Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;
Formen todos un solo haz de energía ecuménica;
Sangre de Hispania Fecunda, sólidas, ínclitas razas…

-Salutación del Optimista. R. Darío.

Estoy a la mesa tras los kilómetros y el cansancio. En torno a ella, miradas francas, sonrisas sinceras, palabras fraternas.

Venidas, como las mías, de la distancia y la pregunta. Convocadas por el demiurgo teutón, han respondido.

Procedencias diversas, formaciones dispares, esperanzas distintas. Algunos desconocidos o sólo vislumbrados en escasas palabras o pequeñas lecturas. Pero aquí están, compartiendo afición y honor.

Pronto, tras los saludos y los abrazos, todo es risa, trueque, humo. El rito antiguo de la amistad y el tabaco se renueva, en la fría noche madrileña, alrededor de una mesa en la que se comparte la sabiduría vieja y eterna y la esperanza nueva y naciente. Ajeno a eslóganes y advertencias de muerte y enfermedad, de sanciones y clandestinidad, el humo perfumado del tabaco, mucho tabaco, abraza a los hombres y les transmite el saber antiguo, el placer eterno, la tranquilidad y parsimonia de los siglos, poniéndolos en su justa medida y dimensión.
Las voces y los gestos se mezclan, llenando el ambiente de palabras mágicas y extrañas, iniciáticas, flakes y fortaleza, bent y ribbon, sed-el-bind  y oom paul, pero también de recuerdos de hermosas mujeres de ojos verdes, del último gol cantado en el estadio, de hijos y padres…

Y todo entonces es calma, dicha, felicidad. Como si el rito antiguo nos ungiera en comunión con los fumadores de todas las épocas, y en cada gesto, en cada carga, en cada pitada, en cada caricia a la pipa, se rememora la vida y la esperanza.

Sólo son diez hombres que fuman en pipa.
Y sin embargo, en la noche fría madrileña, en torno a la mesa con ellos, juraría que vi el espectro de la libertad.
Creedlo.

(c) Gaviero

Anuncios