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“Si la vida te da limones, haz limonada”

– Antiguo proverbio de abuela

Los fumadores vivimos tiempos difíciles.

En la extinción sistemática de derechos a la que ya llevamos años acostumbrándonos, observamos ahora desde lejos como se confirman los presagios que hicimos hace tiempo y que nadie quiso escuchar: la ley antitabaco no es sólo una ley antitabaco, es un recorte de libertades civiles que se enmarca en un movimiento mucho mayor, para recortarnos paso a paso a todos, fumadores y no fumadores, libertades esenciales. Lo gritamos bien claro, y los no fumadores se reían de nosotros.

Bien, abrid el periódico. Ahora ya no se ríe nadie.

Llevamos ya un tiempo encima los fumadores en el que se nos mira de soslayo, como enfermos corruptos. Como el ejemplo que le ponen los padres meapilas a sus hijos de lo que no hay que hacer. Cómo señalarle a ese padre estereotipado que durante toda la historia las conversaciones tranquilas y las tertulias siempre han requerido de compañeros de viaje que incitaban a la reflexión y a la intimidad, como una buena copa, como el humo que da la mesura exacta a las palabras.

Inmersos en el mundo impostado de los comercios bio y la leche de soja, es imposible explicarlo. La insana vida sana.

Lo que las falacias postmodernas no cuentan es que las leyes restrictivas no son iguales en todas partes. Que no en todos los países se condena al fumador como a un apestado infame a los callejones de la vía pública. Así que me he propuesto poner mi granito de arena: ofrecer una modesta guía de locales berlineses donde se puede fumar. Para turistas y residentes.

Y para mostrarle al mundo que todavía hay maneras civilizadas de hacer las cosas.

Pronto en sus pantallas.

© Sergio Falconi-Parker, 2007

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Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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Marcel Proust, en ese libro interminable que todos los aficionados a la alta literatura dicen haber leído aunque no haya sido capaces de pasar de la página 50, hablaba del poder de evocación de un sabor, que por sí mismo era capaz de transportarle a otro tiempo, un tiempo perdido.

Los fumadores de pipa también somos un poco proustianos. Incapaces de fumar un solo tabaco en una sola pipa, practicamos el noble vicio de la degustación y la alternancia, la infinita combinación. Recreándonos en el detalle y el momento, es inevitable que asociemos un determinado sabor a un determinado momento.

O a varios.

Bracken Flake de Samuel Gawith. Un tabaco recio, poderoso y enigmático. De alta carga nicotínica, es uno de esos tabacos que uno elige de vez en cuando para darse un festín después de una comida copiosa. Un sabor envolvente que no deja indiferente al que lo prueba: lo ama o lo odia.

Como las cosas buenas de la vida. La mejor definición la ostenta Clemar: como John Wayne, duro pero entrañable.

Esta noche, después de una cena temprana y una cerveza de regalo ante el fin de semana, he cargado mi Les Wood Spigot y me he sentado a dedicarle toda mi atención, como merece. E inmediatamente me ha transportado a dos lugares opuestos.

21 de junio de 2009. Sentado en una mesa del Pipers, mi pub de toda la vida en Alicante. He crecido entre sus paredes y moquetas, me he sentado en todas sus mesas y en todas las sillas. Podría dibujar con los ojos cerrados el local entero, si tuviera el talento para hacerlo. Ese día, estaba sentado en una mesa pequeña, yo solo. Fumaba Bracken Flake en mi Bruken. No recuerdo qué bebía. Probablemente café. Era esa hora tonta y salvaje de la tarde en la que el sol cae a plomo y la gente se refugia en los sofás hasta que lleguen las seis. Escribía en mi cuaderno. Dos días antes, estaba esparciendo las cenizas de mi padre en el mar. Tras el silencio de la entereza casi inhumana, era el momento de escribir. Escribiendo líneas tan duras que leerlas hoy todavía impresiona. Masticando certezas de piedra entre el denso humo. Haciendo un examen de conciencia brutal, recordando. Rememorando promesas que le hice y que no pudimos cumplir.

