Hace algunas horas, en el sureste de España nació una niña que se llama Laura. 3’550 kilogramos. Una niña a la que no conozco, y que pasará tiempo hasta que lo haga, si acaso algún día lo hago.

Laura viene al mundo en 2010, un año complicado que saldrá en los libros de Historia (perdón por la mayúscula) como el año en el que el mundo lentamente comenzó a salir de una crisis que los mismos especuladores de siempre habían creado por querer ganar más millones que antes de la crisis anterior. El año en el que se inaugurarán los escáneres de cuerpo en los aeropuertos que convertirán nuestra intimidad en sólo una palabra. Y el año en el que la idioticia general permitirá que se recorten las libertades civiles de millones de personas, mediante absurdas prohibiciones antifumadores.

Cuando Laura le pregunte a su padre por 2010, él esbozará una sonrisa. Podría hablarle de la hipocresía política, de cómo arrancó la persecución que le llevaría a tener que fumar recluído en casa y trampeando una alarma antihumo que el gobierno ya había colocado en todas las casas de la Unión Europea. Podría hablarle de un tiempo en el que la gente se reunía públicamente para hablar, conversar, reír y gritarse, y fumar. No lo hará. Sólo sonreirá. Porque que fumamos en pipa sabemos disfrutar de lo que tenemos, y meditar lentamente las palabras mientras el humo hace volutas. La meditación, esa pausa, nos hace libres. Y eso será lo primero que aprenderá Laura: la dignidad.

Felicidades, Enrique.

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