Desde hace unos meses, cuando abro esta lata que ahora defunciona y enseña sus tripas vacías de promesas, pienso en el libro recopilatorio Lady Nicotina, en el que se comprenden los relatos de Italo Svevo y James M. Barrie sobre el arte de fumar. Barrie, el creador del personaje de Peter Pan, era un fumador confeso que profesaba una adoración suprema por una mezcla:

Arcadia.

20110609-115310.jpgPero antes de que existiera este libro (del que encontrarán una reseña más que notable aquí), para mí esta lata significaba otra cosa. Y sigue significando, pienso mientras apuro el cálido humo, las últimas caladas.

Para mí, esta lata significa amistad.

Marzo de 2010. Una decena larga de hombres sentados a una mesa de un bar del centro de Madrid. Convocados por el demiurgo teutón, como decía el buen amigo Tárraga en esta entrada. Un viaje de negocios a la Villa y Corte, en el que hice una pausa para poder ver a los viejos amigos reunidos alrededor del viejo rito de compartir tabaco y pensamientos que no salvarán el mundo, ni falta que hace. Rubén, Carlos, Ricardo,  Don Carlos, nuestro cántabro italiano, Javi, Tomás…

…y Enrique. El gran Enrique.

Tras la velada, incontables cervezas y con la lengua estropajosa de tanto fumar (en estas convenciones el ritual es poner sobre la mesa infinitas variedades de tabaco a disposición de todos, todo el mundo prueba cosas nuevas tomando la lata y haciendo simplemente un gesto, una forma antigua y elegante de pedir con cortesía un permiso que no es necesario), Enrique se acerca y me tiende su lata prácticamente llena de Arcadia.

– Toma, llévatela.

No acepta un no por respuesta. Ni aunque justifique es un tabaco de importación estadounidense, que ha salvado la aduana milagrosamente y de precio elevado. Eso son minucias que no se discuten entre caballeros.

Desde entonces, he reservado este tabaco para fumadas muy especiales. Racionándomelo. Valorando cada fumada, cada calada.

Quince meses después, la lata se despide. Pero Enrique sigue y será siempre mi amigo.

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