21 de noviembre de 2010. Fumando en una terraza frente al Mediterráneo. Provocando una sonrisa eterna frente a mí. Haciendo feliz a una persona. Acariciando discretamente su mano mientras el mundo se ponía, finalmente, en calma tras la turbulencia que casi me estrella. Empezando de nuevo. Un día después, encontraría una nota dentro de la lata de Bracken Flake, dándome las gracias por el fin de semana más maravilloso de su vida. Ahí sigue la nota, permanentemente dentro de una lata de Bracken.

El sabor común a dos extremos, a dos momentos que abren y cierran una vida. Ahora aquí, de nuevo. Agitando los dos platillos de la balanza para, por fin, dar un equilibrio. Esos complicados sabores.

Hace 10 años, el universo era otra cosa completamente diferente a lo que ahora me rodea. Sin ir más lejos, hace una década no fumaba todavía en pipa; lo hice esporádicamente durante algunos meses de 1997, en plena ascensión universitaria de snobismo mal disimulado y afianzamiento -vano- personal. Algún día hablaré de ello detenidamente, pienso ahora. Pero hoy hablamos de 2001, del que quedan pocas cosas. Permanecen hoy en día sin embargo algunas canciones, algunos trazos comunes en la forma de trazar las zetas, un puñado de papeles. Un puñado aún más reducido de personas.

Crecer es ir borrando números de teléfono de la agenda.

E ir diciéndole adiós a algunos objetos que te han acompañado de forma invisible, aunque uno no es muy consciente de ello. Hasta que se van.

Ayer usé por última vez mi pasaporte actual antes de enviarlo a otra ciudad para que unos burócratas tramiten su renovación. Ayer tomé el último vuelo que mi pasaporte me habilitó para tomar.

El pasaporte, expedido en marzo de 2001, ya no conserva ni siquiera la impresión dorada exterior que identifica mi nacionalidad. Ha viajado tantos kilómetros, ha mordido tanta mochila, ha dormido en mi bolsillo en tantos viajes que ya era una libreta de color granate, simplemente eso.

Ayer, cómodamente sentado en el aeropuerto de Zürich esperando mi vuelo a Berlín-Tegel, pensaba en la desaparición. Como concepto. Viajaba con un pasaporte que estaba a punto de desaparecer. En mi vuelo de ida, cinco días antes, aproveché la escala para entrar en uno de los múltiples espacios estancos habilitados para fumar de los que dispone el aeropuerto suizo: entré en un espacio que está condenado a desaparecer por la estupidez contemporánea. Igual que desaparecieron los vagones de fumadores de los innumerables trenes en los que viajé con ese pasaporte. Recuerdo múltiples escapadas de fin de semana Madrid-Alicante, cuando vivía en la ciudad contaminada y bajaba a Alicante algunos fines de semana a ver a mis padres; y elegía vagón de fumadores. A menudo ni siquiera fumaba cuando iba en él: simplemente el hecho de saber que en ese vagón no encontraría a la caterva clásica de niños gritones y padres desquiciados despejaba cualquier duda por mi parte a la hora de elegir asiento y vagón. Y los días que fumaba, recuerdo atardeceres eternos sobre los campos sin fin de Castilla-La Mancha a 160km/h mientras aspiraba mi cigarrillo liado de Amsterdamer.

[Se acabaron los tiempos de elección, pienso ahora. Ahora otros han decidido por ti. Por tu bien.]

