El invierno, al que creíamos abandonado y somnoliento entre las hojas pasadas del calendario, molesta hoy de nuevo el paseo vespertino.

El mar se agita plomizo e inquieto, mecido por el viento que sopla del Levante, anticipando temporal, dejando los barcos en el muelle y las gaviotas en los acantilados.

Los cuatro paseantes con los que cruzo las buenas tardes me miran un punto sorprendidos, pues el carrito del bebé parece volar entre ráfagas de viento y espumaradas de olas, y el humo de mi pipa expele volutas a todo ritmo, componiendo imagen cómica, inusual, simpática. Creo.

Son días grises, húmedos, algo tristes; el pueblo mediterráneo aguanta la estación y la crisis, en un letargo insustancial. Abandonado en la espera de los soles del verano y la riada de turistas, que quizá este año no sean el maná con el que aguantar otro año, otro invierno.

En mi bar de todas las esquinas saboreo el café, mirando las mesas vacías. El bebé a mi lado duerme la siesta, como buen mediterráneo, y quizá sueñe con barcos veleros y capitanes intrépidos. Ojala, pienso, él pueda también pasear algún día al lado del mar,  empujando a su retoño y fumando una pipa de tabaco.

Significará que no todos nos hemos vuelto locos, y que la esperanza nuestra se vio cumplida.

Pese a muchos.

 

©Gaviero

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