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“Y aquí estás, volviendo a la palabra tras tanto tiempo.

Observando cómo la nueva poesía en forma de música crece por las paredes de la que pronto será tu antigua casa.

Cerrándolo todo. Sellándolo de esa forma imperfecta que habilita al humo salir por las rendijas.

Has buscado el momento. Una pausa para poder degustar el disco que llevas meses esperando: “For My Parents”, de Mono. Has construido una suerte de refugio, has llenado tu Claessen de Union Square (como algún tiempo atrás, tan lejano ya en espíritu, cuando aspirabas a ser otro). Y observas cómo la noche se expande y se derrama sobre ti y sobre un grupo de japoneses que te trae con cierta regularidad bianual esas notas que se te prenden al alma de tal manera que sin escucharlas ya sabes que serán una nueva parte de ti.

Un nuevo mueble en la casa de tu vida, esa en la que pronto será otoño. Como cada año.”

12 de septiembre de 2012

Los posts muertos que no llegan a nacer siempre tienen ese aspecto.

Ya sabes, ese aspecto desaliñado y a la vez visionario que tienen los genios en Física. Esa aparente contradicción que no sabes resolver y que normalmente esconde algo demasiado grande para ti, algo que no puedes comprender. Si acaso, intuir. Puedes ver las palabras disecadas, los mosquitos atrapados en ámbar que son.

Y escudriñar si por entonces algo indicaba lo que estaba a punto de sucederte.

Tres semanas después, apenas has podido fumar media docena de pipas en un salón precario a medio hacer, amueblado con lo básico, los pedazos de la casa anterior. Siempre experto en hacer bufandas de los retales, piensas, mientras enciendes una Saler con Cumberland. Fumar en el fragmento, en el resto del incendio de nuevo, y admitir que quizá no haya otro camino más que ese: el de observar desde la ventana cómo cae el otoño contra el suelo.

Abriste ese disco como algo nuevo y lo que salió fue, de nuevo, una vieja sensación. Pero Mono no tiene la culpa de eso, piensas, claro que no. Sólo soy yo, este ser tan imperfecto que duele, al que no le han vuelto a salir las cosas como pensaba. Pero de eso tampoco tiene nadie la culpa. Las cosas suceden y los días pasan, y pronto te apetecerá lo que fumas todos los otoños y todos los inviernos, esas mezclas de latakia que hablan de turba, leña calentando hogares, bosques preparándose a sobrevivir al hielo.

Una vez más.

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Cuando pasas los que los católicos llaman la penitencia.

Cuando nadas como un cabrón para llegar a la orilla con mar de fondo, esa que quizá señalaba la bandera amarilla que, pche, ignoraste.

Cuando avanzas por un parque de madrugada sin más iluminación que la luna, tiene que llegar el momento en el que te encuentres necesariamente con una farola que funciona. Y desde ahí, puedes seguir caminando.

Hoy me senté temprano a la mesa de trabajo y seguí dándole vueltas a una idea para una novela que llevo tiempo dejando madurar. Como en el purgatorio, como en la mar agitada, como en el parque tenebroso, he estado muchas semanas mirando a mi alrededor. Buscando la forma de poner los pies bien firmes en el suelo y saber dónde estaba.

Y sobre todo, cómo se salía de allí.

Desde mi anterior entrada, en la que cayó algún cimiento que otro de lo que era mi vida, me movía en el impasse del tiempo de entreguerras. Esa rara incertidumbre de abolir los horarios y de abrir nuevos tiempos. No todo fue neblinoso, no obstante. Llegó un espaldarazo inesperado en forma de premio y la pequeña certeza de que, tal vez, eso sea la llave a un nuevo tiempo.

Aunque es pronto para saberlo, al menos sé que es el paso que necesitaba. “Gnadenlos” ha sido esa clásica novela que duerme cuatro años en el cajón porque nadie quería publicarla. Y en cierta manera, sabía que mientras no fuera capaz de dejarla publicada, no podría centrarme en la siguiente.

Así que llamé durante años a puertas y nadie salió a abrir. Todo lo más, una voz desde dentro diciendo que dejara el folleto  en el felpudo, que ya si eso.

Hice un último esfuerzo y me lancé a por esto. Y gané.

Cayó en una época rara, donde muchas cosas de las que conformaban mi vida han cambiado definitivamente. Mi travesía del desierto.