No obstante, no sólo pensé en las desapariciones nicotínicas. Ahora pienso: un viaje en tren en vagón de fumadores a ver a mi madre y a mi padre, el cual también ha desaparecido ya y ahora forma parte del Mediterráneo y del Cantábrico. Ahora pienso: un viaje de 14 días en 2002. Interraíl. Noviembre. Solo. Con una mochila. La cabeza llena de complicaciones. Volví sin ellas y con 9 kilos menos. Purificado. Con la lección bien aprendida: cuando estés confundido, no te pierdas en disquisiciones, simplemente muévete. El movimiento contínuo, sobre todo si se convierte casi en automático, te da el vacío interior necesario para que se formulen solas las respuestas que ni te atreves a plantear. Caminé por ciudades desconocidas hasta reventarlas. Atravesé fronteras que poco tiempo después desaparecerían como tales: Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia. El pasaporte da cuenta de ello. Por entonces todavía era cotidiano que a las 3 de la madrugada, en aquellos trenes nocturnos que sólo los locos y los viajeros profesionales cogíamos, apareciera un guardia fronterizo con un uniforme siempre nuevo y nunca visto a revisar tu pasaporte y a timbrar tu entrada oficial en su país.

A veces pienso en esos guardias fronterizos, acostumbrados al poder de aceptar o rechazar arbitrariamente la entrada de un extranjero en su país, hoy, en los mundos de la Unión Europea, ordenando el tráfico en una ciudad cualquiera, o redactando grises informes en una oficina desde la que ven pasar los trenes que ya no tienen que detenerse en el territorio en el que se trazó una línea política que ya no significa nada. Y me pregunto si ellos simplemente observan los vagones como quien relee viejas cartas de la adolescencia de gente que nunca volvió a escribir: con una distancia insalvable; o si por el contrario también piensan en la desaparición.

Como pienso después de fumar una pipa durante una hora y media, y vaciar la pipa de cenizas.

Heráclito y Parménides viajando en un tren en vagón de fumadores, pienso después. Les imagino discutiendo largamente sobre si uno puede bañarse dos veces en el mismo río. Heráclito sería uno de esos fumadores de pipa que siempre deben probar tabacos nuevos, tabaquistas incansables. Parménides, uno de esos viejos fumadores que uno puede encontrar todavía en algunas plazas, fumando sentado en un banco, siempre en la misma pipa. Yo observo la foto de 2001 en el pasaporte que se va a extinguir ireemediablemente. ¿Sigo siendo la misma persona? Tengo que darles a ambos una parte de razón. Heráclito sonríe fumando Kajun Kake mientras concedo que no soy la misma persona: que la vida me ha hecho otra persona con el mismo nombre, y que cada día soy más otra persona y que no tengo gran cosa que ver con lo que seré mañana. Y Parménides masculla un sonido de aprobación sin sacarse la pipa de la boca cuando le reconozco que en esencia, sigo siendo el mismo idiota que se fija en los detalles que querría salvar de la inexorable desaparición.

Quizá por eso hago tantas fotos, pienso. No por voluntad estética, sino por preservar lo insignificante, lo no narrado, lo invisible, del paso marmóreo del tiempo. Observo mi foto de hace diez años. Tal y como observaré mi foto de ahora dentro de diez años, muy probablemente desde otra ciudad, residiendo en otro país. Quizá entonces el protocolo sea otro y yo ya no seré un indocumentado en el intervalo entre caducidad y renovación. Ahora, durante tres semanas, seré una persona invisible. Intrazable más allá de la palabra y de una torpe fotocopia. Que desde luego no podrá volar a Zürich, ni a Valencia, ni a Vancouver, ni a Londres, ni a Copenhague, Amsterdam, Praga, Budapest o Venecia.

Hoy le digo adiós a mi pasaporte con una pipa hasta arriba de Bell’s Three Nuns. Un tabaco desaparecido.

 

“Los fumadores de pipa británicos están de enhorabuena”: así empieza este vídeo de 1945, apenas unos meses después del final de la II Guerra Mundial de la British Pathe, que vendría a ser como nuestro antiguo NoDo. Llegaban los primeros cargamentos de brezo argelino, con los que se volvían a fabricar pipas de primera calidad.

Ver ese expositor lleno de Charatan’s de aquella época, aparte del valor incalculable que semejante muestra tendría hoy en día, habla de un tiempo perdido. Perdido por las correcciones políticas y la minusvalía ética y moral de nuestros tiempos.

