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“Si la vida te da limones, haz limonada”

– Antiguo proverbio de abuela

Los fumadores vivimos tiempos difíciles.

En la extinción sistemática de derechos a la que ya llevamos años acostumbrándonos, observamos ahora desde lejos como se confirman los presagios que hicimos hace tiempo y que nadie quiso escuchar: la ley antitabaco no es sólo una ley antitabaco, es un recorte de libertades civiles que se enmarca en un movimiento mucho mayor, para recortarnos paso a paso a todos, fumadores y no fumadores, libertades esenciales. Lo gritamos bien claro, y los no fumadores se reían de nosotros.

Bien, abrid el periódico. Ahora ya no se ríe nadie.

Llevamos ya un tiempo encima los fumadores en el que se nos mira de soslayo, como enfermos corruptos. Como el ejemplo que le ponen los padres meapilas a sus hijos de lo que no hay que hacer. Cómo señalarle a ese padre estereotipado que durante toda la historia las conversaciones tranquilas y las tertulias siempre han requerido de compañeros de viaje que incitaban a la reflexión y a la intimidad, como una buena copa, como el humo que da la mesura exacta a las palabras.

Inmersos en el mundo impostado de los comercios bio y la leche de soja, es imposible explicarlo. La insana vida sana.

Lo que las falacias postmodernas no cuentan es que las leyes restrictivas no son iguales en todas partes. Que no en todos los países se condena al fumador como a un apestado infame a los callejones de la vía pública. Así que me he propuesto poner mi granito de arena: ofrecer una modesta guía de locales berlineses donde se puede fumar. Para turistas y residentes.

Y para mostrarle al mundo que todavía hay maneras civilizadas de hacer las cosas.

Pronto en sus pantallas.

© Sergio Falconi-Parker, 2007

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Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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I toured the light. So many foreign roads.

Preparo la maleta para afrontar un nuevo salto de país. La preparo mentalmente, claro. Ella duerme todavía en el sótano el sueño de la rutina. La dispongo en el suelo de la habitación, alineada con la ventana y el sofá, destripada, esperando el cometido.

Esperando todas las posibilidades.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Todas las posibilidades. Todos los yos que podríamos ser.

Pienso que podría dejar caer dentro de ella un amplio surtido de camisas y pantalones aparentes, algún jersey fino, aquello que me convierte en una persona aparentemente mayor a lo que mi pasaporte afirma. O mis vaqueros más cómodos y anchos que, combinados con esos jerseys a los que el invierno es propicio, me harán pasar desapercibido como uno más de esos postadolescentes que niegan haber rebasado los 30 mientras eligen sudaderas con capucha público objetivo apenas 18. O simplemente, podría llenar mi maleta de mis todoterreno: las camisetas negras de manga larga que admiten todas las posibilidades.

Posibilidades.

Porque habrá cosas básicas que siempre llevamos con nosotros, las más íntimas, las más imprescindibles. En mi caso, además de elegir la ropa con la que los demás podrán verme, elijo un surtido de pipas y tabacos para los 17 días que me aguardan en la península.

Y es una decisión bastante más relevante que la ropa que me llevo. Al fin y al cabo, con la edad uno puede pronosticar cuántos de estos 17 días peninsulares serán días de camisa, días de zapato, días de una espontánea y no requerida corbata.

Es mucho más difícil pronosticar un momento.

Podría ocurrir: una cena respetable de Nochebuena con dos personas enjugando una ausencia. Quizá mis dotes de entertainer a tiempo parcial surtan efecto y mi madre no mire demasiadas veces la silla vacía. Puede que disfrute de una buena copa de vino. Puede que sonría al final de la cena, satisfecha. ¿Con qué tabaco y con qué pipa celebro semejante victoria? ¿Con un 1792, recio e imperial, o con algo más dinámico y alegre como un Cairo o un Fillmore? ¿Y si no lo consigo? ¿Me inclinaré hacia la latakia, que siempre me incita a reflexionar? ¿O reservaré mi mejor latakia para cuando vaya a la orilla de la cala donde le dejé, hace ya dos años y medio?

Cada uno de esos momentos en los que encenderé una pipa será completamente diferente a los demás. Tendrá un sabor, una paz determinada. Y eso es lo que, aparentemente, debo decidir ahora.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Y el hombre que canta, I toured the light.