Por si algunos de ustedes lo habían olvidado, en 2006 los talibanes ya atacaron, aunque la sociedad les dio la espalda y salieron con el rabo entre las piernas. No obstante, ante la perspectiva de recorte de las libertades individuales que se nos venía encima, hubo quien alzó la voz. Y parió textos que hoy siguen siendo perfectamente válidos.

De fumarse el trabajo al trabajo que nos fuma
VICENTE VERDÚ

EL PAÍS – Sociedad – 22-12-2005

Si la ley prohíbe fumar sin cuartel, ¿cuánto más fácil no sería prohibir los trabajos sin tasa? Más que acomodar los horarios españoles a las jornadas europeas -asunto de insuperable obviedad- es problema, tanto aquí como allá, la actual coerción laboral insoportable. Puede dudarse, contemplados los rostros de los viajeros a eso de las ocho o nueve de la noche, si los convoyes del metro del autobús o del puente aéreo, proceden de algún centro de tortura regular o transportan contingentes de enfermos desde los puestos más siniestros a otros nuevos hospitales para desahuciados.

El actual desarrollo económico arroja este resultado espectacular: crea durante cinco días a la semana millones de gentes exhaustas, desorientadas, apartadas de sus hijos, tendentes al alcoholismo o a la depresión, a la agresividad o el orfidal, para recibirlos, sábados y domingos, en vivaces centros comerciales donde entre una hoguera de escaparates, cines y fulgencias, se espera una centrifugación del cerebro en trance de rendición.

El lunes siguiente, el proceso se repite y, semana tras semana, a lo largo de los años y de la vida, el método logra seres humanos no sólo con las fuerzas físicas y mentales agostadas sino con la vida expoliada. ¿El recuerdo del trabajo? La memoria del trabajo se funde gradualmente con la aversión, el rencor, el odio, el sinsentido. Puede ser que, hasta hace unas décadas, cuando todavía se hablaba de “realizarse”, el mundo del trabajo guardara alguna ilusión del siglo XIX en que la mayoría de los programas utópicos aseguraban, con optimismo proyectivo, que el hombre sería aquello que hacía. Para mal, sin embargo, ni el hombre, ni la mujer han logrado hacerse mejor con sus trabajos. Más bien se han deshecho. Los jubilados quedan, en general, tan desolados que, significativamente, el ministerio de Sanidad y Consumo (ministerio para la enfermedad y la consumación aquí) difunde ahora una campaña para hacer creer que aún se puede hacer de todo (“o nada”). Todavía, puesto que la llamada es muy apremiante tras haber liberado casi todo el tiempo posible a la inagotable gula del sistema de producción. ¿De producción?

Claramente, la mayor aportación de la cultura de consumo a la Humanidad radica en haber cobrado una importancia tan sobresaliente que ha ridiculizado el valor de la cultura de producción. Consumir más es placentero y positivo, a despecho de los moralistas rancios, pero producir más es devastador. Lo dice la integridad de la naturaleza y el equilibrio humoral, lo proclama la supervivencia de las especies y el alegato de la biodiversidad. Pero, sobre todo, lo sabe el filo de la vida y de la muerte, el simple ciudadano que se ducha, el europeo de la jornada europea o el español de la cena a las diez. Más horas en el puesto de trabajo, mayor tiempo de producción, es la vía que conduce a la descomposición personal, familiar, amorosa, feliz. ¿Feliz? Nunca como en estos años se publicaron tantos libros y discos para ayudar a ser feliz. ¿Un sarcasmo? El posible sarcasmo constituye, de por sí, un síntoma del conflicto latente. Y de su ya insufrible prolongación. La calidad de la vida se revela hoy peor que la calidad de casi todo lo demás, tal como si la entrega de nuestro tiempo a la producción haya mejorado tanto los artículos como ha empeorado proporcionalmente nuestra existencia. La prohibición de fumar tiende, sin duda, a procurar por el perfeccionamiento de nuestra salud. Pero ¿a mejorar nuestro cuerpo y nuestro espíritu para que el sistema se lo refume?

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