Sucesión de pequeños hechos sobre Canadá.

Vancouver es un lugar precioso, donde la gente se saluda por la calle con una sonrisa. Donde la vegetación asciende hasta límites imposibles, donde la vida huele en cierta manera igual a Europa, pero con unas dimensiones estadounidenses.

En Vancouver una lata de tabaco de pipa de Samuel Gawith (5’60€ en España), cuesta 30 dólares.

Los conductores de autobús se paran fuera de su parada y abren la puerta para ofrecerte su ayuda si te ven con un mapa por la calle.

Hoy en Vancouver se ha aprobado una ley por la que a partir del 1 de octubre estará prohibido fumar al aire libre en parques públicos.

El ambiente es fascinante, dinámico, hermoso. De un espíritu muy parecido a Berlín, pero con gente amable.

Fumar en un sitio cerrado es una utopía multable, muchos apartamentos y pisos incluidos. El único lugar denominable como “espacio de fumadores” son sucios recodos alejados de puertas y ventanas en el que podrían anidar especies infestivas ya casi exterminadas.

Crean leyes que te denigran como ser humano, y te sonríen por la calle aunque no te conozcan.

No sé muy bien cómo se conjuga todo esto.

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