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El invierno, aunque meteoro ausente gran parte de la estación, acompaña esta noche el humo con frío y soledad.

Fumo mi pipa y miro la calle de mi barrio, alumbrada escasamente por la tenue luz de la farola. El asfalto brilla mojado de escarcha anticipada, que la madrugada hará hielo mudando el gris plomizo en blanco quebradizo  y nuclear.

El tabaco denso, diríase incienso y claustral, acompaña las reflexiones y los pensamientos.

Miro el humo perderse en el cielo, buscando la libertad, después de dejar mi boca impregnada del  sabor del  tiempo y el recuerdo.  El tabaco preferido rememora momentos  felices,  lugares lejanos, compañías anheladas.

El humo como temporizador de recuerdos, como portador de nostalgia, como fedatario de momentos.

Recuerdos, nostalgias, momentos que el humo nuevo y renovado, pero igual, nos trae a la compañía y a la mirada.

El humo como compañero fiel, ahora, y en la boda del amigo, la mirada de la amante, el funeral del conocido. En el relajo del  trabajo, en la lectura de la estrofa preferida, rapsoda de tu felicidad.

Conexión con otro mundo, con otros tiempos, con otras voces.

Las que resisten en cada una de sus volutas,  nuestras,  depositarias humildes de las vidas pasadas o las por venir escasas.

Pero, tristemente,  en la certeza de que son quizá las últimas, disueltas poco a poco en las noches de frío y soledad.

Esta es la comunión extraña del humo mío, que es también, ojalá, el vuestro, esta noche de invierno.

© Gaviero

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El hombre apaga la luz y va a sentarse a su sillón favorito.

Ya todo es tranquilidad y silencio en la casa, a esas horas refugio nocturno y placentero. Todos duermen.

En pocos días volverá la monotonía del trabajo  y la crianza, pasadas las celebraciones, propósitos futuros, promesas por no cumplir o cumplidas sólo a medias.

El hombre enciende su pipa.  Reflexiona.

Ha cumplido los cuarenta años, esa edad difícil de crisis, enmiendas y recuerdos.

En las volutas del  humo recuerda su vida pasada. Busca sus certezas.

Ha fundado una familia, acabó sus estudios superiores, vive holgadamente.

Su sangre y sus genes corren alegres en dos hermosos cuerpos de niña. Plantó árboles, y hasta se atrevió a emborronar el folio en blanco.

A su lado tiene una mujer que le quiere y respeta. A veces discuten como todo buen casamiento bien avenido. No le deja fumar en casa. Lo normal.

Tiene una biblioteca llena de libros aún por leer, y escasos amigos buenos con los que compartir charla y humo.

Está a mitad de su vida, si la enfermedad  y la hipoteca lo respetan.

Pero siempre se sueña con lo que pudo ser. O se deseó ser.

En los anaqueles las pipas le miran con sus ojos vacíos, preguntándole  “¿es para ti suficiente?”-

El hombre se afana, acaricia la pipa, saborea el humo, busca la eterna respuesta.

Afuera, cae la noche y el frío al comienzo del nuevo año.

Antes el trabajo, ese bien y sustento ahora escaso, mínimo, por estadísticas y retribuciones, sigo volviendo a mi bar de todas las esquinas, al café y a la cotidianeidad.

Mas por alevosía, quizá querencia, que por satisfacción y costumbre. Una y otra, satisfacción y costumbre, que muchos días no son más que in- y mal-, prefijos de mi estado anímico y mental. Y me temo que también de todo el paisanaje con el que comparto los escasos momentos de olvido, humo furtivo e ilegal y carajillo, comentando la lozanía de la camarera tras la barra o el último gol del estadio, mientras en la pantalla plana del televisor treinta pulgadas, sobre nuestras cabezas apesadumbradas y abochornadas, se escupen las noticias obscenas de corrupciones varías, incluso regias, primas de riesgo incomprensibles, suicidas, recortes galopantes y cumbres internacionales lejanas y pornográficas.

Me acompañan casi todos los días mis humildes pipas, esas fieles compañeras, y las volutas del humo prohibido, que en mi bar de todas las esquinas es furtivo e ilegal pero resistente, camino del anacronismo y la estulticia. Unas y otro ayudan el día a día, y hacen pasable jornadas y estaciones.