Hoy he sido capaz de llegar al oasis, de encontrar la farola, de llegar a la playa, elijan la metáfora que más gracia les haga. Hoy he conseguido que la turbia nube de ideas para la siguiente novela empiece a cobrar forma.

first line of a novel

Con la primera línea. El primer párrafo.

En ese momento, ondeaba en mi boca una Claessen repleta de Union Square. Pasaban pocos minutos de la una y algo de la tarde. Soy incapaz de fumar algo fuerte y pesado como una primera pipa antes de la comida: por eso, para estos momentos de trabajo relativamente matinal, elijo siempre un virginia limpio y fresco que transmita su ligereza a la mañana. Abrí la lata recién llegada de Estados Unidos, dejé secar unos minutos al sol las dos láminas de flake para luego desbrozarlas ligeramente entre las palmas de mis manos y cargar la Claessen. Como buen flake de Gregory Pease, me costó mantener la brasa, pero cuando cogió velocidad de crucero pude concentrarme plenamente en el trabajo. En esa amalgama de conceptos e ideas aisladas que daba vueltas por el cuaderno y que no me conducía más que varias disyuntivas.

Fuera, el sol se derramaba sobre la terraza y me preguntaba Qué, cómo va lo tuyo, y antes de que respondiera, me dijo claramente, Déjate de esquemas y pamplinas y empieza a hablar. Empieza a escribir.

Toqué una palabra clave, pasé varias páginas y escribí la primera línea. Y después el primer párrafo.

Lo peor ya ha pasado. Gracias, Union Square.

El hombre apaga la luz y va a sentarse a su sillón favorito.

Ya todo es tranquilidad y silencio en la casa, a esas horas refugio nocturno y placentero. Todos duermen.

En pocos días volverá la monotonía del trabajo  y la crianza, pasadas las celebraciones, propósitos futuros, promesas por no cumplir o cumplidas sólo a medias.

El hombre enciende su pipa.  Reflexiona.

Ha cumplido los cuarenta años, esa edad difícil de crisis, enmiendas y recuerdos.

En las volutas del  humo recuerda su vida pasada. Busca sus certezas.

Ha fundado una familia, acabó sus estudios superiores, vive holgadamente.

Su sangre y sus genes corren alegres en dos hermosos cuerpos de niña. Plantó árboles, y hasta se atrevió a emborronar el folio en blanco.

A su lado tiene una mujer que le quiere y respeta. A veces discuten como todo buen casamiento bien avenido. No le deja fumar en casa. Lo normal.

Tiene una biblioteca llena de libros aún por leer, y escasos amigos buenos con los que compartir charla y humo.

Está a mitad de su vida, si la enfermedad  y la hipoteca lo respetan.

Pero siempre se sueña con lo que pudo ser. O se deseó ser.

En los anaqueles las pipas le miran con sus ojos vacíos, preguntándole  “¿es para ti suficiente?”-

El hombre se afana, acaricia la pipa, saborea el humo, busca la eterna respuesta.

Afuera, cae la noche y el frío al comienzo del nuevo año.

Quienes mantenemos vivo el noble arte de fumar en pipa tenemos nuestras manías. A menudo tantas y tan comunes que corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas: esa preferencia por escribir en pluma, ese cultivo de barbas, esas colecciones de sombreros.

Más allá de esto, somos esa clase de hombres que todavía le damos una especial significación a los ritos. La primera de ellas es esa ceremonia previa al encendido: la elección de la pipa, la elección del tabaco correspondiente, la carga, la preparación del momento, esa íntima paz que conferiremos al acto. Esta es común a todos nosotros, a esta invisible legión que no aparecemos ya por los bares y que preferimos quedarnos en la paz del hogar antes que regalar pulmonías en las terrazas a las que nos destierran estos tiempos de miseria y confrontación.

Pero también hay ritos privados.

El año pasado instauré uno, quizá el más importante. Y este año tampoco falté.

25 de diciembre. El mundo, con el pause puesto. Las calles desoladas, tramitando todavía la indigestión de la noche anterior. El cielo azul y primaveral. Preparo mi mochila con la Martín 37-09, la pipa que ya no se llama así: es la Martín Juanjo, desde que Rafa Martín me la regalara sin conocerme de nada hace ya más de dos años. Cogemos el coche y veinte minutos después estamos fuera de la ciudad, allí donde las dunas pueblan un paisaje casi lunar.

