Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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Hay que ser práctico y tirar por lo bajo: 8 pipas son las elegidas para el viaje.

De izquierda a derecha: Martín 37-09, Martín 1961, Larsen Super Grain, Santambrogio, Carsipe 1211, Les Wood CAP’09, Martín 27-09 y Martín Saler arenada.

Ahora, el otro Tourmalet que escalar: los tabacos.

 

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I toured the light. So many foreign roads.

Preparo la maleta para afrontar un nuevo salto de país. La preparo mentalmente, claro. Ella duerme todavía en el sótano el sueño de la rutina. La dispongo en el suelo de la habitación, alineada con la ventana y el sofá, destripada, esperando el cometido.

Esperando todas las posibilidades.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Todas las posibilidades. Todos los yos que podríamos ser.

Pienso que podría dejar caer dentro de ella un amplio surtido de camisas y pantalones aparentes, algún jersey fino, aquello que me convierte en una persona aparentemente mayor a lo que mi pasaporte afirma. O mis vaqueros más cómodos y anchos que, combinados con esos jerseys a los que el invierno es propicio, me harán pasar desapercibido como uno más de esos postadolescentes que niegan haber rebasado los 30 mientras eligen sudaderas con capucha público objetivo apenas 18. O simplemente, podría llenar mi maleta de mis todoterreno: las camisetas negras de manga larga que admiten todas las posibilidades.

Posibilidades.

Porque habrá cosas básicas que siempre llevamos con nosotros, las más íntimas, las más imprescindibles. En mi caso, además de elegir la ropa con la que los demás podrán verme, elijo un surtido de pipas y tabacos para los 17 días que me aguardan en la península.

Y es una decisión bastante más relevante que la ropa que me llevo. Al fin y al cabo, con la edad uno puede pronosticar cuántos de estos 17 días peninsulares serán días de camisa, días de zapato, días de una espontánea y no requerida corbata.

Es mucho más difícil pronosticar un momento.

Podría ocurrir: una cena respetable de Nochebuena con dos personas enjugando una ausencia. Quizá mis dotes de entertainer a tiempo parcial surtan efecto y mi madre no mire demasiadas veces la silla vacía. Puede que disfrute de una buena copa de vino. Puede que sonría al final de la cena, satisfecha. ¿Con qué tabaco y con qué pipa celebro semejante victoria? ¿Con un 1792, recio e imperial, o con algo más dinámico y alegre como un Cairo o un Fillmore? ¿Y si no lo consigo? ¿Me inclinaré hacia la latakia, que siempre me incita a reflexionar? ¿O reservaré mi mejor latakia para cuando vaya a la orilla de la cala donde le dejé, hace ya dos años y medio?

Cada uno de esos momentos en los que encenderé una pipa será completamente diferente a los demás. Tendrá un sabor, una paz determinada. Y eso es lo que, aparentemente, debo decidir ahora.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Y el hombre que canta, I toured the light.

Antes el trabajo, ese bien y sustento ahora escaso, mínimo, por estadísticas y retribuciones, sigo volviendo a mi bar de todas las esquinas, al café y a la cotidianeidad.

Mas por alevosía, quizá querencia, que por satisfacción y costumbre. Una y otra, satisfacción y costumbre, que muchos días no son más que in- y mal-, prefijos de mi estado anímico y mental. Y me temo que también de todo el paisanaje con el que comparto los escasos momentos de olvido, humo furtivo e ilegal y carajillo, comentando la lozanía de la camarera tras la barra o el último gol del estadio, mientras en la pantalla plana del televisor treinta pulgadas, sobre nuestras cabezas apesadumbradas y abochornadas, se escupen las noticias obscenas de corrupciones varías, incluso regias, primas de riesgo incomprensibles, suicidas, recortes galopantes y cumbres internacionales lejanas y pornográficas.

Me acompañan casi todos los días mis humildes pipas, esas fieles compañeras, y las volutas del humo prohibido, que en mi bar de todas las esquinas es furtivo e ilegal pero resistente, camino del anacronismo y la estulticia. Unas y otro ayudan el día a día, y hacen pasable jornadas y estaciones.

Los escasos parroquianos, cada vez más escasos en número y menos parroquianos en vecindad, sustituidos por inmigrantes y rostros ajenos, compartimos desgana acodados en la barra, sueños quebrados e imposibles, y miradas furtivas sobre escotes deseados y pensamientos turbios, como la vida ahora nuestra, turbia, ajena e imposible, en un baño de realidad difícil de aguantar, cuando todo ha menguado y es difícil de aprehender, trabajo, ahorros, ilusión, esperanza.