Los escasos parroquianos, cada vez más escasos en número y menos parroquianos en vecindad, sustituidos por inmigrantes y rostros ajenos, compartimos desgana acodados en la barra, sueños quebrados e imposibles, y miradas furtivas sobre escotes deseados y pensamientos turbios, como la vida ahora nuestra, turbia, ajena e imposible, en un baño de realidad difícil de aguantar, cuando todo ha menguado y es difícil de aprehender, trabajo, ahorros, ilusión, esperanza.

Yo acaricio mis pipas y aguanto.
Pero pienso que tal vez sea tiempo de patriotas y guillotinas.

© Gaviero

… Y aún mayor honor les es debido
cuando prevén, y muchos lo prevén
que surgirá por último un Efialtes
y los persas terminaran pasando.

Termópilas.C.P.Cavafis.

Hoy, al enfrentarme a la pluma y a la moleskine, ante mí, las hojas tornan rosa y humo.
Ya nada es igual. No puede serlo. Ajeno a eslóganes y proclamas de los políticamente correcto, mi mundo nuevo ha cambiado.

La póker estilizada y el tabaco extinto me acompañan.

Cómo explicar lo inexplicable. La vida abriéndose paso a través de la sangre y el llanto. Cómo comprender lo incomprensible, la carne nueva y la mirada eterna, tras la cópula, la espera y el deseo.

La vida nueva en el nuevo mundo, que ni comprendo ni explico ni quiero para ella.

He sido padre, y tras la incertidumbre, la alegría y la felicitación, en la soledad de la noche ajada de nervios y cansancio, fumé.

Una pipa de tabaco arcaico y viejo, en honor de la vida nueva y el rito antiguo. Perfumé la noche mediterránea con el humo denso y sabio, agradecido, saboreando el instante en que, en un minúsculo, indefenso y hermoso cuerpo de niña, mi alma se perpetúa gracias al gen y al amor.

Y pienso; cuando esa niña tenga edad y sus ojos puedan leer estas líneas y comprender, espero que alguien le explique que su padre, en la noche de luz y dicha de su nacimiento, celebró su mundo nuevo fumando una pipa de tabaco. Pues hubo un tiempo en que los hombres eran libres, y podía hablar, discutir y fumar sin ser perseguidos y estigmatizados. Y que cuando vea los anaqueles de libros y pipas, pueda entender que algunos irredentos los consideraban armas y bagajes en su lucha por la libertad y el individuo, en batalla librada con cierta elegancia, pese a que los persas siempre terminan pasando.

© Gaviero
Escrito fumando la Carsipe Laurita con The Balkan Sobranie.

Vivimos tiempos duros, deshonestos e intolerantes.

Fruto de la democracia garantizada, hemos engendrado una generación de menores de 30 años para quienes la democracia no ha sido un bien luchado, sino una excusa, un parapeto desde el cual lanzar piedras contra la diferencia en aras de la libertad de expresión. Es decir, yo tengo libertad para perseguirte, pero cuídate tú mucho de abrir la boca contra mí, pues estarás conculcando mis derechos. Esta generación de jóvenes revolucionarios de boquilla entienden los derechos en una sola dirección, la suya, y olvidan los deberes. El centro del mundo es su propio bienestar, y nadie les ha enseñado en ninguna escuela el concepto de empatía, esto es, ponerse en el lugar de la otra persona para, no ya adoptarlo, sino simplemente comprender su punto de vista.

Francotirar tiene un motivo. Hoy he tenido una interesante y relevadora conversación -si se pudiera definir así- por Twitter con un antitabáquico. Aquí la conversación. Fórmense su propia opinión sobre los tiempos en los que vivimos.

X > El yerno de Carlos Fabra, enchufado como Consejero de Sanidad (el que se burlaba de los gays), está a favor del tabaco.

Yo > No seamos tendenciosos: no estar a favor de la limitación absoluta de la libertad individual, no es estar “a favor del tabaco”. Y otra pregunta: vale que cualquier relacionado con Fabra nos cae mal, ¿pero ser fumador y ejercer te convierte en facha?

X > NADIE tiene ninguna puta “libertad individual” para DAÑAR LA SALUD de los demás. Ser fumador y obligar a otros a joderse y arriesgar su vida por una adicción que es sólo tuya, es lo que parece. /pausa/ Si el yerno de Carlos Fabra odia los homosexuales, es lógico que también se oponga a la legislación anti-tabaco.

