Ha de ser siempre el silencio quien dicte su ley. Quien establezca que un momento esté dotado de la expectación necesaria para la eternidad, o si se prefiere, la pervivencia.

Es el silencio el que precede siempre a la tormenta. Al beso y a la tragedia. Al sí y al no. Al fuego. A las nuevas pipas.

Hay algo de silencio contemplativo al inaugurar una pipa nueva. Es un silencio extasiado y litúrgico, con el que mostramos un respeto íntimo hacia ese objeto que nos acaba de fascinar estéticamente. Porque, admitámoslo, en realidad nunca necesitamos tantas pipas. Un fumador correcto y decente quizá necesitaría apenas una docena, las justas para fumar en una pipa diferente en cada ocasión durante la semana y permitirles el descanso necesario.

Ah, pero quién sigue siendo decente hoy en día.

Se empieza con la excusa de las formas. El fumador iniciado suele obedecer la primera ley de la pipa, que establece que la primera pipa debe ser recta (una Billiard, por ejemplo), dado que tienden a generar menos humedades y por tanto resultan más domables en esas primeras fumadas iniciáticas e impacientes. Si aprendemos a no convertir el hornillo en una caldera, nos atreveremos con una segunda pipa ligeramente curvada, 1/8 bent, máximo 1/4 en el summum del atrevimiento. Ya la forma de la propia cazoleta nos irá dando más igual y escogeremos instintivamente por oposición, quizá Dublin, quizá una voluptuosa Brandyglass.

Desde ese momento, estamos perdidos.

Porque empezamos a observar formas. A soñar con tener una de cada una de las shapes que puedes encontrar en los manuales.

Acumulación codiciosa. Pasando por supuesto por esa etapa, también superable, de comprar pipas a buen precio en vez de ahorrar más dinero para comprar una pipa mejor. De todo se aprende, y acumular todas las formas del panel se hace perentorio.

Con el tiempo, cuando uno cree que ya se atempera la pasión de acumulación, se aprende a mirar enfermizamente detalles de la estructura de la madera, el veteado, el diámetro del tiro, la finura del trabajo de encastre.

Y siempre, desde el principio: el denso silencio que se forma antes de estrenar una pipa nueva. El respeto al trabajo de crearla, y sobre todas las cosas, algo que no se dice: la sensación de que si la cuidas, si la amas, si le profesas ese respeto, ella se quedará contigo toda la vida.

Por eso las pipas nuevas son tan especiales. Porque son una muestra de esperanza. Una señal de un nuevo tiempo. De un momento especial. La prueba física de que llegaron a ti en el instante adecuado. Algo que siempre te recordará algo. O a alguien.

 

Nuevos tiempos exigen nuevas pipas. Bienvenidas, Crown of Denmark y Martín Truc. Dentro de unos años, sonreiremos juntos en lugares desconocidos, pensando en estos meses. Y en los que nos quedan.

 

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