Nada grave, sólo un resfriado. Pero sí lo justo para no poder entrar como uno planearía en un día especial.

Los días especiales son aquellos en los que abres los ojos y te parece que detrás de las cortinas están escondidas estas notas. En los que sabes que hay un significado cuando miras el número en el reloj o en el calendario. Y a menudo, en esos días preparas una desacostumbrada camisa, una corbata sonriente, un cierto perfume.

Inní mér syngur vitleysingur. Dentro de mí canta un lunático. Lo pienso mientras planifico los pequeños placeres del día. Puede que una cena, una determinada fiesta. No importa qué. Planificar es nuestro vano intento de imponernos a los glaciares. Simplemente te vistes y preparas tu mochila del día, en la que introduces tu estuche para pipas y un par de latas de tabaco. Anticipando el placer.

Pero no. No este año.

En este verano la climatología también quiere sumarse a la montaña rusa y paladeo el mero aire del salón en mi última hora detrás de la barrera de los 33 años. La edad de Cristo, colega. Y yo todavía sin montar ninguna revolución, sin cambiar nada ni escribir historia en ninguna parte. Sí, algunas entradas en google con tu nombre, pertenecientes al trabajo mercenario. Pero no a lo que querrías.

Lo peor, pienso, es masticar estas certezas sin humo y tosiendo los últimos restos de un catarro traicionero.

Quizá todo sea más sencillo. No todos podemos estar destinados a dejar algo que nos sobreviva. Imagina que todos los que han pasado por la historia dejaran algo detrás. Lo que fuera. Algo. No se podría avanzar, el peso de todo ese pasado nos lastraría a todos.

Pero sé que pienso esto porque esta noche debería estar dando el salto a la barrera de la edad fumando una pipa llena de 1792 o Frog Morton Across The Pond, y viendo cómo el hielo enturbia lentamente un scotch. Y me debo conformar con acunar los restos de una enfermedad benigna que no me deja ver las cosas con la perspectiva calma que da la nicotina y el copazo tranquilo.

Esa perspectiva en la que uno se da cuenta de que las cosas, en realidad, sólo son cosas. Que todo es tan relativo como el humo. Y que fracasar o triunfar es sólo una cuestión íntima. Como sentarse en un sofá a ver caer la noche e inaugurar un nuevo título.

El treintaitresañero.

Let’s sing into the years, like one
Singing in tune, together
A psalm for no one
Let’s sing in tune
But now it’s home

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