La noche descansa. Yo no puedo.

Mañana a estas horas estaré encapsulado en las butacas clase turista de un avión de British Airways, luchando contra la existencia y el reloj. Viajando hacia atrás en el tiempo. Saldré de Londres a las 17.15h y aterrizaré en Vancouver a las 18:30h, y 9 horas de vuelo no habrán existido oficialmente.

Luchando contra el atardecer, llegaré con una hora de ventaja sobre el sol.

Un día sin nicotina es como un polvo en el baño de una oficina. Deslavazado, lacio, un compromiso hacia otra cosa. Mañana, con el culo rotando entre aeropuertos, tarjetas de embarque y menú de plástico para asesinar el estómago, será un día sin nicotina.

Tengo sin embargo el nervio, la emoción de un viaje jamás emprendido para compensarlo.

Pero el día 14 amaneceré en un país con leyes antitabaco aún más duras e hipócritas que las europeas. Me propongo, si las conexiones a internet me lo permiten, narrar las crónicas canadienses. Me pregunto, ¿me multarán por fumar en un parque?, ¿tratarán de apercibirme dos guardias montados por fumar una pipa en una acera donde se espera que pase gente? Las preguntas se mezclan con el regusto de 1792 de Samuel Gawith que me he fumado esta noche, despidiéndome de Europa con la nicotina por todo lo alto.

Quizá haya una policía montada ocupada en eliminar el terciopelo británico que todavía tengo en el paladar. Permanezcan a la escucha.

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