Disfrútenlo haciendo click AQUI.

 

[link encontrado en el Pipaforo, gracias a Santiago Fayos]

Un artículo de Francisco Rico, miembro de la Real Academia Española, que merece mucho la pena leer. Pura sensatez. Extraído (por segunda vez increíble) de El País.

“Quizá no por entero, pero en aspectos importantes la “Ley 42/2010, de 30 de diciembre, por la que se modifica la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo”, etcétera, etcétera, es un golpe bajo a la libertad, una muestra de estolidez y una vileza. Vayamos, brevísimamente, por partes, y en cada una con solo un par de calas.

Golpe bajo. Dejemos de lado que no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, por las actuales insuficiencias de la investigación. (Como cuando hace unos años el aceite de oliva se consideraba malo para el colesterol y se excluía de la “sana dieta mediterránea” en la que hoy tanto se ponderan sus virtudes). Concedamos asimismo que la prohibición de fumar en muchos lugares públicos es una medida juiciosa. En muchos, sí, bien está, pero ¿en todos?

A los fumadores en ejercicio se les veta la entrada en multitud de sitios, mientras a nadie se le fuerza a ir a los bares o restaurantes que aquellos elijan. ¿Cuál es el problema para que los fumadores -clientes, dependientes y dueños- dispongan de lugares en que los no fumadores sean libres de no entrar? Cada uno puede hacer de su capa un sayo: contra su voluntad no hay por qué protegerlo de vagos peligros. Más de las tres cuartas partes de los españoles da por buena la existencia de locales para fumadores. La ley de marras es una efectiva restricción de la libertad y un estorbo a la conllevancia.

Estolidez. Los redactores de la ley confirman clamorosamente la opinión que de los políticos tiene la mayoría de los ciudadanos. La torpeza preside en especial la lista de espacios vedados al tabaco. Es patente que el legislador ha ido señalándolos a voleo, según se le pasaban por la cabeza, sin ninguna preocupación por el orden y la congruencia.

El artículo séptimo, así, cataloga los tales espacios desde la letra a hasta la equis. Al llegar a la erre menciona las “Estaciones de servicio y similares”. A continuación, en la ese, introduce una disposición universal y omnicomprensiva: “Cualquier otro lugar en el que, por mandato de esta ley o de otra norma o por decisión de su titular, se prohíba fumar”. Parece que ahí debiera acabarse la cosa. Pero no, el inventario vuelve a la enumeración particular: “Hoteles, hostales y establecimientos análogos”, etcétera, etcétera. Para acabar majestuosamente: “En todos los demás espacios cerrados de uso público o colectivo”. En comparación, la enciclopedia china de Borges es un modelo de lógica: “Los animales se dividen en a/ pertenecientes al Emperador, b/ embalsamados, c/ amaestrados, d/ lechones…”.

De las luces que exhiben los parlamentarios reos del texto baste solo otro espécimen: según el artículo octavo, quien en un hotel quiera el desayuno en su habitación de fumador tendrá que salir de ella para que el camarero se lo sirva y que volver a entrar cuando el camarero salga.

Vileza. Domina la ley el espíritu persecutorio, en un horizonte de entredichos y busca de culpabilidades (“incluso en los supuestos de infracciones cometidas por menores”), de aliento a la intolerancia y la discordia, y de cerrazón sectaria a la realidad de la vida y de los hombres.

En la España de otros tiempos se llamaba malsín al que “de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés”. Es un hecho que la ley y las incitaciones de la ministra de Sanidad están abriendo ya la puerta a los malsines. Nada tan fácil como la delación movida por conveniencias innobles, inquinas o malhumores, y anónima o presentada con una falsa identidad: no hay más que enviarla a cualquiera de las diligentes webs que le darán curso sin comprobar (así lo pregonan) “la veracidad de los datos expuestos por el denunciante”. No se trata de una presunción: insisto, es ya un hecho.

