Archivos para las entradas con etiqueta: restricción

“…y vieron entrar un tabaco detrás del cual venía un hombre.”

Leonardo Padura. Pasado Perfecto.

El mundo se ha vuelto loco. No es posible dudar de esto, después de años de crisis, desgobiernos varios y revoluciones pendientes.

Caminamos a pasos agigantados hacia la nueva era de la deshumanización y la incertidumbre, en la que los individuos son sustituidos por las estadísticas, los sentires por números y los sueños se hacen irrealizables, extraños, imposibles. Los dioses nuevos controlan su interés con armas silenciosas e incruentas; y los viejos, ausentes, andan perdidos entre rezos y concilios inconclusos.  Y el hombre, ese animal a su imagen y semejanza, regresa a la caverna primigenia, aullando su mala suerte y rumiando la incapacidad de los líderes, la vergonzosa rendición de sus banderas, la clamorosa amputación de su naturaleza.

Pero, curiosamente, esa animalización del ser humano, esa deshumanización, ese retroceso vital y moral no es ajena al clima políticamente correcto en el que nos encontramos. Más bien es resultado del mismo. Lejos de colocar al individuo en el centro de la existencia, con sus miedos, sus anhelos, sus certidumbres, sus apetencias y necesidades, el mundo  bienintencionado –o no- de los rectores de nuestra vida nos sitúa en las antípodas de toda esa extraña y hermosa amalgama de vísceras, sentimientos y sueños que es el ser humano.

Y el mundo de la literatura no es ajeno a esta reflexión, inundado por la estupidez, los lugares comunes, la prevención, lo políticamente correcto.

Por eso, en la noche estrellada y mediterránea en la que escribo y fumo celebro un libro como el de ha parido mi amigo Ralph, titulado con acierto Gnadenlos –sin compasión-, que acompaña mi pipa y mi ginebra, llenándome el alma de regocijo y bienestar.

Porque todavía quedan resistentes.

© Gaviero

Anuncios

Aquí os dejo una lucida reflexión del profeso Antonio Escohotado sobre el tema que nos ocupa y preocupa.

“Pensaba dejar los cigarrillos el próximo febrero, dando por suficientes 40 y muchos años de gran fumador, pero el recrudecimiento de la cruzada antitabaco justifica un ejercicio de solidaridad con quienes siguen fumando, y aspiran a ser respetados. En efecto, los reglamentos no mandan que las tiendas de alpinismo estampen en sus artículos esquelas sobre peligros de la escalada; ni imponen a la manteca y la mantequilla esquelas parejas sobre los riesgos del colesterol. Ni siquiera los concesionarios de motos y coches deportivos deben incorporar algo análogo sobre accidentes de tráfico. Vendedores y bebedores de alcohol, quizá por respeto al vino de la misa, no son molestados. Quienes usan compulsivamente pastillas de botica resultan pacientes decorosos, y quienes toman drogas ilícitas son inocentes víctimas, redimibles con tratamiento. El tabacómano y el simple usuario ocasional de tabaco, en cambio, son una especie de leprosos desobedientes, que pueden curarse con sanciones y publicidad truculenta.

Es indiscutible que el humo molesta, y que debe haber amplias zonas para no fumadores. Sólo se discute qué tamaño tendrán en cada sitio (edificios, barcos, aviones) las zonas para fumadores. Cuando algo que usa un tercio de la población recibe una centésima o milésima parte del espacio -o simplemente ninguna- oprimimos a gran número de adultos, capacitados todos ellos para exigir que las leyes no reincidan en defenderles de sí mismos. Que las leyes prohíban, o impongan, actos por nuestro propio bien dejó de ser legítimo ya en 1789, al reconocerse los Derechos del Hombre y del Ciudadano, gracias a lo cual en vez de súbditos-párvulos empezamos a ser tratados como mayores de edad autónomos. Y es llamativo que en un momento tan sensible al respeto por muy distintas minorías cunda un desprecio tan olímpico hacia la única minoría que se acerca a una mayoría del censo. Sólo se entiende, de hecho, considerando la tentación de convertir los estados de Derecho en estados terapéuticos, legisladores sobre el dolor y el placer, donde lo que antes se imponía por teológicamente puro pueda ahora imponerse por médicamente recomendable.

Con todo, la sustancia del atropello no cambia al sustituir sotanas negras por batas blancas. Si atendemos al asunto concreto, vemos enseguida que la fanfarria terapeutista disimula y deforma sus términos. En primer lugar, la nicotina estimula, seda y previene algunas enfermedades; los agentes propiamente nocivos son alquitranes derivados de asimilarla por combustión. El gendarme terapéutico ¿se ocupa acaso de promover alternativas al alquitrán? Las primeras patentes de cajetillas con una pila que calienta el tabaco a unos cien grados, hasta liberar la nicotina sin producir alquitranes, tienen más de 20 años. Esos revolucionarios inventos para inhalar selectivamente han ido siendo comprados por las grandes tabaqueras, como es lógico; pero que Philip Morris o Winston se arriesguen a poner en marcha tanto cambio pide un cambio paralelo en la actitud oficial, hoy por hoy anclada al simplismo de satanizar la nicotina.
En segundo lugar, las incoherencias del terapeutismo coactivo brillan en el hecho de que sus desvelos por la salud del fumador no incluyen informar sobre o intervenir en qué fumamos, cuando el tabaco ronda una quinta parte del contenido de cada pitillo. El resto, llamado sopa, es una receta confidencial del fabricante, cuya discrecionalidad le permite novedades como añadir tenues filamentos de fósforo al papel, para que queme más deprisa. En tercer lugar, a este generalizado trágala se añaden promesas de doblar el ya exorbitante precio de las cajetillas, como si sumir en ruina al tabacómano le resultara salutífero.

