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“…y vieron entrar un tabaco detrás del cual venía un hombre.”

Leonardo Padura. Pasado Perfecto.

El mundo se ha vuelto loco. No es posible dudar de esto, después de años de crisis, desgobiernos varios y revoluciones pendientes.

Caminamos a pasos agigantados hacia la nueva era de la deshumanización y la incertidumbre, en la que los individuos son sustituidos por las estadísticas, los sentires por números y los sueños se hacen irrealizables, extraños, imposibles. Los dioses nuevos controlan su interés con armas silenciosas e incruentas; y los viejos, ausentes, andan perdidos entre rezos y concilios inconclusos.  Y el hombre, ese animal a su imagen y semejanza, regresa a la caverna primigenia, aullando su mala suerte y rumiando la incapacidad de los líderes, la vergonzosa rendición de sus banderas, la clamorosa amputación de su naturaleza.

Pero, curiosamente, esa animalización del ser humano, esa deshumanización, ese retroceso vital y moral no es ajena al clima políticamente correcto en el que nos encontramos. Más bien es resultado del mismo. Lejos de colocar al individuo en el centro de la existencia, con sus miedos, sus anhelos, sus certidumbres, sus apetencias y necesidades, el mundo  bienintencionado –o no- de los rectores de nuestra vida nos sitúa en las antípodas de toda esa extraña y hermosa amalgama de vísceras, sentimientos y sueños que es el ser humano.

Y el mundo de la literatura no es ajeno a esta reflexión, inundado por la estupidez, los lugares comunes, la prevención, lo políticamente correcto.

Por eso, en la noche estrellada y mediterránea en la que escribo y fumo celebro un libro como el de ha parido mi amigo Ralph, titulado con acierto Gnadenlos –sin compasión-, que acompaña mi pipa y mi ginebra, llenándome el alma de regocijo y bienestar.

Porque todavía quedan resistentes.

© Gaviero

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El hombre apaga la luz y va a sentarse a su sillón favorito.

Ya todo es tranquilidad y silencio en la casa, a esas horas refugio nocturno y placentero. Todos duermen.

En pocos días volverá la monotonía del trabajo  y la crianza, pasadas las celebraciones, propósitos futuros, promesas por no cumplir o cumplidas sólo a medias.

El hombre enciende su pipa.  Reflexiona.

Ha cumplido los cuarenta años, esa edad difícil de crisis, enmiendas y recuerdos.

En las volutas del  humo recuerda su vida pasada. Busca sus certezas.

Ha fundado una familia, acabó sus estudios superiores, vive holgadamente.

Su sangre y sus genes corren alegres en dos hermosos cuerpos de niña. Plantó árboles, y hasta se atrevió a emborronar el folio en blanco.

A su lado tiene una mujer que le quiere y respeta. A veces discuten como todo buen casamiento bien avenido. No le deja fumar en casa. Lo normal.

Tiene una biblioteca llena de libros aún por leer, y escasos amigos buenos con los que compartir charla y humo.

Está a mitad de su vida, si la enfermedad  y la hipoteca lo respetan.

Pero siempre se sueña con lo que pudo ser. O se deseó ser.

En los anaqueles las pipas le miran con sus ojos vacíos, preguntándole  “¿es para ti suficiente?”-

El hombre se afana, acaricia la pipa, saborea el humo, busca la eterna respuesta.

Afuera, cae la noche y el frío al comienzo del nuevo año.

Determinadas palabras tienen peso de mármol. Nacen graves y grises, nacidas para el bajorrelieve y la cita en los libros de historia. Suelen ser grandilocuentes y hablan desde los conceptos para ilustrar a las personas. Utilizan la distancia para acercarse, al menos de una forma ilustrativa. Y hay grandes libros escritos así.

Pero les falta algo. Una inmediatez que toque el alma. O esa sensación tan vaga y cercana llamada realidad.

Porque al final, las historias no necesitan ilustrarse desde las alturas. Las palabras que cobran la verdad son las que cada mañana dice un hombre ante un carajillo en un bar, mientras fuma(ba). O lo que uno piensa volviendo de un entierro.

Frío.


Estoy repostando. La Estación de Servicio en la autopista, a estas horas de la noche, vacía.


Frío y soledad. El empleado me mira taciturno cuando cargo la pipa. Una billiard rusticada negra, irlandesa canalla que me acompañó en el trance. Inténtalo, le digo con los ojos. Pero no dice nada. Mejor para él. Ninguno de los dos tenemos ganas de cumplir el maldito cartel de prohibición. Hoy no. Ahora no, al menos.


Necesito fumar. Prendo el tabaco y aspiro. El humo denso y pesado de la latakia me llena la boca y la nariz. Vida.


Necesito fumar. No es una necesidad física. Aún. 
Necesidad espiritual.


Vengo de enterrar a un amigo muerto.


Tras el sepelio, comentarios y opiniones: “Fumaba mucho”. “¡Cáncer!”. “Factores de riesgo…”. “No pudo dejar el tabaco, ni tras el diagnóstico”.”…una pena…”


Frío y soledad en la llanura castellana. Vuelvo al sol, tras enterrar a un amigo muerto.


Y fumo. Saboreo la pipa, el humo y el tabaco.
 Por mi amigo muerto, por su honestidad y por su decisión. Quizá lo mató el tabaco, pero fumó y disfrutó. O no.


La bendita libertad.


Saboreo el tabaco y pienso en mi amigo muerto. No lo conocía, pues el amigo es el hijo. 
Pero todos los que mueren en libertad y honestidad merecen, alguna vez, ser llamados amigos.


Y quizá fumar en pipa.

Aparecen en este libro, “Escritos desde el anonimato“, de Enrique Tárraga (Editorial Círculo Rojo, 2011), ciertos lugares comunes que nos narran pequeñas y breves historias sobre la gente común, usted, yo, todos nosotros: el bar de los currelas, las playas medianamente ocupadas, un Moleskine pidiendo vida y tinta, las carreteras y los paritorios. Y aparecen también algunos textos que he tenido el privilegio de albergar en este blog, como “En guardia“, “Aguantando” o “De fe y otras creencias“. Enrique ha publicado un libro que navega, como la vida, entre poesía y prosa, siempre contando algo que merece la pena escuchar.

Y es que al final, un hombre que encabeza los retazos con letras de Bruce Springsteen, merece una lectura.