Al lugar donde cumplí la voluntad de mi padre. A verle. Es intolerable dejar que un padre pase las navidades solo, pensé el año pasado. E instauré mi rito.

El año pasado hablé con él. Llené mi mano de agua y arena, quizá tocando alguna ceniza suya sedimentada que había decidido aferrarse a esas rocas en las que tantos erizos de mar pescó y comió durante años. Le hablé y con el agua de mis manos mojé levemente su nombre tallado en la caña de la pipa.

Este año no hablé en alto. Sólo callé y encendí la pipa. Nos la fumamos juntos, yo y él en el viento. Él fumó más que yo, supongo que será el ansia de llevar dos años y medio durmiendo en la orilla del Mediterráneo sin haber catado nada de humo, decía yo, a medio camino entre la ironía y el sentimentalismo.

Pero allí fui yo a llevarle mis flores. Mis flores de humo.

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Un hombre de bien recuerda a los suyos, sobre todo a quienes se fueron, pienso. Y vuelvo a decirle adiós. O quizá hola. Uno dice adiós tantas veces en la vida para luego volver a lo despedido de una u otra manera que es inevitable pensar que el continuo del espacio y el tiempo es sólo un pensamiento, un estado de ánimo. Salimos corriendo de los pueblos que se nos quedan pequeños para lanzarnos a los abismos de las capitales y de las ciudades extranjeras para acabar saludándolos como pequeños oasis de paz en épocas vacacionales. El romanticismo extraño de volver a lo que llamaste casa, sentirlo por momentos como posibilidad o certeza, y saber a la vez que no es tu casa.

Porque no la tienes.

Nuestra patria sólo es el viento. Ese con quien fumas a medias una pipa y llamas Padre.

I say goodbye too often… (Peter Broderick)

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I toured the light. So many foreign roads.

Preparo la maleta para afrontar un nuevo salto de país. La preparo mentalmente, claro. Ella duerme todavía en el sótano el sueño de la rutina. La dispongo en el suelo de la habitación, alineada con la ventana y el sofá, destripada, esperando el cometido.

Esperando todas las posibilidades.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Todas las posibilidades. Todos los yos que podríamos ser.

Pienso que podría dejar caer dentro de ella un amplio surtido de camisas y pantalones aparentes, algún jersey fino, aquello que me convierte en una persona aparentemente mayor a lo que mi pasaporte afirma. O mis vaqueros más cómodos y anchos que, combinados con esos jerseys a los que el invierno es propicio, me harán pasar desapercibido como uno más de esos postadolescentes que niegan haber rebasado los 30 mientras eligen sudaderas con capucha público objetivo apenas 18. O simplemente, podría llenar mi maleta de mis todoterreno: las camisetas negras de manga larga que admiten todas las posibilidades.

Posibilidades.

Porque habrá cosas básicas que siempre llevamos con nosotros, las más íntimas, las más imprescindibles. En mi caso, además de elegir la ropa con la que los demás podrán verme, elijo un surtido de pipas y tabacos para los 17 días que me aguardan en la península.

Y es una decisión bastante más relevante que la ropa que me llevo. Al fin y al cabo, con la edad uno puede pronosticar cuántos de estos 17 días peninsulares serán días de camisa, días de zapato, días de una espontánea y no requerida corbata.

Es mucho más difícil pronosticar un momento.

Podría ocurrir: una cena respetable de Nochebuena con dos personas enjugando una ausencia. Quizá mis dotes de entertainer a tiempo parcial surtan efecto y mi madre no mire demasiadas veces la silla vacía. Puede que disfrute de una buena copa de vino. Puede que sonría al final de la cena, satisfecha. ¿Con qué tabaco y con qué pipa celebro semejante victoria? ¿Con un 1792, recio e imperial, o con algo más dinámico y alegre como un Cairo o un Fillmore? ¿Y si no lo consigo? ¿Me inclinaré hacia la latakia, que siempre me incita a reflexionar? ¿O reservaré mi mejor latakia para cuando vaya a la orilla de la cala donde le dejé, hace ya dos años y medio?

Cada uno de esos momentos en los que encenderé una pipa será completamente diferente a los demás. Tendrá un sabor, una paz determinada. Y eso es lo que, aparentemente, debo decidir ahora.

