En la terraza de mi casa, en la que se vislumbra un poquito del querido Mediterráneo, y se oyen las gaviotas que regresan a él y al cobijo, y se huele quizá un jazmín, la sal y las algas, eternos perfumes de mi vida y deambular, pienso en otros tiempos.

El pequeño gineceo con el que comparto la vida marina de aquí anda en la cama, durmiendo por fin tras la jornada, la cena y el biberón.

El papá ahora descansa y sueña -¿cuándo no?-, sonriendo la lectura, la pipa y el recuerdo, que tornan azules y melancólicos.
Esta carta no es una carta, no pretende serlo.

Es un pensamiento hecho palabras, letras escasas y mediocres. Es un vómito, un grito, un desespero; lleno de sentimientos y recuerdos.

Recuerdos de otros tiempos y otras costumbres. Recuerdos de sol y  mar. De cines de verano y meriendas entre arena  y sal. De descanso tras los estudios y exámenes, de reencuentros añorados y sentidos.

De padres e hijos, de conversaciones y lecturas, de novelas del oeste y helados noctámbulos, de paseos en el mar y de risas infantiles.

Y la imagen de un hombre con el cigarro en la mano, mirando el mar y sonriendo, mientras a su lado los chiquillos juegan, ríen, alborotan, lejos de la llanura y el invierno.

Plenitud. Satisfacción. Deber cumplido.

Y todo esto viene en el humo del pipa, una noche mediterránea llena de recuerdos, mientras las gaviotas van al mar, su cobijo y su refugio.

Quizá también el nuestro.

©Gaviero

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