porque cree que es mejor enseñar que subvencionar, incluso en el otro mundo, y que antes de los derechos de los grupos está el individuo; el insensible porque piensa que un capón a tiempo o un azotazo en el trasero, hacen, en ocasiones, más bien a los infantes que las sillas de pensar y pedagogías modernas; el iletrado que piensa que todos no tiene género, que la gramática y la ortografía es aún competencia de la que Fija y da Esplendor, y son los inmortales y no padres de la patria los que deben decirnos cómo hablar y escribir; el subversivo, que piensa que la libertad se extiende a su casa y correo, y presume la inocencia de todos, incluso de la policía y más; el triste y aburrido porque prefiere leer a Kant y a Darío, o ver a Ford y a Wilder, y no sabe dónde hacerlo sin dejarse sueldo y ahorros,  ignorando  adormideras  contemporáneas  tipo  grandes hermanos y ChampionsLeagues

…en fin, sabe usted, la conciencia, a la que repulsa reconocerse así…pero a la que habrá que acostumbrar, me temo.

Por eso quería dejar,  negro sobre blanco,  esta confesión.  Para evitar gastos procesales futuros.
Atentamente.

Gaviero.

Posdata: No le remito la presente vía ordinaria porque ya la tendrá, obviamente. Enhorabuena por el instrumento. Escrito fumando  Balkan Sobranie en Viprati La Classica; por el agravante.

© Tárraga

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