Yo > Error: defiendo que tengo derecho a fumar en un lugar público. En una cosa que se llama separación de espacios. No pongas en mi boca cosas que no he dicho. Un error demagógico bastante habitual al hablar de tabaco, por cierto. Y esto [lo del sobrino de Fabra], con perdón, es una falacia ad hominem.

X > No tienes derecho a fumar en un lugar público cerrado. No lo tienes en ética, y pronto dejarás de tenerlo en Ley. ¡Sin acritud!

Yo > Nuevo error: consumo un producto legal. Que financia 9.000 millones de euros al año al Estado. Tengo derecho a fumar. Claro que no tienes por qué tragarte mi humo: por eso nuestro derecho mutuo es la separación de espacios. Si no quieres reconocer eso, es talibanismo. O fascismo. Ni más ni menos.

X > La separación de espacios no es hermética, ergo ATENTAS CONTRA LA SALUD PÚBLICA de personas inocentes. La falacia de los impuestos no vale: a medio plazo, pagarte la quimioterapia nos saldrá más caro de lo que te ha costado enfermar. Y no soy talibán por recordarte que careces del supuesto derecho a perjudicar a los demás. Si quieres fumar, vete a la calle. Declino polemizar, después de todo, existe mayoría parlamentaria para equiparar la Ley española a la del resto de Eurpoa.

Yo > Infórmate antes de hablar: gasto sanitario del tabaco, 6300 millones de euros. Por esa regla de tres, ¿quitarías el subsidio de desempleo porque “tú no tienes por qué pagar de tu trabajo a gente sin trabajo?” Cuestionable. Si te gustan las falacias ad hominem, aquí va una: ¿sabías que Hitler fue el primer antitabaco del s.XX? Exfumador integrista. ¿En qué te convierte eso?

Sin respuesta.

Esta pipa cargada de Samuel Gawith’s Chocolate Flake va por ti, estimado talibán. Porque, y conste que no te estoy llamando idiota a ti, sino a los argumentos que lanzas como cuchillos a la gente que es diferente que tú, esa idioticia nos hace libres a quienes todavía podemos razonar. Maravillosamente libres.

Hay días que deberían poder aniquilarse. De entrada no es una buena señal trabajar en Alemania para el mercado español, y estar trabajando el día de la Concepción. Todo el país está descansando, y tú tienes que abrirte paso entre una selva de jefes superlativos, miradas de superioridad, el sentimiento de vivir en un examen perpetuo y los clásicos reveses que un día normal ignorarías.

Ah, pero hoy no es un día normal.

Refugiado en la atalaya del sofá, observamos el recuento del día al que le quedan unos minutos de vida. Nos hemos protegido del marasmo en la manta cálida del amor que espera en casa, del cariño de sobremesa, el arrullo de la distancia con esa oficina que a veces puede ser una oficina.

Tienes motivos para sonreír. Y sonríes. Pero sólo al final del día.

La pipa encendida. El reloj que avanza. La nicotina te susurra que no deberías tomarte tan en serio la vida, si al final no vas a salir vivo de ella.

A veces hace falta convertir el trabajo de un tabaquero anónimo y reducirlo a ceniza para poner, otra vez, el mundo en calma.

Escrito con Carsipe R2 y SG 1792

Había sido un día muy largo, o al menos así le había parecido a él… Desde que recibió la fatídica llamada de teléfono, estuvo viajando en el coche durante todo el día, intentando llegar a su destino. Parecía que el coche, en lugar de tragar kilómetros, los iba escupiendo.

Había sido una semana muy larga, o al menos tenía esa sensación… Ese era el tiempo transcurrido desde que había estado en su ciudad natal, y sin embargo, se le antojó un periodo de tiempo muy largo. Sentía que llevaba una eternidad fuera.

Había sido un mes muy corto, no comprendía cómo había corrido tanto… Tan sólo había pasado un mes desde que habían acabado las sesiones de quimioterapia y radioterapia, y en ese breve espacio de tiempo, el cáncer había devorado el cuerpo ya sin vida de su padre.

