Han venido hoy  a perturbar la paz de mi espíritu y la tranquilidad de mi conciencia.

Las tenía adormecidas, la paz  y la tranquilidad; mitad pasmo, mitad perplejidad.

Sin reconocerme en estos tiempos nada nuevos y mucho y nada azarosos, según acepciones.

En mi pequeño mundo, sosegado en la crianza, ensimismado en el mar, soñando con volutas, añorando amistades y quizá amores, ajeno a la ruina moral, económica y  personal a la que se encamina el mundo.

En la libertad pequeña e insustancial de mi casa, de mi mar y mi familia.

Resistiendo.

Pero hoy, vienen las palabras hirientes e insolentes, segunda acepción. Y no queda más remedio que la lucha.

He aceptado de mal grado pero sin acción la prohibición. He respetado sin creerlas las falacias pseudocientíficas y económicas. He defendido, francamente, su libertad, porque la suya me hacía también más libre. He soportado, con sonrisa, miradas inquisitivas y reproches mal disimulados.

Pero no acepto, ni respeto, ni, defiendo ni soporto que sus palabras tengan nuevos e imprecisos significados. Porque son mis armas y mis bagajes. La única realidad que no pueden cambiar, en su precisión.

Este es mi terreno, o pretende serlo, y en ese plano daré la batalla, mas quizá no quede lucha por librar.

Hoy vienen, y  desenfundo la pluma y el humo. Y grito: ¡No!”

Esto vino al folio en blanco, después de oír a un portavoz de la Comisión Médica Colegial de España o así, muy ufano y alegre por la llamada Ley Antitabaco, equiparar a los fumadores con hijos a los maltratadores, preguntándose cómo no se les persigue.

Soy fumador y padre.

Y me llamo Enrique Tárraga Rodríguez.

 

© Gaviero

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