Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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