Antes el trabajo, ese bien y sustento ahora escaso, mínimo, por estadísticas y retribuciones, sigo volviendo a mi bar de todas las esquinas, al café y a la cotidianeidad.

Mas por alevosía, quizá querencia, que por satisfacción y costumbre. Una y otra, satisfacción y costumbre, que muchos días no son más que in- y mal-, prefijos de mi estado anímico y mental. Y me temo que también de todo el paisanaje con el que comparto los escasos momentos de olvido, humo furtivo e ilegal y carajillo, comentando la lozanía de la camarera tras la barra o el último gol del estadio, mientras en la pantalla plana del televisor treinta pulgadas, sobre nuestras cabezas apesadumbradas y abochornadas, se escupen las noticias obscenas de corrupciones varías, incluso regias, primas de riesgo incomprensibles, suicidas, recortes galopantes y cumbres internacionales lejanas y pornográficas.

Me acompañan casi todos los días mis humildes pipas, esas fieles compañeras, y las volutas del humo prohibido, que en mi bar de todas las esquinas es furtivo e ilegal pero resistente, camino del anacronismo y la estulticia. Unas y otro ayudan el día a día, y hacen pasable jornadas y estaciones.

Los escasos parroquianos, cada vez más escasos en número y menos parroquianos en vecindad, sustituidos por inmigrantes y rostros ajenos, compartimos desgana acodados en la barra, sueños quebrados e imposibles, y miradas furtivas sobre escotes deseados y pensamientos turbios, como la vida ahora nuestra, turbia, ajena e imposible, en un baño de realidad difícil de aguantar, cuando todo ha menguado y es difícil de aprehender, trabajo, ahorros, ilusión, esperanza.

Yo acaricio mis pipas y aguanto.
Pero pienso que tal vez sea tiempo de patriotas y guillotinas.

© Gaviero

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