Cuando logró llegar al tanatorio un tumulto de gente le impidió llegar al interior. Compañeros de trabajo de su padre, amigos, familiares, todo el mundo quería darle su apoyo con un saludo, una palmada en la espalda…, un “te acompaño en el sentimiento”. Logró zafarse con buenas palabras, y alcanzó su objetivo, su madre y hermano; ellos eran a los que buscaba; ellos eran los que le necesitaban; ellos eran los que le esperaban…, su padre no lo logró.

Cuando terminó la vorágine del tumulto, el funeral, los saludos, corrió de allí. Necesitaba estar a solas, estar consigo mismo, relajarse, llegar a un punto en el que sus pensamientos sonasen con claridad, sin mezclarse con injerencias del exterior. Necesitaba estar él.

Salió de casa a dar un paseo, pues pensó que el frío de la calle le ayudaría a pensar mejor. El frío siempre le había dado la sensación de asepsia, con lo que sus sentimientos se alejarían del candor, permitiendo que la mente dominase al corazón. No lo logró, un cumulo de sentimientos se aunaban en su cabeza, y le producían una sensación de agobio; un nudo en la boca del estomago; una opresión en el pecho.

La razón no podía con el corazón; y fue el corazón el que le incitó a buscar en sus bolsillos. Allí, identificó con dificultad, pues tenía los dedos semi-congelados, un trozo de madera. Su pipa. En el bolsillo del lado opuesto, su mano encontró una bolsa, la sacó y en ella halló unos “flakes” de su tabaco favorito.

Sacó la pipa y el tabaco, los observó detenidamente, preguntándoles por qué estaban allí, por qué no los arrojaba, pues su padre había fallecido por un cáncer de pulmón, producto de la adicción al tabaco. La razón retomaba el impulso en su batalla, y avanzaba sobre las líneas enemigas del corazón. Debía deshacerse del tabaco, él todavía era joven, seguro que lograría esquivar la enfermedad si en ese mismo momento olvidaba aquella planta venenosa.

De repente el corazón usó su arma secreta…, un recuerdo de su padre explicándole lo que era una pipa. A ese le recuerdo le siguieron muchos otros de buenos momentos vividos con su padre, y en todos ellos el tabaco estaba presente. Podía oler el humo a su lado de cuando le enseñó a montar en bicicleta… Casi masticaba la nicotina que su padre exhalaba cuando veían un partido del Atleti juntos en la tele… Inundaba sus sentidos el alquitrán que flotaba en el ambiente cuando le enseñaba a hacer los ejercicios de matemáticas…

La razón, esta vez auxiliada por agentes externos infiltrados, intentó dar su golpe final. Una camarera le dijo:

-Disculpe, pero aquí no se puede fumar…, no ve que es nocivo para nuestra salud, por eso lo ha prohibido el gobierno.

Ese ataque de la razón fue el mayor error cometido en una guerra desde que Napoleón intentó conquistar Rusia. Cargó la pipa con el “flake”, sacó su caja de cerillas, y encendió la pipa. A partir de ese momento, el corazón aniquiló los restos del ejercito de la razón, el humo fue el arma empleada.
El humo fue el que le trajo a su padre en la forma de recuerdos… El humo le permitió desatar el nudo de la boca del estomago… El humo eliminó la opresión del pecho… El humo sesgó la sensación de agobio… El humo le trajo la paz que necesitaba en su interior para ser uno con sus recuerdos, unos recuerdos que le devolvían a un padre que se había marchado demasiado pronto.
El humo, mal que le pesase a muchos, le volvió a dar la libertad del libre albedrío, la cual es la mayor de las libertades, pues fumando hacía lo que quería.

© Deagolk

Llevo días rumiando esta entrada.

No por falta de ganas, sino por encontrar la métrica exacta, el diccionario preciso. Escribir es un ejercicio de fondo, dicen los expertos y he dicho yo también en alguna ocasión; pero hay situaciones en las que imponerse un horario de oficina ante el papel o el teclado no sirve de nada.

Porque lo que se cuenta está mucho más allá de las palabras.

Querría contar la historia de un hombre libre. Uno de esos que ya no existen: criados en otra escala de valores muy distinta a la actual, son esa generación que tenían nuestra edad cuando cayó el franquismo. A esa generación que vivió rodeada de grises sospechantes se le grabó a fuego en el alma una certeza: puede que todo lo de fuera te coarte, pero tienes siempre un remanso de paz individual que nadie te puede tocar. Un pequeño paraíso cotidiano y alcanzable que hacía la vida más ligera. Para cada persona, su escondite visible era distinto. Para los hombres libres, el tabaco.

