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(o El Valor del Tiempo, podría titularse esto también).

Desde 2008 pertenezco a un foro de internet. Nada muy extraordinario. Un lugar donde encontrarte con gente con la que compartes una afición, compartir, hablar y a veces discutir. Lo normal.

Me apunté a los pocos días de su nacimiento y pronto lo sentí como mi casa. Tanto es así que al poco tiempo acabé siendo moderador y ahí sigo, aunque pase algunas rachas en las que me conecto menos de lo que quisiera.

Desde 2008 a 2013, hemos hecho de este foro, el Pipaforo, el foro de referencia mundial de habla castellana en cuanto a pipas y tabacos se refiere.

Pero eso es un poco lo de menos. En realidad hemos formado una familia de amigos a quienes nos une un poso indeterminado, una comunión extraña entre gentes de lugares diferentes y edades imposibles. Y para celebrar lo cómodos que estamos, cada año encargamos una pipa conmemorativa, que muchos compramos para que nos acompañe el resto de nuestra vida.

Hoy pienso en las pipas que tengo y en la que acabo de encargar, la Pipaforo’13. Y no puedo dejar de pensar que pronto será un ejemplo de un tiempo, de una era por determinar. Cada una de estas pipas se anclaron a un trozo de mi pasado y las estrené en momentos a los que se unieron de forma irremisible.

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La primera de todas, la Pipaforo’09, fue obra de Rafa Martín. Una billiard recta y de líneas claras, clásica y con un detalle redomadamente moderno como el del aro imitando el mármol de la caña. La fumé poco ese año, he de confesarlo. 2009. Ese año. Llegó antes, mucho antes de todo. Antes de dejar un trabajo que me amargaba la vida, antes de intentar una posibilidad rara y remota. Antes de tener que convertir a mi padre en ceniza para dejarle en la playa que más amaba. Antes de recibir otra pipa de Rafa Martín. Pero esa es otra historia. Era el año de empezar un trabajo ilusionante. El año de aprender que la vida no es acumular cosas que no puedes tener, sino ser feliz con lo que tienes, con el núcleo y la pequeña rutina que te has creado.

Al año siguiente, en vez de una, decidimos hacer dos.

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Aquí, viéndolo con perspectiva, aprendimos mucho. Encargamos dos modelos no artesanales: una mecanizada y una semi-mecanizada. Al ser dos, tiramos al rango bajo de precio. Y no conseguimos ni de lejos la unanimidad eufórica de la primera. La Geppetto nos salió a muchos silbadora y con tendencia a generar algo más de humedad de la recomendable. La Foresti, pese a tener una mordida muy agradable, tenía un pisadientes enorme, y a algunos les salió con masillazos en el hornillo.

2010 no salió como esperábamos, nadie. Yo perdí la serenidad y gané una esperanza.

Así que en 2011 tiramos a lo seguro. Una Les Wood.

PI11
Les Wood, artesano inglés que durante décadas fue el responsable de platería de las pipas Dunhill, que se dice pronto. Sus pipas suelen ser construcciones clásicas, respetando los cánones de las formas de toda la vida, y con un delicado trabajo de plata. Así que nos otorgamos esta Póker de tamaño gigante, con un Army Mount de plata de escándalo.

2011 fue un año de tirar la casa por la ventana. De apretar el acelerador y dejar que todo te dijera, todo va a salir bien, dale, vamos, sigue. También en mi vida.

Y llegamos a 2012 dándole al acelerador.

PI12

Una pipa de un artesano emergente, que por entonces estaba apenas empezando a profesionalizarse, pero que ya derrochaba talento: Dirk Claessen. Si su obra se redujera a dos parámetros, diríamos que escoge siempre un brezo de la más alta calidad, y los pequeños detalles están afinados como el motor de un Jaguar clásico. Un pisadientes milimétricamente delineado, unas boquillas trabajadísimas. Pronto se convirtió en una pipa de la que todos hablábamos maravillas, sin apenas disidencias.

Fue una pipa que recuerdo en momentos positivos, en general. Recuerdo estarla fumando en una terraza de Alicante en abril, con una cerveza y un sol redondo sobre mi nuca. Cuando todo estaba despejado. Recuerdo estarla fumando también cuando escribí la primera línea de la que será mi próxima novela. Cuando había ganado el premio Bubok y pensaba, quería pensar, quería creer, que mi vida iba a ser otra.

