Uno tiene esa estúpida manía -dirán algunos- de asociar sensaciones a determinados momentos. Vincular un perfume a unos ojos, recordar una espera por el café solo que tomabas, pensar en una noche determinada cada vez que hierves agua para un dim-sum.

Tiendo a asociar la latakia con el otoño. Y con la reflexión.

La asociación de otoño es obvia. Las primeras chimeneas, la presencia de la turba en el suelo, la humedad ambiental flotante. La latakia habla con los bosques que están preparándose para el invierno.

Pero también te habla en noches de verano en las que descubres que las cosas no han ido exactamente como esperabas. En esas noches en las que dejas que el silencio se amontone encima de los muebles, escuchas al reloj marcar segundos como se dispara a los civiles en las guerras olvidadas de África: regular, imperceptible e imparable.

Y piensas. Piensas en tus pasos, en lo que deberías hacer, en lo que harás. También en lo que no harás.

La latakia sirve para pensar. Ese sabor profundo y terráceo, que asoma por la nariz como hace la turba por debajo de la hierba, te conduce de forma casi automática hacia la introspección. Es como un buen whisky de malta. Hay bebidas creadas para la expansión, como el mojito o el gin-tonic. El whisky te lleva a tus raíces como ser humano. La latakia también.

Fumo latakia en una larga noche de jueves. Pero sonrío. Sonrío pensando que dentro de una semana, estaré fumando un alegre virginia a la orilla del mar. Lejos de una reflexión grave, sino contando el ritmo de las olas mientras me doy cuenta de que soy quien soy y tengo suerte relativamente. Lejos de miserias humanas que la latakia pondera y evalúa, allí estará un sabor que me dirá,

– estás jodidamente lejos de todo eso.

Benditos sabores emocionales.

 

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