17 de marzo ya. Quedan 3 meses para que hagan 3 años ya desde que mi padre se fue.

Es un hecho. Lo sugiere la rima numérica. Y el fin de un ciclo.

Digamos que te levantas por las mañanas como si nada ocurriera. Como si el universo fuera a seguir en su sitio cuando vuelvas a esa cama, esa noche, a poner la cabeza en ese hueco que has taladrado en la almohada. Digamos que sigues los protocolarios pasos de la rutina que has construido con el esfuerzo y la desidia de los días, esa dejadez con la que llegan las facturas habituales de un importe más o menos habitual.

La lisergia de lo que crees eterno. Aunque sabes de sobra que no lo es. Has cambiado demasiadas veces de tarjeta de visita como para presuponer que los círculos nunca se cierran.

Pero se cierran, vaya que si se cierran.

Y quedan disecados, como un trofeo en la pared.

Varios años antes de que se grabara este disco de Leonard Cohen que ahora suena, se abría un círculo. Enviado por mi viejo, desde allá arriba. Él acababa de irse y no nos había dado tiempo a casi nada: le supo mal morirse tan pronto y tan de repente que me envió una nueva vida.

Fue tan buena que me acomodó. Pero esa es otra historia. Me dejó encauzado y se fue tranquilo.

Con lo que él no contaba es con la miseria del ser humano. Supongo que una vez te mueres, si existe algo más, además del cuerpo te dejas atrás las muescas que te ha dejado la gente que te engañó, las esquirlas de la decepción, ese jarabe difícil de tragar que es la ceguera intolerable de quien no quiere ver.

Porque la vida, aprendes, es dominar el arte de esquivar a toda esa legión de gente ciega que te va dejando marcas en el cuerpo.

Pero se nos olvida. A mí y a él.

Y vas caminando por la nueva vida que te han regalado, y esquivas a algunos ciegos pero a otros no los ves venir. Porque te vienen por la espalda y atraviesan tu piel con números, porcentajes, cuotas de retorno y esas basuras que sólo tienen sentido en las mentes enfermas y vacías que desconocen el valor de una palabra.

Porque no pueden cuantificarla. Así que no existe.

Esta escoria ambulante y ciega, este reflujo de la existencia flota como una bolsa de plástico en el mar. Por eso siempre te los encuentras en lo alto de la pirámide dispuestos a arrastrarte con su ceguera, a su ceguera. Y mientras vives aprendes a manejar la lucidez necesaria para sobrevivir a la caterva necia y seguir abriendo el círculo del ciclo, continuando el paso, sin saber que mientras avanzas también te encaminas hacia su conclusión.

Y un buen día te encuentras en uno de tus refugios, tu club, observando el vacío circundante, dándolo todo por cerrado sin saber bien cómo has llegado hasta ese punto.

Así que entras en el humidor del Krøhan & Bress y eliges un Macanudo 1968 Churchill y le preguntas qué hostias ha pasado.

Y el humo te dibuja las mismas flores que trazaba tu padre en el aire cuando todavía estaba vivo. Esas flores que sólo decían, hijo, yo qué sé, la vida es a veces un lugar demasiado complicado como para tomárselo demasiado en serio. Y luego se desvanecían, como los problemas.

Como los círculos que se cierran.

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