En el momento de hacer una maleta, un hombre es todos los hombres.

Y el hombre que canta, I toured the light.

Todo desaparece y no nos quedan ni las cenizas de aquello que amamos, pienso.

Lo pienso mientras camino alejándome lentamente de Covent Garden, sin volver la vista hacia una terraza al aire libre en la que acabo de vivir una escena de difícil definición. Porque estoy en Londres: uno de esos viajes que desde la adolescencia pensamos que significan el éxito del futuro que nos espera, capital de talla mundial, dar una conferencia delante de empresarios y emprendedores.

Hoy sabes que en realidad eso no significa gran cosa, salvo la posibilidad de caminar por calles que sólo te eran extrañas antes de nacer.

Porque todo desaparece, todo se pierde, te dices mientras te alejas de Covent Garden. Apenas 3 minutos antes has decidido desafiar el desagradable viento de componente noreste y tomarte un té en una terraza mientras abres la lata de Dunhill London Mixture que has comprado en el estanco de Charing Cross Road. Ese que ahora en el escaparate tiene que mostrar caramelos tras la última ley que impide la mostración de paquetes o latas de tabaco de forma pública y clara.

Te has sentado, has cargado la pipa, la terraza no está muy llena pero tardan lo suficiente en decidir quién te atenderá como para que te haya dado tiempo a encenderla. Ese aroma a latakia que impregna tu paladar. Y ya anticipas el Earl Grey con dos minutos y medio de infusión que dará el perfecto contrapunto. Aparece el camarero con su refinada educación británica de atención al público. Te arrancas a encargar tu té, pero antes de hacerlo te interrumpe con suavidad y te indica que antes de pedir tengas a bien leer lo que pone la carta.

A pie de la tercera página, una frase.

Please refrain yourself from smoking cigars or pipes.

Él continúa el parloteo disculpándose de antemano por las molestias, que en principio no tendría problema en que fume, pero que si uno solo de los demás clientes de esa terraza donde la sensación térmica no toca ni en verso los 10º centígrados se queja, se verá obligado a pedirme que por favor la apague. Yo no soy capaz de mirarle. Tengo la vista fija en la carta.

from smoking cigars or pipes.

Pienso en los cigarrillos. Esos cilindros que contienen más sustancias de origen desconocido que tabaco. Esas monodosis que atentan directamente contra el concepto que hay detrás de una pipa o de un Montecristo: la prisa contra la pausa. No las ataco: simplemente, no son mi liga. Pero era difícil no sentir remotamente como un insulto esa frase. No importa que te hayamos expulsado de los bares, donde medías el tiempo con la paz de medio litro de cerveza y una pipa. No basta que tu reino sea ahora el de las prostitutas y los barrenderos, cobijándote en las esquinas y en los soportales para poder encender sin interferencias eólicas la pipa. No: vamos cerrando el campo en una maniobra de difícil justificación racional por algo que nada tiene que ver con la salud, como decían los integristas que loaban esa ley que, decían, iba a crear muchos puestos de trabajo y dinamizar el sector hostelero con esos millones de no fumadores que iban a ir corriendo a los bares, ahora que son libres de humos.

Esos mismos bares que ahora cierran tras bajadas del 50 al 70% en sus ventas.

Bares muy distintos a este de Covent Garden, repleto de turistas despistados que encuentran razonable pagar 3 libras esterlinas por un mal cappuccino. A este bar en el que el camarero espera una respuesta mientras yo sigo mirando la carta desde hace varios segundos.

or pipes.

Inspiro con toda la calma y serenidad que me da haber pasado ya con holgura la frontera de los 30. Le sonrío, y le digo,

– No problem, sir…

Sonríe aliviado. Echa mano al bloc de notas de su delantal.

– …then it would be wise not to spend my money here. Have a nice day.

Y me levanto y me alejo de esa terraza sin volver la vista atrás.