Donde la actitud inquisitorial y el celo puritano se precipitan vertiginosamente hacia la vileza es en el nuevo artículo 7 c, que generaliza la interdicción en los “centros, servicios o establecimientos sanitarios, así como en los espacios al aire libre o cubiertos comprendidos en sus recintos”. En ningún otro sitio estaría más justificado que ahí fijar lugares y excepciones para fumar (también marihuana). Pero los padres de la patria, hijos de moralinas abstractas y huérfanos de toda comprensión humana, desprecian las personas y las situaciones reales.

En las cárceles y en los psiquiátricos está autorizado fumar “en las zonas exteriores” o en “salas cerradas habilitadas al efecto”. A los viejos y discapacitados se les permite en las áreas ad hoc de los asilos, aunque de ningún modo al aire libre ni en sus habitaciones. Con los enfermos hospitalizados no hay la mínima complacencia. A los padecimientos que comporta verse en tal situación, el legislador añade, ensañándose, la tortura de la abstinencia. “¡Qué escándalo -debe de juzgar-, satisfacer los bajos apetitos de un paciente terminal -de cáncer de pulmón, pongamos- que no piensa en otra cosa que en echarse unos pitillos!”. Con absoluta desestima de los datos, de la voluntad y el sufrimiento ajenos, sacrifica al individuo cercano en el altar de un remoto ideal genérico. Líbrenos Dios de los altos principios.

P.S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo.

Francisco Rico es miembro de la Real Academia Española.

 

… Y aún mayor honor les es debido
cuando prevén, y muchos lo prevén
que surgirá por último un Efialtes
y los persas terminaran pasando.

Termópilas.C.P.Cavafis.

Hoy, al enfrentarme a la pluma y a la moleskine, ante mí, las hojas tornan rosa y humo.
Ya nada es igual. No puede serlo. Ajeno a eslóganes y proclamas de los políticamente correcto, mi mundo nuevo ha cambiado.

La póker estilizada y el tabaco extinto me acompañan.

Cómo explicar lo inexplicable. La vida abriéndose paso a través de la sangre y el llanto. Cómo comprender lo incomprensible, la carne nueva y la mirada eterna, tras la cópula, la espera y el deseo.

La vida nueva en el nuevo mundo, que ni comprendo ni explico ni quiero para ella.

He sido padre, y tras la incertidumbre, la alegría y la felicitación, en la soledad de la noche ajada de nervios y cansancio, fumé.

Una pipa de tabaco arcaico y viejo, en honor de la vida nueva y el rito antiguo. Perfumé la noche mediterránea con el humo denso y sabio, agradecido, saboreando el instante en que, en un minúsculo, indefenso y hermoso cuerpo de niña, mi alma se perpetúa gracias al gen y al amor.

Y pienso; cuando esa niña tenga edad y sus ojos puedan leer estas líneas y comprender, espero que alguien le explique que su padre, en la noche de luz y dicha de su nacimiento, celebró su mundo nuevo fumando una pipa de tabaco. Pues hubo un tiempo en que los hombres eran libres, y podía hablar, discutir y fumar sin ser perseguidos y estigmatizados. Y que cuando vea los anaqueles de libros y pipas, pueda entender que algunos irredentos los consideraban armas y bagajes en su lucha por la libertad y el individuo, en batalla librada con cierta elegancia, pese a que los persas siempre terminan pasando.

© Gaviero
Escrito fumando la Carsipe Laurita con The Balkan Sobranie.

Frío.

Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.

Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una Billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.

Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.

Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún.

Necesidad espiritual.

Vengo de enterrar a un amigo muerto.

Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”. “…una pena…”

Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.

Y fumo. Saboreo la pipa y el humo y el tabaco.

Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.

La bendita libertad.

Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo.

Pero todos lo que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.

Y quizá fumar en pipa.

© Tárraga (gavierodream)

Las 7´45 horas de un viernes otoñal. Saboreo el café mañanero en mi bar de todas las esquinas.

Cargo mi pipa, una canadian Martín con nombre poético, Dolzaina; el tabaco, fresco y suave, carga la cazoleta entre susurros y esperanzas; la mezcla inglesa, recia y contundente, del Squadron Leader, juega con el delfín, y rie alegre. O eso imagino.

