Mientras se fuma una pipa en la paz del salón dormido, aparecen siempre algunos sonidos. Su condición es siempre la misma: establecer movimientos de rutina. Como el sol que sale por las mañanas o ese vecino que termina su turno de trabajo a las 23h y abre el portal media hora después: algo que siempre está ahí y cuya función es dotar de sentido el universo entero.

Necesitamos que hayan gestos que se repitan para no volvernos locos.

Por ejemplo, yo atiendo y espero siempre escuchar el clic suizo de mi Hamilton cambiando el día: ese sonido que avanza tu entrada en el tercio final de tu pipa nocturna. También sé reconocer sin embargo un crujido desconocido que se repite cada noche a las 0:18. O escuchar a lo lejos una respiración dormida que amo.

Me gusta pensar que en miles de casas hay otros miles de fumadores acunando lentamente el silencio y prestando atención a los detalles. Tal vez sólo ese sea el último reducto de resistencia frente a la locura: un salón dormido, un hombre, una pipa.

> Crown Viking + Samuel Gawith Sam’s Flake

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