El hombre impávido se levanta tras rascar apenas 3 horas de sueño descabezadas. Luchando contra la almohada, arrastra los pies hacia la mesa del salón. Contractura en el cuello. Agujero en el pecho. Sí, los hombres impávidos también sienten, piensa. Enciende la radio, pone Onda Cero, y se da cuenta de que ha hecho el desayuno, dos bollos, una sola taza, la radio hablándole sólo a una persona, la dinámica de un tiempo anterior que se perpetúa. Y que volverá, piensa, pero no está aquí.

Y la radio parloteando.

Trata de no pensar. Abraza a su perro, salen al parque, llueve y eso sirve de camuflaje. El parque está en esa zona pantanosa que separa el final del invierno y una primavera que no llega: repleto de un barro oscuro en el que cada paso hunde la bota un poco más hacia el fondo de la tierra. Él observa el barro, el lago descongelándose con la lentitud de las estaciones, el cielo color cenicero, y siente una desolación que no pueden remediar las carreras felices de su perro, libre.

La desolación, piensa. ¿Dónde cabe la desolación en el alma de un hombre impávido?

Siente la certeza alcanzándole como un rayo.

Asustado, corre a casa. Entretiene su mente en la concentración de limpiar la casa con el único ruido de la aspiradora, tragando polvo. Pero esa labor termina. Y entonces qué.

Entonces, el silencio ensordecedor.

Se sienta en el sofá, no enciende la luz, cae la noche sobre Centroeuropa. Toma su lata abierta de Sam’s Flake: hace falta un oriental con clase para calmar esa inquietud que se le lleva horas formando en la boca del estómago. Carga la pipa, termina la lata. Tiene la manía de escribir en las latas la fecha de compra, la de apertura y la fecha en la que termina la lata.

Comprada en septiembre de 2009. Abierta en mayo de 2010. Dos fechas que parecen perdidas en el tiempo. Trata de hacer memoria.

Septiembre de 2009. Tres meses después de la muerte de su padre. Un mes después de empezar en el puesto de trabajo que su padre le consiguió desde arriba antes de irse del todo. El mes en el que se casó su hermana a casi 35 grados. Tres meses sin soltar una mísera lágrima.

Mayo de 2010. Dos meses antes de que su vida cambiara por completo. Tres meses antes de un verano imprevisible, en el que se mezcló la tristeza y la esperanza, en el que se amuralló el alma todavía más y a la vez se desnudó como nunca.

Cuatro meses antes de convertirse en el hombre impávido.

La lata le ha acompañado durante todo el proceso. El negativo y el positivo. El cambio. El proceso de la vida. El hombre impávido es ahora, como lo era entonces, consciente de sus fallos y de su humana imperfección. Hoy quizá un poco más. Hoy siente un frío que ninguna calefacción puede evitar.

Aprender, piensa, es ese proceso que olvidamos en el día a día, en la rutina. Nos acostumbramos a suponer que todo se ve tan claramente como lo está en nuestra cabeza, que nuestras palabras se ajustan a nuestros sentimientos, que nuestras acciones muestran lo que amamos y lo que odiamos, y que nuestro escudo sólo está activado para los desconocidos y que sabemos quitárnoslo para aquellos que queremos.

Así sería en el mundo ideal del hombre impávido, piensa mientras aspira el humo. Se detiene y observa la pipa elegida.

La pipa es la Truc arenada. Se emociona. Sí, el hombre impávido está definitivamente muerto.

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