Almiralty ArchDecido caminar por las majestuosas calles adyacentes. Strand. Llego hasta Trafalgar Square. Atravieso el Almiralty Arch para adentrarme en The Mall, el paseo que lleva a Buckingham Palace. Subo por St. James’s Street hacia Regent Street. Lugares que durante décadas representaron un símbolo aspiracional de una cierta nobleza, los mejores sastres de Europa, comercios que ahora son marcas, Fortnum & Mason, Penhaligon, Dunhill. Camino por allí honrándoles un íntimo tributo a un tiempo perdido: fumando en mi pipa. Como si fuera 1952 tras la Coronación. No me cruzo con ningún otro fumador en pipa. Todos los viandantes con los que me cruzo, en su inmensa mayoría turistas, me miran como si llevara una chuleta de cordero en la cabeza.

Como si procediera de otro mundo.

Quizá sea así.

Mientras se fuma una pipa en la paz del salón dormido, aparecen siempre algunos sonidos. Su condición es siempre la misma: establecer movimientos de rutina. Como el sol que sale por las mañanas o ese vecino que termina su turno de trabajo a las 23h y abre el portal media hora después: algo que siempre está ahí y cuya función es dotar de sentido el universo entero.

Necesitamos que hayan gestos que se repitan para no volvernos locos.

Por ejemplo, yo atiendo y espero siempre escuchar el clic suizo de mi Hamilton cambiando el día: ese sonido que avanza tu entrada en el tercio final de tu pipa nocturna. También sé reconocer sin embargo un crujido desconocido que se repite cada noche a las 0:18. O escuchar a lo lejos una respiración dormida que amo.

Me gusta pensar que en miles de casas hay otros miles de fumadores acunando lentamente el silencio y prestando atención a los detalles. Tal vez sólo ese sea el último reducto de resistencia frente a la locura: un salón dormido, un hombre, una pipa.

> Crown Viking + Samuel Gawith Sam’s Flake

Uno tiene esa estúpida manía -dirán algunos- de asociar sensaciones a determinados momentos. Vincular un perfume a unos ojos, recordar una espera por el café solo que tomabas, pensar en una noche determinada cada vez que hierves agua para un dim-sum.

Tiendo a asociar la latakia con el otoño. Y con la reflexión.

La asociación de otoño es obvia. Las primeras chimeneas, la presencia de la turba en el suelo, la humedad ambiental flotante. La latakia habla con los bosques que están preparándose para el invierno.

Pero también te habla en noches de verano en las que descubres que las cosas no han ido exactamente como esperabas. En esas noches en las que dejas que el silencio se amontone encima de los muebles, escuchas al reloj marcar segundos como se dispara a los civiles en las guerras olvidadas de África: regular, imperceptible e imparable.

Y piensas. Piensas en tus pasos, en lo que deberías hacer, en lo que harás. También en lo que no harás.

La latakia sirve para pensar. Ese sabor profundo y terráceo, que asoma por la nariz como hace la turba por debajo de la hierba, te conduce de forma casi automática hacia la introspección. Es como un buen whisky de malta. Hay bebidas creadas para la expansión, como el mojito o el gin-tonic. El whisky te lleva a tus raíces como ser humano. La latakia también.

Fumo latakia en una larga noche de jueves. Pero sonrío. Sonrío pensando que dentro de una semana, estaré fumando un alegre virginia a la orilla del mar. Lejos de una reflexión grave, sino contando el ritmo de las olas mientras me doy cuenta de que soy quien soy y tengo suerte relativamente. Lejos de miserias humanas que la latakia pondera y evalúa, allí estará un sabor que me dirá,

– estás jodidamente lejos de todo eso.

Benditos sabores emocionales.

 

Marcel Proust, en ese libro interminable que todos los aficionados a la alta literatura dicen haber leído aunque no haya sido capaces de pasar de la página 50, hablaba del poder de evocación de un sabor, que por sí mismo era capaz de transportarle a otro tiempo, un tiempo perdido.

Los fumadores de pipa también somos un poco proustianos. Incapaces de fumar un solo tabaco en una sola pipa, practicamos el noble vicio de la degustación y la alternancia, la infinita combinación. Recreándonos en el detalle y el momento, es inevitable que asociemos un determinado sabor a un determinado momento.

O a varios.

Bracken Flake de Samuel Gawith. Un tabaco recio, poderoso y enigmático. De alta carga nicotínica, es uno de esos tabacos que uno elige de vez en cuando para darse un festín después de una comida copiosa. Un sabor envolvente que no deja indiferente al que lo prueba: lo ama o lo odia.

