Sobre todo en los tiempos pretéritos, fumar era un acto social.

Parte del ritual de saborear la vida despacio, sin prisas, tras el ágape, el café, la copa, el tabaco y la conversación, no necesariamente por ese orden. Lentamente fue convirtiéndose -legislaciones planoencefalográmicas- en ese acto de exclusión que obligaba a hombres hechos y derechos a volver a ponerse el abrigo a mitad de conversación y a salir a la calle, gastando suela ante un portal desangelado; aún ahí, siguió siendo el acto social. Los ahora parias, los expulsados del mundo del tofu, el gimnasio tres veces por semana y la cola light para el cubata, seguían juntándose para compartir exilio. Es más: se hizo más social que antes.

Nada une más que un destino injusto y compartido.

En noches como esta, en las que la casa vuelve a estar habitada sólo por una mitad y el silencio pesa como un fardo de marcos de 1923, resulta todavía más difícil fumar en silencio, sin que las bocanadas formen parte de una larga conversación sobre, pongamos, derechos de autor, neocatolicismo o fútbol; sin que el humo sostenga los argumentos como las redes anticaída sujetan, siquiera por probabilidad invisible, a los obreros que no han caído todavía del andamio.

Una conversación larga sin humo es menos conversación. Un humo en soledad es menos humo, también.

 

**fumando Peterson University Flake en Carsipe R1**

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