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I toured the light. So many foreign roads.

Preparo la maleta para afrontar un nuevo salto de país. La preparo mentalmente, claro. Ella duerme todavía en el sótano el sueño de la rutina. La dispongo en el suelo de la habitación, alineada con la ventana y el sofá, destripada, esperando el cometido.

Esperando todas las posibilidades.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Todas las posibilidades. Todos los yos que podríamos ser.

Pienso que podría dejar caer dentro de ella un amplio surtido de camisas y pantalones aparentes, algún jersey fino, aquello que me convierte en una persona aparentemente mayor a lo que mi pasaporte afirma. O mis vaqueros más cómodos y anchos que, combinados con esos jerseys a los que el invierno es propicio, me harán pasar desapercibido como uno más de esos postadolescentes que niegan haber rebasado los 30 mientras eligen sudaderas con capucha público objetivo apenas 18. O simplemente, podría llenar mi maleta de mis todoterreno: las camisetas negras de manga larga que admiten todas las posibilidades.

Posibilidades.

Porque habrá cosas básicas que siempre llevamos con nosotros, las más íntimas, las más imprescindibles. En mi caso, además de elegir la ropa con la que los demás podrán verme, elijo un surtido de pipas y tabacos para los 17 días que me aguardan en la península.

Y es una decisión bastante más relevante que la ropa que me llevo. Al fin y al cabo, con la edad uno puede pronosticar cuántos de estos 17 días peninsulares serán días de camisa, días de zapato, días de una espontánea y no requerida corbata.

Es mucho más difícil pronosticar un momento.

Podría ocurrir: una cena respetable de Nochebuena con dos personas enjugando una ausencia. Quizá mis dotes de entertainer a tiempo parcial surtan efecto y mi madre no mire demasiadas veces la silla vacía. Puede que disfrute de una buena copa de vino. Puede que sonría al final de la cena, satisfecha. ¿Con qué tabaco y con qué pipa celebro semejante victoria? ¿Con un 1792, recio e imperial, o con algo más dinámico y alegre como un Cairo o un Fillmore? ¿Y si no lo consigo? ¿Me inclinaré hacia la latakia, que siempre me incita a reflexionar? ¿O reservaré mi mejor latakia para cuando vaya a la orilla de la cala donde le dejé, hace ya dos años y medio?

Cada uno de esos momentos en los que encenderé una pipa será completamente diferente a los demás. Tendrá un sabor, una paz determinada. Y eso es lo que, aparentemente, debo decidir ahora.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Y el hombre que canta, I toured the light.

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