Como las cosas buenas de la vida. La mejor definición la ostenta Clemar: como John Wayne, duro pero entrañable.

Esta noche, después de una cena temprana y una cerveza de regalo ante el fin de semana, he cargado mi Les Wood Spigot y me he sentado a dedicarle toda mi atención, como merece. E inmediatamente me ha transportado a dos lugares opuestos.

21 de junio de 2009. Sentado en una mesa del Pipers, mi pub de toda la vida en Alicante. He crecido entre sus paredes y moquetas, me he sentado en todas sus mesas y en todas las sillas. Podría dibujar con los ojos cerrados el local entero, si tuviera el talento para hacerlo. Ese día, estaba sentado en una mesa pequeña, yo solo. Fumaba Bracken Flake en mi Bruken. No recuerdo qué bebía. Probablemente café. Era esa hora tonta y salvaje de la tarde en la que el sol cae a plomo y la gente se refugia en los sofás hasta que lleguen las seis. Escribía en mi cuaderno. Dos días antes, estaba esparciendo las cenizas de mi padre en el mar. Tras el silencio de la entereza casi inhumana, era el momento de escribir. Escribiendo líneas tan duras que leerlas hoy todavía impresiona. Masticando certezas de piedra entre el denso humo. Haciendo un examen de conciencia brutal, recordando. Rememorando promesas que le hice y que no pudimos cumplir.

21 de noviembre de 2010. Fumando en una terraza frente al Mediterráneo. Provocando una sonrisa eterna frente a mí. Haciendo feliz a una persona. Acariciando discretamente su mano mientras el mundo se ponía, finalmente, en calma tras la turbulencia que casi me estrella. Empezando de nuevo. Un día después, encontraría una nota dentro de la lata de Bracken Flake, dándome las gracias por el fin de semana más maravilloso de su vida. Ahí sigue la nota, permanentemente dentro de una lata de Bracken.

El sabor común a dos extremos, a dos momentos que abren y cierran una vida. Ahora aquí, de nuevo. Agitando los dos platillos de la balanza para, por fin, dar un equilibrio. Esos complicados sabores.

Hace 10 años, el universo era otra cosa completamente diferente a lo que ahora me rodea. Sin ir más lejos, hace una década no fumaba todavía en pipa; lo hice esporádicamente durante algunos meses de 1997, en plena ascensión universitaria de snobismo mal disimulado y afianzamiento -vano- personal. Algún día hablaré de ello detenidamente, pienso ahora. Pero hoy hablamos de 2001, del que quedan pocas cosas. Permanecen hoy en día sin embargo algunas canciones, algunos trazos comunes en la forma de trazar las zetas, un puñado de papeles. Un puñado aún más reducido de personas.

Crecer es ir borrando números de teléfono de la agenda.

E ir diciéndole adiós a algunos objetos que te han acompañado de forma invisible, aunque uno no es muy consciente de ello. Hasta que se van.

Ayer usé por última vez mi pasaporte actual antes de enviarlo a otra ciudad para que unos burócratas tramiten su renovación. Ayer tomé el último vuelo que mi pasaporte me habilitó para tomar.

El pasaporte, expedido en marzo de 2001, ya no conserva ni siquiera la impresión dorada exterior que identifica mi nacionalidad. Ha viajado tantos kilómetros, ha mordido tanta mochila, ha dormido en mi bolsillo en tantos viajes que ya era una libreta de color granate, simplemente eso.

Ayer, cómodamente sentado en el aeropuerto de Zürich esperando mi vuelo a Berlín-Tegel, pensaba en la desaparición. Como concepto. Viajaba con un pasaporte que estaba a punto de desaparecer. En mi vuelo de ida, cinco días antes, aproveché la escala para entrar en uno de los múltiples espacios estancos habilitados para fumar de los que dispone el aeropuerto suizo: entré en un espacio que está condenado a desaparecer por la estupidez contemporánea. Igual que desaparecieron los vagones de fumadores de los innumerables trenes en los que viajé con ese pasaporte. Recuerdo múltiples escapadas de fin de semana Madrid-Alicante, cuando vivía en la ciudad contaminada y bajaba a Alicante algunos fines de semana a ver a mis padres; y elegía vagón de fumadores. A menudo ni siquiera fumaba cuando iba en él: simplemente el hecho de saber que en ese vagón no encontraría a la caterva clásica de niños gritones y padres desquiciados despejaba cualquier duda por mi parte a la hora de elegir asiento y vagón. Y los días que fumaba, recuerdo atardeceres eternos sobre los campos sin fin de Castilla-La Mancha a 160km/h mientras aspiraba mi cigarrillo liado de Amsterdamer.

