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“Si la vida te da limones, haz limonada”

– Antiguo proverbio de abuela

Los fumadores vivimos tiempos difíciles.

En la extinción sistemática de derechos a la que ya llevamos años acostumbrándonos, observamos ahora desde lejos como se confirman los presagios que hicimos hace tiempo y que nadie quiso escuchar: la ley antitabaco no es sólo una ley antitabaco, es un recorte de libertades civiles que se enmarca en un movimiento mucho mayor, para recortarnos paso a paso a todos, fumadores y no fumadores, libertades esenciales. Lo gritamos bien claro, y los no fumadores se reían de nosotros.

Bien, abrid el periódico. Ahora ya no se ríe nadie.

Llevamos ya un tiempo encima los fumadores en el que se nos mira de soslayo, como enfermos corruptos. Como el ejemplo que le ponen los padres meapilas a sus hijos de lo que no hay que hacer. Cómo señalarle a ese padre estereotipado que durante toda la historia las conversaciones tranquilas y las tertulias siempre han requerido de compañeros de viaje que incitaban a la reflexión y a la intimidad, como una buena copa, como el humo que da la mesura exacta a las palabras.

Inmersos en el mundo impostado de los comercios bio y la leche de soja, es imposible explicarlo. La insana vida sana.

Lo que las falacias postmodernas no cuentan es que las leyes restrictivas no son iguales en todas partes. Que no en todos los países se condena al fumador como a un apestado infame a los callejones de la vía pública. Así que me he propuesto poner mi granito de arena: ofrecer una modesta guía de locales berlineses donde se puede fumar. Para turistas y residentes.

Y para mostrarle al mundo que todavía hay maneras civilizadas de hacer las cosas.

Pronto en sus pantallas.

© Sergio Falconi-Parker, 2007

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Noche de sábado, solo en casa. La perra duerme a mi lado.

En la ARD (la televisión pública alemana) emiten un documental sobre Ostpreußen (Prusia del Este) y los años 30 y 40.

[Antiguamente, el Imperio Alemán de Bismarck era más amplio de lo que hoy es Alemania: todo el norte de lo que ahora es Polonia, pertenecía a Alemania. La derrota en la I Guerra Mundial obligó a los alemanes a entregar gran parte de Prusia, quedándose sólo con Ostpreußen, la cual estaba aislada por tierra del resto de Alemania por el conocido como corredor polaco: el que Hitler siempre reclamó como suyo e invadió, dando así comienzo a la II Guerra Mundial. Pero tampoco querría ahora empezar a divagar sobre la Historia. El pensamiento es otro.]

Imágenes de Königsberg, la capital de Ostpreußen. Hoy aquello es Rusia y se llama Kaliningrado. Blanco y negro, muchos humanos con movimientos antinaturales por la capacidad técnica de la época. Gente extinguida. Niños que van de vacaciones allí y viajan en trenes con vagones escritos con la letra gótica que hoy todavía asusta. Cantos desaparecidos de voces muertas. Fotografías. Niños entrenando formación militar con palas de cavar en 1944. Gente que observa a la cámara con esa curiosidad inocente del ser humano no acostumbrado a ser imagen. No, no veo a nadie fumando en pipa, pese a que lo hacían en esa época prácticamente todos los hombres que habían cumplido ya los 21. Por entonces, un padre regalaba a su hijo su primera pipa, diciéndole, ya eres un hombre. No sólo en Alemania: en prácticamente toda Europa. En las imágenes, grabadas lógicamente por el régimen nazi, como decía, no aparece nadie fumando en pipa. El tabaco era uno de los mayores enemigos del régimen: Hitler, ex-fumador, inventó el talibanismo antitabáquico. La propaganda ataca(ba) a los fumadores como antipatriotas que debilitaban su cuerpo y la raza.

Y pienso: uno sólo puede ver estas cosas en la televisión fumando una pipa. La conexión física con un tiempo pasado, en el que fumar en pipa era algo tan habitual que no merecía destacarse.

Adolf Hitler, precursor de muchos talibanes del siglo XXI, esta pipa de espuma de mar llena de St. James Flake va por ti.