Así, los deleites unidos a fumar -que son básicamente energía y paz de espíritu-, y los inconvenientes de dejar esa costumbre -que son desasosiego, y resucitar la codicia oral del lactante- pretenden solventarse con un cuadro de castigos: no saber qué fumamos, no tener alternativas a una inhalación de ilimitados alquitranes, padecer atracos al bolsillo, sufrir discriminación social, o comulgar con falsedades (como que estaremos a salvo de cáncer pulmonar, bronquitis, arteriosclerosis e infartos evitando el tabaco). Curiosamente, el cruzado farmacológico norteamericano, que está en el origen de esta iniciativa, se niega por sistema a reducir sus emisiones de gases tóxicos firmando Kioto, sin duda porque tragar humo de modo involuntario y no selectivo es tan admisible como inadmisible resulta tragarlo de modo voluntario y selectivo.
Ante tal suma de iniquidades, un grupo tan nutrido como el tabaquista debe reclamar los mismos derechos que cualquier minoría, empezando por regular él mismo sus propios asuntos. Actos de pacífica desobediencia civil en cada país, como encender todos los días varios millones de cigarrillos a cierta hora, parecen sencillos de organizar, y prometen tanta fiesta para los rebeldes como impotente consternación en el gendarme higienista.

Moliére lo comenta ya en L’amour médecin: «el tabaco es droga de gente honrada, como el café». Reconozcamos también que en tiempos de Moliére no se había descubierto el cigarrillo, ni Hollywood había promocionado tan abrumadoramente su empleo. Doy por evidente que los ceniceros sucios despiden un olor asqueroso, que el tabacómano es una especie de manco, y que fumar muchos cigarrillos genera a la larga efectos secundarios funestos. No por ello resulta más arriesgado que conducir deprisa. Ni es más insensato que ignorar el cultivo del conocimiento, la práctica de la generosidad o prepararse cada uno para su venidera muerte. Lo arriesgado es que la ley saque los pies del tiesto, lanzándose a proteger a los ciudadanos de sí mismos, como si la sociedad civil pudiera administrarse a la manera de un parvulario.
Cuando nos atracan entregamos el botín a disgusto, conscientes de padecer una agresión. Cuando nos estafan lo damos a gusto, imaginando hacer un buen negocio. Pero es estafa, y no buen negocio, cargar con planes eugenésico-paternalistas que siempre aúnan despotismo con frivolidad. Dejar de fumar sólo cuesta tanto porque sus efectos primarios -anímicos y coreográficos- generan un placer sutil. Sin duda, haremos bien dejando de fumar compulsivamente, mientras eso no nos amargue el carácter y desemboque en efectos secundarios como obesidad, inquietud o sustitutos químicos para la sedación-estimulación que obteníamos encadenando cigarrillos. Como dijo Epicteto, “nada hay bueno ni malo salvo la voluntad humana”, y si lo olvidamos todo el horizonte se torna banal, no menos que proclive a confundir opresión con protección, estafa con benevolencia. “.

Pues eso. Lucidez se llama.

Atentamente.

Gaviero

Recuerdo una anécdota que sucedió en un tiempo mental que ahora parece lejano.

2006.

Recién llegado a una ciudad en la que oficialmente fumaba el 40% de la población. Una ciudad en la que los cafés eran lugares cuajados de suelos de madera, sofás y humo. Un paisaje en el que las manos de la gente que acudía a los bares acariciaban las humeantes tazas en invierno y las frescas botellas en verano, acompañadas del tabaco. Los puristas de la asepsia y los talibanes del ecologismo de salón hablarán mucho, pero el tabaco era el ambiente, la amortiguación de las palabras, el colchón sobre el que caía, lenta, tímida, esa primera caricia de las parejas que se acercan poco a poco en lugares neutrales.

En uno de esos cafés, una mañana de un día laborable, yo ocupaba mi desocupación en comunicarme con el mundo con mi portátil. Con la exactitud del mecanismo preciso y la lentitud de quien disfruta de la anticipación, lié un cigarrillo. Era la época en la que alternaba la pipa y el tabaco de liar, porque a mi juventud le daba reparo fumar en pipa en público. El café estaba solitario como una larga mañana de resaca. Sólo la camarera rusa con el hoz y el martillo tatuados en el hombro, otro solitario tomando café y yo, centrado en mis acciones. El otro cliente estaba casualmente en la mesa de al lado. Encendí, las volutas azules empezaron a girar en vertical, y pocos segundos después, el cliente cogió su taza y se cambió a la mesa más alejada de la mía. Me quedé mirándole con la interrogación sin formular, y me dijo, disculpándose,

– es que soy asmático…

Me sorprendí tanto de su corrección, su educación y su humildad, que me salió en mi por entonces deficiente alemán,

– no, por favor! haberlo dicho antes!

Y apagué el cigarrillo, sonriendo. Él sonrió también y volvió a la mesa de al lado.

La ciudad era Berlín. La educación, el respeto por la individualidad del otro, por sus acciones y su libertad, eran hechos sagrados para todos, hasta un extremo tan exagerado como éste. Siempre cuento esta historia, como un viejo abuelo nostálgico, cuando veo los carteles notificando las nuevas reglas en lugares en los que jamás un primer beso volverá a tener la cadencia que tuvo años atrás.

Esta es la tolerancia que las leyes se han encargado de dinamitar.