Hace 10 años, el universo era otra cosa completamente diferente a lo que ahora me rodea. Sin ir más lejos, hace una década no fumaba todavía en pipa; lo hice esporádicamente durante algunos meses de 1997, en plena ascensión universitaria de snobismo mal disimulado y afianzamiento -vano- personal. Algún día hablaré de ello detenidamente, pienso ahora. Pero hoy hablamos de 2001, del que quedan pocas cosas. Permanecen hoy en día sin embargo algunas canciones, algunos trazos comunes en la forma de trazar las zetas, un puñado de papeles. Un puñado aún más reducido de personas.

Crecer es ir borrando números de teléfono de la agenda.

E ir diciéndole adiós a algunos objetos que te han acompañado de forma invisible, aunque uno no es muy consciente de ello. Hasta que se van.

Ayer usé por última vez mi pasaporte actual antes de enviarlo a otra ciudad para que unos burócratas tramiten su renovación. Ayer tomé el último vuelo que mi pasaporte me habilitó para tomar.

El pasaporte, expedido en marzo de 2001, ya no conserva ni siquiera la impresión dorada exterior que identifica mi nacionalidad. Ha viajado tantos kilómetros, ha mordido tanta mochila, ha dormido en mi bolsillo en tantos viajes que ya era una libreta de color granate, simplemente eso.

Ayer, cómodamente sentado en el aeropuerto de Zürich esperando mi vuelo a Berlín-Tegel, pensaba en la desaparición. Como concepto. Viajaba con un pasaporte que estaba a punto de desaparecer. En mi vuelo de ida, cinco días antes, aproveché la escala para entrar en uno de los múltiples espacios estancos habilitados para fumar de los que dispone el aeropuerto suizo: entré en un espacio que está condenado a desaparecer por la estupidez contemporánea. Igual que desaparecieron los vagones de fumadores de los innumerables trenes en los que viajé con ese pasaporte. Recuerdo múltiples escapadas de fin de semana Madrid-Alicante, cuando vivía en la ciudad contaminada y bajaba a Alicante algunos fines de semana a ver a mis padres; y elegía vagón de fumadores. A menudo ni siquiera fumaba cuando iba en él: simplemente el hecho de saber que en ese vagón no encontraría a la caterva clásica de niños gritones y padres desquiciados despejaba cualquier duda por mi parte a la hora de elegir asiento y vagón. Y los días que fumaba, recuerdo atardeceres eternos sobre los campos sin fin de Castilla-La Mancha a 160km/h mientras aspiraba mi cigarrillo liado de Amsterdamer.

[Se acabaron los tiempos de elección, pienso ahora. Ahora otros han decidido por ti. Por tu bien.]

No obstante, no sólo pensé en las desapariciones nicotínicas. Ahora pienso: un viaje en tren en vagón de fumadores a ver a mi madre y a mi padre, el cual también ha desaparecido ya y ahora forma parte del Mediterráneo y del Cantábrico. Ahora pienso: un viaje de 14 días en 2002. Interraíl. Noviembre. Solo. Con una mochila. La cabeza llena de complicaciones. Volví sin ellas y con 9 kilos menos. Purificado. Con la lección bien aprendida: cuando estés confundido, no te pierdas en disquisiciones, simplemente muévete. El movimiento contínuo, sobre todo si se convierte casi en automático, te da el vacío interior necesario para que se formulen solas las respuestas que ni te atreves a plantear. Caminé por ciudades desconocidas hasta reventarlas. Atravesé fronteras que poco tiempo después desaparecerían como tales: Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia. El pasaporte da cuenta de ello. Por entonces todavía era cotidiano que a las 3 de la madrugada, en aquellos trenes nocturnos que sólo los locos y los viajeros profesionales cogíamos, apareciera un guardia fronterizo con un uniforme siempre nuevo y nunca visto a revisar tu pasaporte y a timbrar tu entrada oficial en su país.

A veces pienso en esos guardias fronterizos, acostumbrados al poder de aceptar o rechazar arbitrariamente la entrada de un extranjero en su país, hoy, en los mundos de la Unión Europea, ordenando el tráfico en una ciudad cualquiera, o redactando grises informes en una oficina desde la que ven pasar los trenes que ya no tienen que detenerse en el territorio en el que se trazó una línea política que ya no significa nada. Y me pregunto si ellos simplemente observan los vagones como quien relee viejas cartas de la adolescencia de gente que nunca volvió a escribir: con una distancia insalvable; o si por el contrario también piensan en la desaparición.

Como pienso después de fumar una pipa durante una hora y media, y vaciar la pipa de cenizas.

Heráclito y Parménides viajando en un tren en vagón de fumadores, pienso después. Les imagino discutiendo largamente sobre si uno puede bañarse dos veces en el mismo río. Heráclito sería uno de esos fumadores de pipa que siempre deben probar tabacos nuevos, tabaquistas incansables. Parménides, uno de esos viejos fumadores que uno puede encontrar todavía en algunas plazas, fumando sentado en un banco, siempre en la misma pipa. Yo observo la foto de 2001 en el pasaporte que se va a extinguir ireemediablemente. ¿Sigo siendo la misma persona? Tengo que darles a ambos una parte de razón. Heráclito sonríe fumando Kajun Kake mientras concedo que no soy la misma persona: que la vida me ha hecho otra persona con el mismo nombre, y que cada día soy más otra persona y que no tengo gran cosa que ver con lo que seré mañana. Y Parménides masculla un sonido de aprobación sin sacarse la pipa de la boca cuando le reconozco que en esencia, sigo siendo el mismo idiota que se fija en los detalles que querría salvar de la inexorable desaparición.

Quizá por eso hago tantas fotos, pienso. No por voluntad estética, sino por preservar lo insignificante, lo no narrado, lo invisible, del paso marmóreo del tiempo. Observo mi foto de hace diez años. Tal y como observaré mi foto de ahora dentro de diez años, muy probablemente desde otra ciudad, residiendo en otro país. Quizá entonces el protocolo sea otro y yo ya no seré un indocumentado en el intervalo entre caducidad y renovación. Ahora, durante tres semanas, seré una persona invisible. Intrazable más allá de la palabra y de una torpe fotocopia. Que desde luego no podrá volar a Zürich, ni a Valencia, ni a Vancouver, ni a Londres, ni a Copenhague, Amsterdam, Praga, Budapest o Venecia.

Hoy le digo adiós a mi pasaporte con una pipa hasta arriba de Bell’s Three Nuns. Un tabaco desaparecido.

 

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