Yo acaricio mis pipas y aguanto.
Pero pienso que tal vez sea tiempo de patriotas y guillotinas.

© Gaviero

Aquí os dejo una lucida reflexión del profeso Antonio Escohotado sobre el tema que nos ocupa y preocupa.

“Pensaba dejar los cigarrillos el próximo febrero, dando por suficientes 40 y muchos años de gran fumador, pero el recrudecimiento de la cruzada antitabaco justifica un ejercicio de solidaridad con quienes siguen fumando, y aspiran a ser respetados. En efecto, los reglamentos no mandan que las tiendas de alpinismo estampen en sus artículos esquelas sobre peligros de la escalada; ni imponen a la manteca y la mantequilla esquelas parejas sobre los riesgos del colesterol. Ni siquiera los concesionarios de motos y coches deportivos deben incorporar algo análogo sobre accidentes de tráfico. Vendedores y bebedores de alcohol, quizá por respeto al vino de la misa, no son molestados. Quienes usan compulsivamente pastillas de botica resultan pacientes decorosos, y quienes toman drogas ilícitas son inocentes víctimas, redimibles con tratamiento. El tabacómano y el simple usuario ocasional de tabaco, en cambio, son una especie de leprosos desobedientes, que pueden curarse con sanciones y publicidad truculenta.

Es indiscutible que el humo molesta, y que debe haber amplias zonas para no fumadores. Sólo se discute qué tamaño tendrán en cada sitio (edificios, barcos, aviones) las zonas para fumadores. Cuando algo que usa un tercio de la población recibe una centésima o milésima parte del espacio -o simplemente ninguna- oprimimos a gran número de adultos, capacitados todos ellos para exigir que las leyes no reincidan en defenderles de sí mismos. Que las leyes prohíban, o impongan, actos por nuestro propio bien dejó de ser legítimo ya en 1789, al reconocerse los Derechos del Hombre y del Ciudadano, gracias a lo cual en vez de súbditos-párvulos empezamos a ser tratados como mayores de edad autónomos. Y es llamativo que en un momento tan sensible al respeto por muy distintas minorías cunda un desprecio tan olímpico hacia la única minoría que se acerca a una mayoría del censo. Sólo se entiende, de hecho, considerando la tentación de convertir los estados de Derecho en estados terapéuticos, legisladores sobre el dolor y el placer, donde lo que antes se imponía por teológicamente puro pueda ahora imponerse por médicamente recomendable.

Con todo, la sustancia del atropello no cambia al sustituir sotanas negras por batas blancas. Si atendemos al asunto concreto, vemos enseguida que la fanfarria terapeutista disimula y deforma sus términos. En primer lugar, la nicotina estimula, seda y previene algunas enfermedades; los agentes propiamente nocivos son alquitranes derivados de asimilarla por combustión. El gendarme terapéutico ¿se ocupa acaso de promover alternativas al alquitrán? Las primeras patentes de cajetillas con una pila que calienta el tabaco a unos cien grados, hasta liberar la nicotina sin producir alquitranes, tienen más de 20 años. Esos revolucionarios inventos para inhalar selectivamente han ido siendo comprados por las grandes tabaqueras, como es lógico; pero que Philip Morris o Winston se arriesguen a poner en marcha tanto cambio pide un cambio paralelo en la actitud oficial, hoy por hoy anclada al simplismo de satanizar la nicotina.
En segundo lugar, las incoherencias del terapeutismo coactivo brillan en el hecho de que sus desvelos por la salud del fumador no incluyen informar sobre o intervenir en qué fumamos, cuando el tabaco ronda una quinta parte del contenido de cada pitillo. El resto, llamado sopa, es una receta confidencial del fabricante, cuya discrecionalidad le permite novedades como añadir tenues filamentos de fósforo al papel, para que queme más deprisa. En tercer lugar, a este generalizado trágala se añaden promesas de doblar el ya exorbitante precio de las cajetillas, como si sumir en ruina al tabacómano le resultara salutífero.

