Internet: ese lugar en el que uno encuentra cosas interesantes por accidente, por casualidad. Digan lo que digan los apóstoles del SEO y demás fraudes, uno acaba topándose con pedazos de realidad que siguiendo un hilo invisible te llevan de un contenido de twitter a  un blog a una colección de fotos antiguas.

Hoy he amanecido con el sabor metálico de este post en mi paladar: “¿Por qué dejamos de usar sombrero?”, de César Fernández-Viagas. Una colección de fotografías de principios de siglo XX agrupadas en torno a una pregunta sin respuesta.

Una pregunta creada como reflexión.

Admito que me he quedado durante un tiempo ensimismado mirando esos testimonios de un tiempo perdido. Me pirran las fotos de un tiempo perdido. Soy así. La fotografía me parece un milagro imposible de repetir con ninguna otra arte: el testimonio físico de un instante perfecto, una fracción de segundo exacta e irrepetible, condenada a la más pura desaparición. Salvo por la cámara. La cámara está ahí para demostrar esa existencia. Aunque sea imposible, para detener el tiempo. Aunque el ser humano fuera absolutamente incapaz de asumir físicamente la acumulación de momentos, aunque eso le impidiera seguir levantándose cada día. Por eso el intento es más titánico, más imposible, más absurdo todavía.

old fashioned hats

Y me quedo mirando las fotografías de sombreros. Viejos tiempos de una elegancia muerta. Hoy en día no sabemos movernos sin exponernos, sin vender a precio cero cada pedazo máximo de nuestro cuerpo sin ser conscientes de estarlo regalando, sin reservar nada a una intimidad, sin saber ser discretos. Lo que la gente suele llevar hoy en sus cabezas se parece más a un nido fluorescente de pájaros daltónicos con terraza de béisbol adosada. Destacar. Exactamente lo contrario que antes, pienso.

Continúo y encuentro un par de fotos que me conmueven. Pero no son de principios de siglo XX.

borsalino fedora hat

A la izquierda, un borsalino clásico de la época. A la derecha, “su reinterpretación moderna”. Bajo estas líneas, ídem de lo mismo con el panama original, hecho para Truman, y un panama actual.

panama hat truman

Es difícil resistirse a la nostalgia viendo la mera comparación ocular. En el material empleado para la confección. Ese elemento intangible llamado estilo. Flair. El acabado. Esa sensación que separa de inmediato la manufactura de la producción industrial.

El triste sucedáneo de los tiempos modernos en los que nadie lleva ya sombrero para cubrir sus ideas o para saludar galantemente por la calle. Quizá porque no es un tiempo propicio ni para pensar ni para saludar sin obtener rédito inmediato a cambio; tal vez, pero es fácil observar la diferencia entre el original y la evolución hacia la involución.

Como los sombreros y las pipas pertenecen a un mismo periodo de tiempo en franco retroceso, hay un paralelismo que quizá no conozcan quienes lean este blog. Entre los fumadores de pipa de cierta edad existe un cierto fetichismo que se convierte en una línea divisoria. Rara es la conversación en la que no salta una frase que golpea como un relámpago:

Ya no se hacen pipas como las de antes.

Y se hace un breve silencio mientras arranca una nueva discusión sobre un tema sin final.

Por un lado, están quienes defienden que las pipas de antes eran mucho mejores que las de ahora, así, en toda la amplitud de la frase. Profundizando, argumentan que ciertamente hace 100 años, al ser el negocio de la fabricación de pipas de brezo relativamente nuevo, los brezos que se podían hallar en los países mediterráneos eran de mayor calidad, al no haber la sobreexplotación actual. Que las líneas clásicas eran más respetadas y guardaban unas proporciones más armoniosas que las actuales. Que entonces la gente no coleccionaba pipas sino que eran instrumentos de fumar, por lo que se prestaba una atención más especial a que el tiro fuera lo más correcto posible para que esa pipa perdurase y fuera una buena fumadora, porque si no lo era, se fumaba sin cuidado hasta quemarla, o se lanzaba pasado el tiempo a la chimenea cuando el invierno azotaba. Relacionado con esto, se argumenta que precisamente por eso lo que nos llega hoy en día como superviviente de la época son pipas de alta graduación, de un brezo bien secado y excelente, un Gran Reserva de las pipas, por las que a menudo merece la pena pagar un precio de coleccionista.

La opinión contraria otorga su parte de razón a lo anterior, pero rebate que el brezo de ahora sea peor: al contrario, que hubiera más cantidad de brezos centenarios antes no quiere decir necesariamente que sean mejores, o que los hubieran cortado adecuadamente. Que antes al ser más instrumental el hecho de fumar en pipa se prestaba menos atención a escoger el brezo. Que aceptan que lo que nos llegue hoy en día pueden ser fumadoras excelentes, pero no necesariamente porque sean excepcionales de origen, sino porque han sido curadas a base de fumadas y fumadas durante décadas, pues es por todos sabidos que una buena pipa fumada con cuidado durante años se hará cada año mejor. Y que muchas veces hay un mito terrorífico detrás de una Dunhill del 29, por ejemplo, y que no fuma mucho mejor que una pipa de gama alta de nuestros días, si las fumáramos a ciegas. ¿A partir de cuánto pagamos un nombre y fomentamos una mitomanía absurda?

¿Quién tiene razón? Ambos y ninguno. Es un debate sin solución. Está claro que fumar en pipa no es lo que podríamos considerar una actividad masiva hoy en día, pero la producción mundial es razonablemente suficiente para abastecer el mercado. Sí, se han cepillado muchos brezos centenarios en estas décadas, pero eso sólo obliga a que haya que buscar mejor, en otros países. La riqueza se ha generalizado en comparación a, pongamos, 1950. Eso significa que los artesanos pueden elegir un mejor brezo y poner un precio superior, por lo que se hace hoy en día no tiene por qué ser inferior a lo de antes.

Pero también es cierto que las proporciones de las formas clásicas y ortodoxas tienen una finura especial en las pipas antiguas. Y que hay una magia especial en fumar en una pipa que es anterior a tu nacimiento. Pensar, “esta pipa la podría haber fumado mi padre a los 22 años, si acaso hubiera fumado en pipa“. O conseguir una pipa de tu año de nacimiento. Mírate, viniendo al mundo y ahí tienes algo físico de ese momento histórico.

Melancolía pura. Un intangible. Un tiempo perdido que no se ha vivido. Los peores. Porque no se es objetivo, no se puede tocar una diferencia burda.

Al fin y al cabo, una pipa no es un sombrero. Aunque procedan de tiempos perdidos.