33 años y un día. Suena a condena, pero no.

Ayer eran, simplemente, 33 años. Abres el ojo y miras por la ventana. Las nubes se han ido. Vuelve el azul como color de moda fugaz. Se te dibuja sonrisa de estúpido en la cara. Cara de turista británico abriendo las cortinas de su habitación de hotel en Benidorm. Cara de turista alemán anticipando una cerveza fría en una calle soleada de Palma. Esa cara. Te pones una camisa y un pantalón de vestir.

Al fin y al cabo, ya tienes una edad para vestirte con una mínima elegancia, cojones.

Trabajas, recibes felicitaciones, tomas una copita de sekt y atraviesas con tu moto el Berlín estival -sólo un rato, sólo un día, este día-. Es tal la sensación de niño al que le acaban de dar las notas que llegas a casa y según entras, vuelves a salir. Volverás varias horas después, después de haber bebido respetablemente y de haber cenado como un orco. Has reído, has echado de menos, has conversado. Ha sido un gran día.

En el día de la condena, abres el ojo y miras por la ventana. Cielo gris y la temperatura súbitamente recortada a la mitad. Un 27 de agosto -santa Mónica- a 16º. Ahí queda eso. Pero celebras que es otro día, y lo celebras de una forma diferente: disfrutando de uno de tus regalos de cumpleaños.

puro cigar leon jimenez

Un León Jiménez dominicano. Celebra como un señor que ya puedes vestirte como un señor.

 

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