Así, los deleites unidos a fumar -que son básicamente energía y paz de espíritu-, y los inconvenientes de dejar esa costumbre -que son desasosiego, y resucitar la codicia oral del lactante- pretenden solventarse con un cuadro de castigos: no saber qué fumamos, no tener alternativas a una inhalación de ilimitados alquitranes, padecer atracos al bolsillo, sufrir discriminación social, o comulgar con falsedades (como que estaremos a salvo de cáncer pulmonar, bronquitis, arteriosclerosis e infartos evitando el tabaco). Curiosamente, el cruzado farmacológico norteamericano, que está en el origen de esta iniciativa, se niega por sistema a reducir sus emisiones de gases tóxicos firmando Kioto, sin duda porque tragar humo de modo involuntario y no selectivo es tan admisible como inadmisible resulta tragarlo de modo voluntario y selectivo.
Ante tal suma de iniquidades, un grupo tan nutrido como el tabaquista debe reclamar los mismos derechos que cualquier minoría, empezando por regular él mismo sus propios asuntos. Actos de pacífica desobediencia civil en cada país, como encender todos los días varios millones de cigarrillos a cierta hora, parecen sencillos de organizar, y prometen tanta fiesta para los rebeldes como impotente consternación en el gendarme higienista.

Moliére lo comenta ya en L’amour médecin: «el tabaco es droga de gente honrada, como el café». Reconozcamos también que en tiempos de Moliére no se había descubierto el cigarrillo, ni Hollywood había promocionado tan abrumadoramente su empleo. Doy por evidente que los ceniceros sucios despiden un olor asqueroso, que el tabacómano es una especie de manco, y que fumar muchos cigarrillos genera a la larga efectos secundarios funestos. No por ello resulta más arriesgado que conducir deprisa. Ni es más insensato que ignorar el cultivo del conocimiento, la práctica de la generosidad o prepararse cada uno para su venidera muerte. Lo arriesgado es que la ley saque los pies del tiesto, lanzándose a proteger a los ciudadanos de sí mismos, como si la sociedad civil pudiera administrarse a la manera de un parvulario.
Cuando nos atracan entregamos el botín a disgusto, conscientes de padecer una agresión. Cuando nos estafan lo damos a gusto, imaginando hacer un buen negocio. Pero es estafa, y no buen negocio, cargar con planes eugenésico-paternalistas que siempre aúnan despotismo con frivolidad. Dejar de fumar sólo cuesta tanto porque sus efectos primarios -anímicos y coreográficos- generan un placer sutil. Sin duda, haremos bien dejando de fumar compulsivamente, mientras eso no nos amargue el carácter y desemboque en efectos secundarios como obesidad, inquietud o sustitutos químicos para la sedación-estimulación que obteníamos encadenando cigarrillos. Como dijo Epicteto, “nada hay bueno ni malo salvo la voluntad humana”, y si lo olvidamos todo el horizonte se torna banal, no menos que proclive a confundir opresión con protección, estafa con benevolencia. “.

Pues eso. Lucidez se llama.

Atentamente.

Gaviero

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Carsipe R2+ Samuel
Gawith’s Full Virginia Flake

Quizá algún día, si se diera el improbable caso de ser padre, tenga un hijo que no tema regalarme una pipa y hacerme feliz.

Escribí esta frase hace siete meses, tras pasar ese día que los grandes almacenes tienen a bien denominar El Día del Padre. Era esa clase de día en la que uno no puede ya buscar un libro de pesca para regalar, sino sólo pensar. No tanto en quien ya se ha ido, sino en la clase de hombre que uno empieza a ser. Sobrepasada la treintena, es imposible no dar vueltas al hecho de que tu madre tuviera tu edad cuando te tuvo a ti. Y ya era tardía para esa época. Tú entras en esa edad. Ya sabes.

Y aparece una frase como esa. Ser padre. Imaginar un hijo que te regala una pipa.

pipa martinNaturalmente, eso está todavía lejos, si se diera el caso. Lo sé yo y lo sabe la mujer con la que comparto mi vida. Ella, la discreta, miss no-sorpresas, se quedó con esa frase prendida en el pensamiento. Ella, que conoce mi amistad con el mejor artesano de pipas de España, apareció un día por su taller. Entre todas sus freehand, buscó una pipa especial. Una que fuera tan especial como la que podría regalarme ese hipotético hijo.

Y eligió esta maravilla: la 27-09. Una apple especialmente redonda y rotunda, en la que no escasea la madera. Una pipa de mano poderosa, que a cambio lleva un acabado delicadísimo: el rusticado piel de nutria. Imaginad un peine que milimétricamente fuera capaz de alinear la madera hasta tal punto que uno siente estar acariciando el pelo de una persona querida. La mujer. Un hijo. Esa sensación. Por eso la pipa es rotunda y ancha: para que esa sensación pese en la mano, como pesa una cabeza que duerme en nuestro regazo. Una cabeza que queremos y protegemos de una forma invisible, generando a su alrededor ese campo de fuerza llamado cariño.

