Marcel Proust, en ese libro interminable que todos los aficionados a la alta literatura dicen haber leído aunque no haya sido capaces de pasar de la página 50, hablaba del poder de evocación de un sabor, que por sí mismo era capaz de transportarle a otro tiempo, un tiempo perdido.

Los fumadores de pipa también somos un poco proustianos. Incapaces de fumar un solo tabaco en una sola pipa, practicamos el noble vicio de la degustación y la alternancia, la infinita combinación. Recreándonos en el detalle y el momento, es inevitable que asociemos un determinado sabor a un determinado momento.

O a varios.

Bracken Flake de Samuel Gawith. Un tabaco recio, poderoso y enigmático. De alta carga nicotínica, es uno de esos tabacos que uno elige de vez en cuando para darse un festín después de una comida copiosa. Un sabor envolvente que no deja indiferente al que lo prueba: lo ama o lo odia.

Como las cosas buenas de la vida. La mejor definición la ostenta Clemar: como John Wayne, duro pero entrañable.

Esta noche, después de una cena temprana y una cerveza de regalo ante el fin de semana, he cargado mi Les Wood Spigot y me he sentado a dedicarle toda mi atención, como merece. E inmediatamente me ha transportado a dos lugares opuestos.

21 de junio de 2009. Sentado en una mesa del Pipers, mi pub de toda la vida en Alicante. He crecido entre sus paredes y moquetas, me he sentado en todas sus mesas y en todas las sillas. Podría dibujar con los ojos cerrados el local entero, si tuviera el talento para hacerlo. Ese día, estaba sentado en una mesa pequeña, yo solo. Fumaba Bracken Flake en mi Bruken. No recuerdo qué bebía. Probablemente café. Era esa hora tonta y salvaje de la tarde en la que el sol cae a plomo y la gente se refugia en los sofás hasta que lleguen las seis. Escribía en mi cuaderno. Dos días antes, estaba esparciendo las cenizas de mi padre en el mar. Tras el silencio de la entereza casi inhumana, era el momento de escribir. Escribiendo líneas tan duras que leerlas hoy todavía impresiona. Masticando certezas de piedra entre el denso humo. Haciendo un examen de conciencia brutal, recordando. Rememorando promesas que le hice y que no pudimos cumplir.

21 de noviembre de 2010. Fumando en una terraza frente al Mediterráneo. Provocando una sonrisa eterna frente a mí. Haciendo feliz a una persona. Acariciando discretamente su mano mientras el mundo se ponía, finalmente, en calma tras la turbulencia que casi me estrella. Empezando de nuevo. Un día después, encontraría una nota dentro de la lata de Bracken Flake, dándome las gracias por el fin de semana más maravilloso de su vida. Ahí sigue la nota, permanentemente dentro de una lata de Bracken.

El sabor común a dos extremos, a dos momentos que abren y cierran una vida. Ahora aquí, de nuevo. Agitando los dos platillos de la balanza para, por fin, dar un equilibrio. Esos complicados sabores.

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