Pienso.
Quizá dentro de poco no podré hacerlo. Fumar en mi bar de todas las esquinas. Mientras miro el paisanaje y me pongo al día del país, la crisis y demás, mejor que en noticiarios de escasa objetividad y menos cercanía, alejados siempre de la realidad dura y quizá triste del día a día, ocupados en tramas imposibles, cumbres multinacionales y conmemoraciones inútiles y aún innecesarias, entre proclamas y eslóganes que aquí, entre olores a café y coñac, humo de tabaco y varón dandy, perfumes de la clase que aguanta al país y a sus gobernantes, suenan obscenos y pornográficos.

Y miro.
A los currelas que trasiegan copas de pacharán y carajillos, acabando su desayuno antes de reincorporarse al tajo, entre bromas y carcajadas y humo de cigarros, riendo por ser viernes y fin de semana, y tras la jornada, el día los dejará lejos del andamio y la máquina. Al inmigrante de color que en otros tiempos políticamente más incorrectos y aún aquí llamamos negro, cargado con bisutería y relojes mil, iluminando su cara con una sonrisa que llama la atención, de blanco y alegre y quizá soñador, mientras descansa un rato de mantear, comiendo un pincho mientras piensa en irse con su primo, que vive en Marsella o en Frankfurt, donde la vida no es tan dura tras la patera. Al ludópata que tras rápido café, maldice a la máquina que le esgrime colores, mientras tras él lo chinos cuentan las jugadas y levantarán el premio. Los empleados de la sucursal bancaria, encorbatados, desayunándose antes de denegar los créditos. Al borracho de todo bar, que apura su copa de chinchón antes de continuar su recorrido y pasar a ser el borracho de otro bar. Al repartidor que descarga los congelados, mientras comenta lo mal que está el tráfico y lo cabrones que son los municipales. A la chica de la esquina, que se desmaquilla ante la manzanilla y cuenta la bolsa de la noche, disimulando sueño y minifalda, y dice no al último cliente. Al taxista, que en doble fila, comenta las ultimas noticias de la radio quejándose del lumbago que lo tiene a malvivir, y que vuelve a decir lo cabrones que, ¡efectivamente!, son los municipales y el alcalde. Al vendedor del cupón, que tropezando, asegura que esta vez si, el gordo, y que le queda la niña bonita. A la pedigüeña rumana, con el crío a cuestas, que vende estampitas mientras intenta sustraer alguna cartera con dedos ágiles y malnutridos. Al triste parado, que saborea su anís, harto de imaginar la cola en la oficina del INEM. Al quiosquero que termina de dejar los periódicos del día, mientras sueña con océanos y mulatas…

Olor a café recién hecho, a bollería, a humo de tabaco y sudor. A vida.

Quizá los políticos gobernantes debieran compartir alguna vez un café y una pipa en el bar de todas nuestras esquinas…

…para iluminarse entre volutas del humo y redimirse. Creo.

E.Tárraga

“Fuimos legión, ahora sólo somos sombra”
Hace mucho tiempo, fumaban los sacerdotes. Se fumaba para comunicarse con los dioses, para buscar la paz (con uno mismo y con los demás)
Luego, fumar, dejó de ser algo selecto. Todos podían fumar. Muchos, muchísimos fumaron.
Como todo aquello que, siendo sólo para algunos, muchos practican, se volvió contra ellos.
Ahora, fumar mata, fumar es malo, ya no lo hace todo el mundo, ya no es algo “bien visto” socialmente…
Ahora, el fumador, se ha convertido en un mercenario de la vida.
Desde ahora es cuando murmurarán a nuestras espaldas -o nos increparán a la cara- y nos señalarán con el dedo -”Mira…¡ése fuma!”
Pero nos equivocamos, ahora es cuando aprenderemos a fumar.
Por fin, fumar, volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser, algo destinado a unos elegidos.