Técnicamente, como todas las Martín, bien sean freehand o mecanizadas, la pipa es impecable. Un tiro de 3,8mm y un hornillo de 20mm, tiene la holgura suficiente para permitir respirar a un flake o atesorar una buena porción de cross cut. Como todavía la reservo para ocasiones muy especiales, no tiene el rodaje suficiente para comprobar su comportamiento con tabacos poderosos o latakiados: de momento, virginias de todas las añadas y calidades están pasando por ella. Sigue buscando Su Tabaco. Como tantas otras pipas.

Pero ninguna tiene el poder de sugerir tanto al tacto como esta.

Ella probablemente se sintió atraída por un tacto tan especial y diferente, y cuando la eligió no pensó en cabezas en el regazo y esa protección a través del tacto. Tal vez.

Pero como yo soy un hombre de la vieja escuela, me gusta pensar que sí. Por eso lleva su nombre.

Determinadas palabras tienen peso de mármol. Nacen graves y grises, nacidas para el bajorrelieve y la cita en los libros de historia. Suelen ser grandilocuentes y hablan desde los conceptos para ilustrar a las personas. Utilizan la distancia para acercarse, al menos de una forma ilustrativa. Y hay grandes libros escritos así.

Pero les falta algo. Una inmediatez que toque el alma. O esa sensación tan vaga y cercana llamada realidad.

Porque al final, las historias no necesitan ilustrarse desde las alturas. Las palabras que cobran la verdad son las que cada mañana dice un hombre ante un carajillo en un bar, mientras fuma(ba). O lo que uno piensa volviendo de un entierro.

Frío.


Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.


Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.


Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.


Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún. 
Necesidad espiritual.


Vengo de enterrar a un amigo muerto.


Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”.”…una pena…”


Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.


Y fumo. Saboreo la pipa, el humo y el tabaco.
 Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.


La bendita libertad.


Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo. 
Pero todos los que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.


Y quizá fumar en pipa.

Aparecen en este libro, “Escritos desde el anonimato“, de Enrique Tárraga (Editorial Círculo Rojo, 2011), ciertos lugares comunes que nos narran pequeñas y breves historias sobre la gente común, usted, yo, todos nosotros: el bar de los currelas, las playas medianamente ocupadas, un Moleskine pidiendo vida y tinta, las carreteras y los paritorios. Y aparecen también algunos textos que he tenido el privilegio de albergar en este blog, como “En guardia“, “Aguantando” o “De fe y otras creencias“. Enrique ha publicado un libro que navega, como la vida, entre poesía y prosa, siempre contando algo que merece la pena escuchar.

Y es que al final, un hombre que encabeza los retazos con letras de Bruce Springsteen, merece una lectura.

Todo desaparece y no nos quedan ni las cenizas de aquello que amamos, pienso.

Lo pienso mientras camino alejándome lentamente de Covent Garden, sin volver la vista hacia una terraza al aire libre en la que acabo de vivir una escena de difícil definición. Porque estoy en Londres: uno de esos viajes que desde la adolescencia pensamos que significan el éxito del futuro que nos espera, capital de talla mundial, dar una conferencia delante de empresarios y emprendedores.

Hoy sabes que en realidad eso no significa gran cosa, salvo la posibilidad de caminar por calles que sólo te eran extrañas antes de nacer.

Porque todo desaparece, todo se pierde, te dices mientras te alejas de Covent Garden. Apenas 3 minutos antes has decidido desafiar el desagradable viento de componente noreste y tomarte un té en una terraza mientras abres la lata de Dunhill London Mixture que has comprado en el estanco de Charing Cross Road. Ese que ahora en el escaparate tiene que mostrar caramelos tras la última ley que impide la mostración de paquetes o latas de tabaco de forma pública y clara.

Te has sentado, has cargado la pipa, la terraza no está muy llena pero tardan lo suficiente en decidir quién te atenderá como para que te haya dado tiempo a encenderla. Ese aroma a latakia que impregna tu paladar. Y ya anticipas el Earl Grey con dos minutos y medio de infusión que dará el perfecto contrapunto. Aparece el camarero con su refinada educación británica de atención al público. Te arrancas a encargar tu té, pero antes de hacerlo te interrumpe con suavidad y te indica que antes de pedir tengas a bien leer lo que pone la carta.

