Se levanta. La luz del viernes exige el peaje diario de autobuses que lleven a un centro de trabajo. Mi amigo se estira, y piensa que estaría bien no levantarse en absoluto, no por dormir: simplemente por estar. Pero sabe que no puede hacerlo: están el trabajo recién estrenado y las viejas obligaciones, sacar al perro a dar el paseo matutino, por la playa si todavía no hay gente.

Es entonces cuando gira la cabeza y recuerda que ese viernes es el primer día del resto de su vida. Ayer tuvo que tomar la decisión de sacrificar a Frodo. Catorce años. Eso es mucho para un boxer, se repite. Se lo lleva repitiendo varios años, según observaba esa lenta irremediabilidad de los hechos que no queremos asumir. Y ahora queda el hueco. Como los brazos amputados fantasma de los motoristas.

Y a la luz mediterránea le da todo igual y sigue esperando la rutina. Mi amigo se viste, sale a la calle, llega a su puesto de trabajo en la universidad, imparte su clase. A varios miles de kilómetros, yo llego a casa y leo en los ojos de mi perra la terrorífica fragilidad de todo este entramado. Me quedo sentado en la alfombra y la acaricio hasta que se duerme. Pienso que a mi amigo, que no fuma, quizá le hubiera venido bien sentarse ante la ventana, encender una pipa y observar el mar mientras inspira y espira. Hacer del universo mecánica pura: movimientos inconscientes para poner en orden aquello que tenemos que hacer con plena conciencia.

No hay mejor canción para despedir a un perro que estaba acostumbrado a correr por la playa que Sitting in the dock of the bay de Otis Redding. Araceli lo sabe.

Como la mejor canción está cogida y mi amigo no fuma, yo despido a Frodo con la espuma de mar llena hasta los topes de Samuel Gawith’s Bracken Flake.

Nos queda la vida por delante.

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