Pienso en mi padre escapando de la rutina cansina y atocinadora, sentado en la terraza de casa, fumando un cigarrillo, en silencio, sopesando entre las manos la nada.

Pienso en el padre de un amigo, al cual nunca conocí, y le visualizo sentado en una oficina, observando a las 9am una montaña de papeles intrascendentes a nivel histórico, y encendiéndose un cigarrillo para coger aire para sobrevivir. Entre las 9’00 y las 9’06, nada salvo la acción mecánica, la pausa entera del mundo.

Conseguir parar el mundo. ¿Quién puede hacer eso hoy en día?

Hoy en día a nosotros no nos dejan parar el tiempo. Apestados de una sociedad pendular que ha vuelto a la opresión de entonces, nos limitamos a dejar que el mundo gire durante 23 horas para poder fingirnos todopoderosos en esa hora secreta que hurtamos a la rutina nocturna.

Pálido reflejo de lo que un día fueron nuestros padres.

Ellos fueron libres, porque sabían detener los relojes. Ellos fueron libres, porque vivieron un tiempo en el que determinadas acciones individuales todavía se consideraban individuales. Ellos fueron libres porque eligieron un camino que les daba la paz en el día a día. Ellos fueron libres porque no se dejaron amedrentar por leyes, estudios médicos patrocinados por la hipocresía ni por el signo fascista de los tiempos. Ellos fueron libres porque elegían dónde ser libres. En una terraza, en un bar, en su propia casa o en su puesto de trabajo: eran libres.

Fueron libres y pagaron el precio: cáncer de pulmón. Detrás nos dejaron a nosotros, como a ellos les dejaron sus padres. Con una enseñanza: ser hombres libres. Y vaya que si lo somos.

“Mi padre era un fumador consciente de lo que le podía causar el tabaco, pues también se llevó a mi abuelo, su padre, y puede que el día de mañana, también me cause la muerte a mi, pero a pesar de todo, seguiré fumando en pipa, pues de algo hay que morir, y gracias a él he conocido a gente maravillosa con la que comparto una de mis aficiones, que me ayudan a crecer día a día como persona, siguiendo las enseñanzas que mi padre me dio, tal y como mi abuelo hizo con él.”

mi padre (1942-2009)

Nuestra obligación, como hijos suyos que somos, es seguir su camino y ser libres. No todo lo libres que nos dejen: verdaderamente serlo. Por eso encendemos nuestras pipas en su memoria mientras hablamos con ellos sin palabras.

Sólo con señales de humo.

En memoria de Luis y de Juanjo, escrito con SG Best Brown Flake en una espuma de mar.

Algunos días sin actualizar, que no días sin nicotina. El humo exige su peaje diario, y a cambio proporciona un estilo de vida y una sinapsis distinta de las neuronas que proporciona otra visión de las cosas. O eso nos gusta creer a los fumadores.

Nos ayuda, claro está, la incompetencia de los talibanes y su decadencia mental. Dejaré para otro día la última memez patrocinada desde el otro lado del Atlántico (Apple tratando de parecerse a Microsoft y sus enormes patinazos) y me quedaré en España.

Ayer tuve la oportunidad de hacer dos viajes: uno a Alicante y otro al pasado.

He vivido cinco años en Madrid, la capital de las aristas y las esquinas que esconden puñaladas y sonrisas. Domarla es uno de esos retos que los foráneos nos proponemos, como si la vida fuera ir superando pruebas ajenas. El esfuerzo obliga a que cada cierto tiempo haya que salir de ella para tomar aire en la siguiente batalla de una larga guerra que al final siempre se pierde. Casi siempre, esa recarga venía de la mano de Renfe. No ya por una mayor comodidad operativa frente a las interminables esperas del avión y los interminables kilómetros del autobús, sino por una racionalidad extinguida: el vagón de fumadores.