A pie de la tercera página, una frase.

Please refrain yourself from smoking cigars or pipes.

Él continúa el parloteo disculpándose de antemano por las molestias, que en principio no tendría problema en que fume, pero que si uno solo de los demás clientes de esa terraza donde la sensación térmica no toca ni en verso los 10º centígrados se queja, se verá obligado a pedirme que por favor la apague. Yo no soy capaz de mirarle. Tengo la vista fija en la carta.

from smoking cigars or pipes.

Pienso en los cigarrillos. Esos cilindros que contienen más sustancias de origen desconocido que tabaco. Esas monodosis que atentan directamente contra el concepto que hay detrás de una pipa o de un Montecristo: la prisa contra la pausa. No las ataco: simplemente, no son mi liga. Pero era difícil no sentir remotamente como un insulto esa frase. No importa que te hayamos expulsado de los bares, donde medías el tiempo con la paz de medio litro de cerveza y una pipa. No basta que tu reino sea ahora el de las prostitutas y los barrenderos, cobijándote en las esquinas y en los soportales para poder encender sin interferencias eólicas la pipa. No: vamos cerrando el campo en una maniobra de difícil justificación racional por algo que nada tiene que ver con la salud, como decían los integristas que loaban esa ley que, decían, iba a crear muchos puestos de trabajo y dinamizar el sector hostelero con esos millones de no fumadores que iban a ir corriendo a los bares, ahora que son libres de humos.

Esos mismos bares que ahora cierran tras bajadas del 50 al 70% en sus ventas.

Bares muy distintos a este de Covent Garden, repleto de turistas despistados que encuentran razonable pagar 3 libras esterlinas por un mal cappuccino. A este bar en el que el camarero espera una respuesta mientras yo sigo mirando la carta desde hace varios segundos.

or pipes.

Inspiro con toda la calma y serenidad que me da haber pasado ya con holgura la frontera de los 30. Le sonrío, y le digo,

– No problem, sir…

Sonríe aliviado. Echa mano al bloc de notas de su delantal.

– …then it would be wise not to spend my money here. Have a nice day.

Y me levanto y me alejo de esa terraza sin volver la vista atrás.

Almiralty ArchDecido caminar por las majestuosas calles adyacentes. Strand. Llego hasta Trafalgar Square. Atravieso el Almiralty Arch para adentrarme en The Mall, el paseo que lleva a Buckingham Palace. Subo por St. James’s Street hacia Regent Street. Lugares que durante décadas representaron un símbolo aspiracional de una cierta nobleza, los mejores sastres de Europa, comercios que ahora son marcas, Fortnum & Mason, Penhaligon, Dunhill. Camino por allí honrándoles un íntimo tributo a un tiempo perdido: fumando en mi pipa. Como si fuera 1952 tras la Coronación. No me cruzo con ningún otro fumador en pipa. Todos los viandantes con los que me cruzo, en su inmensa mayoría turistas, me miran como si llevara una chuleta de cordero en la cabeza.

Como si procediera de otro mundo.

Quizá sea así.

Permíteme que me disculpe. Ayer cometí un fallo imperdonable.

Torpemente me muevo entre las rutinas que nada me dicen. Los kilómetros recorridos cada día atravesando la ciudad que antes estuvo partida. Todo esto, pienso, es sólo un envoltorio necesario para llegar a otra parte. Como el envase de cartón protege los huevos que han de llegar a la nevera de casa.

Quizá, pero el envoltorio se expande y coloniza los espacios de mi vida. Ordenador. Teléfono. Correos. Vender. Intentar vender. Contar. Intentar comunicar. Mirar números, porcentajes fríos que nada cuentan de los esfuerzos. Abrir programas de presentaciones. Sólo me viste presentar algo durante una temporada determinada de mi vida: cuando hacerlo era una hazaña.

Hoy tengo una edad en la que las hazañas son menos épicas, más invisibles, más calladas.

Discúlpame que todo esto que no significa nada me haya hecho olvidar que ayer hubiera sido tu cumpleaños, una vez más. Déjame desagraviarte con mi mejor tabaco. Ya sabes, es nuestra forma de comunicarnos más allá de la vida.

 

Enzo Foresti “Pipaforo” > McClelland’s Frog Morton Across The Pond