[Se acabaron los tiempos de elección, pienso ahora. Ahora otros han decidido por ti. Por tu bien.]

No obstante, no sólo pensé en las desapariciones nicotínicas. Ahora pienso: un viaje en tren en vagón de fumadores a ver a mi madre y a mi padre, el cual también ha desaparecido ya y ahora forma parte del Mediterráneo y del Cantábrico. Ahora pienso: un viaje de 14 días en 2002. Interraíl. Noviembre. Solo. Con una mochila. La cabeza llena de complicaciones. Volví sin ellas y con 9 kilos menos. Purificado. Con la lección bien aprendida: cuando estés confundido, no te pierdas en disquisiciones, simplemente muévete. El movimiento contínuo, sobre todo si se convierte casi en automático, te da el vacío interior necesario para que se formulen solas las respuestas que ni te atreves a plantear. Caminé por ciudades desconocidas hasta reventarlas. Atravesé fronteras que poco tiempo después desaparecerían como tales: Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia. El pasaporte da cuenta de ello. Por entonces todavía era cotidiano que a las 3 de la madrugada, en aquellos trenes nocturnos que sólo los locos y los viajeros profesionales cogíamos, apareciera un guardia fronterizo con un uniforme siempre nuevo y nunca visto a revisar tu pasaporte y a timbrar tu entrada oficial en su país.

A veces pienso en esos guardias fronterizos, acostumbrados al poder de aceptar o rechazar arbitrariamente la entrada de un extranjero en su país, hoy, en los mundos de la Unión Europea, ordenando el tráfico en una ciudad cualquiera, o redactando grises informes en una oficina desde la que ven pasar los trenes que ya no tienen que detenerse en el territorio en el que se trazó una línea política que ya no significa nada. Y me pregunto si ellos simplemente observan los vagones como quien relee viejas cartas de la adolescencia de gente que nunca volvió a escribir: con una distancia insalvable; o si por el contrario también piensan en la desaparición.

Como pienso después de fumar una pipa durante una hora y media, y vaciar la pipa de cenizas.

Heráclito y Parménides viajando en un tren en vagón de fumadores, pienso después. Les imagino discutiendo largamente sobre si uno puede bañarse dos veces en el mismo río. Heráclito sería uno de esos fumadores de pipa que siempre deben probar tabacos nuevos, tabaquistas incansables. Parménides, uno de esos viejos fumadores que uno puede encontrar todavía en algunas plazas, fumando sentado en un banco, siempre en la misma pipa. Yo observo la foto de 2001 en el pasaporte que se va a extinguir ireemediablemente. ¿Sigo siendo la misma persona? Tengo que darles a ambos una parte de razón. Heráclito sonríe fumando Kajun Kake mientras concedo que no soy la misma persona: que la vida me ha hecho otra persona con el mismo nombre, y que cada día soy más otra persona y que no tengo gran cosa que ver con lo que seré mañana. Y Parménides masculla un sonido de aprobación sin sacarse la pipa de la boca cuando le reconozco que en esencia, sigo siendo el mismo idiota que se fija en los detalles que querría salvar de la inexorable desaparición.

Quizá por eso hago tantas fotos, pienso. No por voluntad estética, sino por preservar lo insignificante, lo no narrado, lo invisible, del paso marmóreo del tiempo. Observo mi foto de hace diez años. Tal y como observaré mi foto de ahora dentro de diez años, muy probablemente desde otra ciudad, residiendo en otro país. Quizá entonces el protocolo sea otro y yo ya no seré un indocumentado en el intervalo entre caducidad y renovación. Ahora, durante tres semanas, seré una persona invisible. Intrazable más allá de la palabra y de una torpe fotocopia. Que desde luego no podrá volar a Zürich, ni a Valencia, ni a Vancouver, ni a Londres, ni a Copenhague, Amsterdam, Praga, Budapest o Venecia.

Hoy le digo adiós a mi pasaporte con una pipa hasta arriba de Bell’s Three Nuns. Un tabaco desaparecido.