En aquellos años en los que el tren era una prolongación de mi culo, pese a no fumar todavía en pipa, muchas veces elegía vagón de fumadores. No tanto por el esporádico cigarrillo de Amsterdamer que me liaba, sino porque allí el tiempo viajaba de otro modo. No había niños gritando, los volúmenes de los teléfonos móviles eran mucho más discretos y reinaba, en líneas generales, una mayor calma que en los atronadores y sanos vagones de no fumadores. Recuerdo que pensaba siempre, en aquellos años en los que el consumo de nicotina imperaba, que en el futuro las probables restricciones del consumo de tabaco avanzarían exactamente por aquél camino: el de la separación de espacios. Y pensaba, está bien así. Nadie tiene por qué tragarse mi humo, y la libertad de elección de espacios era tan sencilla como la de ese tren: poner un vagón de ocho de fumadores, al principio o al final del tren. Ninguna zona de paso, ninguna molestia: la gente sólo tiene que responder a una sencilla pregunta:

– ¿Desea vagón de fumadores o de no fumadores?

Por eso, recuerdo con especial tristeza el viraje brusco a la hipocresía y a la estupidez, cuando año y medio antes de entrar en vigor la Ley Antitabaco (gracias, Menesterio de Sanidad), Renfe decidió, por propia iniciativa, suprimir el vagón de fumadores y declarar todo el tren espacio libre de humo, que es el nombre posmoderno de la neolengua de la que hablaba Orwell. Era una decisión lógica impedir que la gente fumara en los espacios comunes entre vagones, y en la cafetería. Sin embargo, suprimir el vagón de fumadores fue el gesto gratuito, el guiño cínico del asesino que va a torturar durante 5 horas a su víctima. Renfe pasó de ser el giro que podrían tomar las cosas en un mundo ideal, al giro que desgraciadamente iban a tomar las políticas de histeria y cortinas de humo -paradoja- patrocinadas por esos mismos gobiernos incapaces de resolver problemas ni de legislar más allá de apropiarse del incremento de la presión fiscal y fingir que le interesa la salud pública.

Salud pública, espacios sin humo. Ninguna de esas palabras devolverá esa calma que se respiraba junto al humo de un vagón de fumadores. O tal vez, es que el humo era la calma.

 

Escrito con Carsipe R1 con Samuel Gawith 1792.

Recuerdo una anécdota que sucedió en un tiempo mental que ahora parece lejano.

2006.

Recién llegado a una ciudad en la que oficialmente fumaba el 40% de la población. Una ciudad en la que los cafés eran lugares cuajados de suelos de madera, sofás y humo. Un paisaje en el que las manos de la gente que acudía a los bares acariciaban las humeantes tazas en invierno y las frescas botellas en verano, acompañadas del tabaco. Los puristas de la asepsia y los talibanes del ecologismo de salón hablarán mucho, pero el tabaco era el ambiente, la amortiguación de las palabras, el colchón sobre el que caía, lenta, tímida, esa primera caricia de las parejas que se acercan poco a poco en lugares neutrales.

En uno de esos cafés, una mañana de un día laborable, yo ocupaba mi desocupación en comunicarme con el mundo con mi portátil. Con la exactitud del mecanismo preciso y la lentitud de quien disfruta de la anticipación, lié un cigarrillo. Era la época en la que alternaba la pipa y el tabaco de liar, porque a mi juventud le daba reparo fumar en pipa en público. El café estaba solitario como una larga mañana de resaca. Sólo la camarera rusa con el hoz y el martillo tatuados en el hombro, otro solitario tomando café y yo, centrado en mis acciones. El otro cliente estaba casualmente en la mesa de al lado. Encendí, las volutas azules empezaron a girar en vertical, y pocos segundos después, el cliente cogió su taza y se cambió a la mesa más alejada de la mía. Me quedé mirándole con la interrogación sin formular, y me dijo, disculpándose,

– es que soy asmático…

Me sorprendí tanto de su corrección, su educación y su humildad, que me salió en mi por entonces deficiente alemán,

– no, por favor! haberlo dicho antes!

Y apagué el cigarrillo, sonriendo. Él sonrió también y volvió a la mesa de al lado.

La ciudad era Berlín. La educación, el respeto por la individualidad del otro, por sus acciones y su libertad, eran hechos sagrados para todos, hasta un extremo tan exagerado como éste. Siempre cuento esta historia, como un viejo abuelo nostálgico, cuando veo los carteles notificando las nuevas reglas en lugares en los que jamás un primer beso volverá a tener la cadencia que tuvo años atrás.

Esta es la tolerancia que las leyes se han encargado de dinamitar.