Pese a lo que viniera después, la tengo como una pipa luminosa. Una pipa de virginias limpios en la que todo parecía diáfano, cristalino, tranquilo.

Quizá ahora vuelva a fumarla más a menudo. Aunque ya tengamos encargada la pipa de 2013, otra Claessen.

PI13

Cuando me llegue en marzo, esta pipa cobrará nuevos recuerdos. Será la pipa del nuevo hogar, del nuevo trabajo, la nueva vida que ante mí se abre y ante la que, al fin, vuelvo a ir con las manos abiertas. Pero esto es sólo mi vida, mi personal trozo de tiempo que aparejo a un pedazo de madera.

Esta colección viva que progresa cada año es nuestra historia, y en cierta manera una metáfora de lo que somos. Cuando empezamos algo, pensamos en acumular, en incluir, en hacerlo de la mayor manera posible. Con el tiempo aprendes que conviene más hacer las cosas, simplemente, mejor.

En 2013 sólo quiero hacer mejor las cosas. Y poder fumar para seguirlo contando.

Cuando pasas los que los católicos llaman la penitencia.

Cuando nadas como un cabrón para llegar a la orilla con mar de fondo, esa que quizá señalaba la bandera amarilla que, pche, ignoraste.

Cuando avanzas por un parque de madrugada sin más iluminación que la luna, tiene que llegar el momento en el que te encuentres necesariamente con una farola que funciona. Y desde ahí, puedes seguir caminando.

Hoy me senté temprano a la mesa de trabajo y seguí dándole vueltas a una idea para una novela que llevo tiempo dejando madurar. Como en el purgatorio, como en la mar agitada, como en el parque tenebroso, he estado muchas semanas mirando a mi alrededor. Buscando la forma de poner los pies bien firmes en el suelo y saber dónde estaba.

Y sobre todo, cómo se salía de allí.

Desde mi anterior entrada, en la que cayó algún cimiento que otro de lo que era mi vida, me movía en el impasse del tiempo de entreguerras. Esa rara incertidumbre de abolir los horarios y de abrir nuevos tiempos. No todo fue neblinoso, no obstante. Llegó un espaldarazo inesperado en forma de premio y la pequeña certeza de que, tal vez, eso sea la llave a un nuevo tiempo.

Aunque es pronto para saberlo, al menos sé que es el paso que necesitaba. “Gnadenlos” ha sido esa clásica novela que duerme cuatro años en el cajón porque nadie quería publicarla. Y en cierta manera, sabía que mientras no fuera capaz de dejarla publicada, no podría centrarme en la siguiente.

Así que llamé durante años a puertas y nadie salió a abrir. Todo lo más, una voz desde dentro diciendo que dejara el folleto  en el felpudo, que ya si eso.

Hice un último esfuerzo y me lancé a por esto. Y gané.

Cayó en una época rara, donde muchas cosas de las que conformaban mi vida han cambiado definitivamente. Mi travesía del desierto.

Hoy he sido capaz de llegar al oasis, de encontrar la farola, de llegar a la playa, elijan la metáfora que más gracia les haga. Hoy he conseguido que la turbia nube de ideas para la siguiente novela empiece a cobrar forma.

first line of a novel

Con la primera línea. El primer párrafo.

En ese momento, ondeaba en mi boca una Claessen repleta de Union Square. Pasaban pocos minutos de la una y algo de la tarde. Soy incapaz de fumar algo fuerte y pesado como una primera pipa antes de la comida: por eso, para estos momentos de trabajo relativamente matinal, elijo siempre un virginia limpio y fresco que transmita su ligereza a la mañana. Abrí la lata recién llegada de Estados Unidos, dejé secar unos minutos al sol las dos láminas de flake para luego desbrozarlas ligeramente entre las palmas de mis manos y cargar la Claessen. Como buen flake de Gregory Pease, me costó mantener la brasa, pero cuando cogió velocidad de crucero pude concentrarme plenamente en el trabajo. En esa amalgama de conceptos e ideas aisladas que daba vueltas por el cuaderno y que no me conducía más que varias disyuntivas.

Fuera, el sol se derramaba sobre la terraza y me preguntaba Qué, cómo va lo tuyo, y antes de que respondiera, me dijo claramente, Déjate de esquemas y pamplinas y empieza a hablar. Empieza a escribir.

Toqué una palabra clave, pasé varias páginas y escribí la primera línea. Y después el primer párrafo.

Lo peor ya ha pasado. Gracias, Union Square.