Determinadas palabras tienen peso de mármol. Nacen graves y grises, nacidas para el bajorrelieve y la cita en los libros de historia. Suelen ser grandilocuentes y hablan desde los conceptos para ilustrar a las personas. Utilizan la distancia para acercarse, al menos de una forma ilustrativa. Y hay grandes libros escritos así.

Pero les falta algo. Una inmediatez que toque el alma. O esa sensación tan vaga y cercana llamada realidad.

Porque al final, las historias no necesitan ilustrarse desde las alturas. Las palabras que cobran la verdad son las que cada mañana dice un hombre ante un carajillo en un bar, mientras fuma(ba). O lo que uno piensa volviendo de un entierro.

Frío.


Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.


Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.


Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.


Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún. 
Necesidad espiritual.


Vengo de enterrar a un amigo muerto.


Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”.”…una pena…”


Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.


Y fumo. Saboreo la pipa, el humo y el tabaco.
 Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.


La bendita libertad.


Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo. 
Pero todos los que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.


Y quizá fumar en pipa.

Aparecen en este libro, “Escritos desde el anonimato“, de Enrique Tárraga (Editorial Círculo Rojo, 2011), ciertos lugares comunes que nos narran pequeñas y breves historias sobre la gente común, usted, yo, todos nosotros: el bar de los currelas, las playas medianamente ocupadas, un Moleskine pidiendo vida y tinta, las carreteras y los paritorios. Y aparecen también algunos textos que he tenido el privilegio de albergar en este blog, como “En guardia“, “Aguantando” o “De fe y otras creencias“. Enrique ha publicado un libro que navega, como la vida, entre poesía y prosa, siempre contando algo que merece la pena escuchar.

Y es que al final, un hombre que encabeza los retazos con letras de Bruce Springsteen, merece una lectura.

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