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El hombre apaga la luz y va a sentarse a su sillón favorito.

Ya todo es tranquilidad y silencio en la casa, a esas horas refugio nocturno y placentero. Todos duermen.

En pocos días volverá la monotonía del trabajo  y la crianza, pasadas las celebraciones, propósitos futuros, promesas por no cumplir o cumplidas sólo a medias.

El hombre enciende su pipa.  Reflexiona.

Ha cumplido los cuarenta años, esa edad difícil de crisis, enmiendas y recuerdos.

En las volutas del  humo recuerda su vida pasada. Busca sus certezas.

Ha fundado una familia, acabó sus estudios superiores, vive holgadamente.

Su sangre y sus genes corren alegres en dos hermosos cuerpos de niña. Plantó árboles, y hasta se atrevió a emborronar el folio en blanco.

A su lado tiene una mujer que le quiere y respeta. A veces discuten como todo buen casamiento bien avenido. No le deja fumar en casa. Lo normal.

Tiene una biblioteca llena de libros aún por leer, y escasos amigos buenos con los que compartir charla y humo.

Está a mitad de su vida, si la enfermedad  y la hipoteca lo respetan.

Pero siempre se sueña con lo que pudo ser. O se deseó ser.

En los anaqueles las pipas le miran con sus ojos vacíos, preguntándole  “¿es para ti suficiente?”-

El hombre se afana, acaricia la pipa, saborea el humo, busca la eterna respuesta.

Afuera, cae la noche y el frío al comienzo del nuevo año.

Una de las mejores sensaciones de fumar en pipa no es el lento peso del humo en el velo del paladar. Tampoco -aunque también, también- es ver cómo se fragmenta un rayo de sol que entra por la ventana y atraviesa la nube que empiezas a exhalar. Hay un pequeño instante que te reconcilia inmediatamente con el mundo y te recuerda que fumar en pipa es un lujo del que ya no sabrías prescindir mucho más allá del dudoso aporte de nicotina.

Ese instante es cuando estás sentado a una mesa donde nadie sabe que fumas en pipa, y sacas la pipa y la lata de tabaco.

Muy a menudo, en ese momento muchas de las conversaciones se apagan lentamente, como un matrimonio aburrido de verse durante décadas. Los ojos se giran hacia ti y te observan en el ritual de abrir la lata, tomar el pellizco de tabaco, preparar la carga, cargarlo en la cazoleta. Las cervezas se quedan encalladas en la mesa y observan la parsimonia universal que ampara el movimiento de tus manos. Es posible que alguien comente que le recuerdas a su padre o a su abuelo, quienes también albergaban en sus manos una lentitud impropia de estos tiempos. Tú sonríes, con esa elegancia que supones era la elegancia con la que se sonreía hace cuarenta, cincuenta, sesenta años, en esas épocas en las que no sólo el humo era gris. Hay un pequeño instante en el que te sientes el continuador de una minoritaria tradición perdida, mientras a tu alrededor observas Marlboros y algunos talibanes de la asepsia.

Tú sólo sonríes, sin decir nada. ¿Qué vas a decir? Es la pipa la que está hablando. Tú sólo eres el operario que le da vida temporalmente. El que morirá y se irá y la pipa continuará ahí. Esperando a tu hijo. Al hijo que nunca vas a tener.