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El invierno, aunque meteoro ausente gran parte de la estación, acompaña esta noche el humo con frío y soledad.

Fumo mi pipa y miro la calle de mi barrio, alumbrada escasamente por la tenue luz de la farola. El asfalto brilla mojado de escarcha anticipada, que la madrugada hará hielo mudando el gris plomizo en blanco quebradizo  y nuclear.

El tabaco denso, diríase incienso y claustral, acompaña las reflexiones y los pensamientos.

Miro el humo perderse en el cielo, buscando la libertad, después de dejar mi boca impregnada del  sabor del  tiempo y el recuerdo.  El tabaco preferido rememora momentos  felices,  lugares lejanos, compañías anheladas.

El humo como temporizador de recuerdos, como portador de nostalgia, como fedatario de momentos.

Recuerdos, nostalgias, momentos que el humo nuevo y renovado, pero igual, nos trae a la compañía y a la mirada.

El humo como compañero fiel, ahora, y en la boda del amigo, la mirada de la amante, el funeral del conocido. En el relajo del  trabajo, en la lectura de la estrofa preferida, rapsoda de tu felicidad.

Conexión con otro mundo, con otros tiempos, con otras voces.

Las que resisten en cada una de sus volutas,  nuestras,  depositarias humildes de las vidas pasadas o las por venir escasas.

Pero, tristemente,  en la certeza de que son quizá las últimas, disueltas poco a poco en las noches de frío y soledad.

Esta es la comunión extraña del humo mío, que es también, ojalá, el vuestro, esta noche de invierno.

© Gaviero

… Y aún mayor honor les es debido
cuando prevén, y muchos lo prevén
que surgirá por último un Efialtes
y los persas terminaran pasando.

Termópilas.C.P.Cavafis.

Hoy, al enfrentarme a la pluma y a la moleskine, ante mí, las hojas tornan rosa y humo.
Ya nada es igual. No puede serlo. Ajeno a eslóganes y proclamas de los políticamente correcto, mi mundo nuevo ha cambiado.

La póker estilizada y el tabaco extinto me acompañan.

Cómo explicar lo inexplicable. La vida abriéndose paso a través de la sangre y el llanto. Cómo comprender lo incomprensible, la carne nueva y la mirada eterna, tras la cópula, la espera y el deseo.

La vida nueva en el nuevo mundo, que ni comprendo ni explico ni quiero para ella.

He sido padre, y tras la incertidumbre, la alegría y la felicitación, en la soledad de la noche ajada de nervios y cansancio, fumé.

Una pipa de tabaco arcaico y viejo, en honor de la vida nueva y el rito antiguo. Perfumé la noche mediterránea con el humo denso y sabio, agradecido, saboreando el instante en que, en un minúsculo, indefenso y hermoso cuerpo de niña, mi alma se perpetúa gracias al gen y al amor.

Y pienso; cuando esa niña tenga edad y sus ojos puedan leer estas líneas y comprender, espero que alguien le explique que su padre, en la noche de luz y dicha de su nacimiento, celebró su mundo nuevo fumando una pipa de tabaco. Pues hubo un tiempo en que los hombres eran libres, y podía hablar, discutir y fumar sin ser perseguidos y estigmatizados. Y que cuando vea los anaqueles de libros y pipas, pueda entender que algunos irredentos los consideraban armas y bagajes en su lucha por la libertad y el individuo, en batalla librada con cierta elegancia, pese a que los persas siempre terminan pasando.

© Gaviero
Escrito fumando la Carsipe Laurita con The Balkan Sobranie.

Las 7´45 horas de un viernes otoñal. Saboreo el café mañanero en mi bar de todas las esquinas.

Cargo mi pipa, una canadian Martín con nombre poético, Dolzaina; el tabaco, fresco y suave, carga la cazoleta entre susurros y esperanzas; la mezcla inglesa, recia y contundente, del Squadron Leader, juega con el delfín, y rie alegre. O eso imagino.

Pienso.
Quizá dentro de poco no podré hacerlo. Fumar en mi bar de todas las esquinas. Mientras miro el paisanaje y me pongo al día del país, la crisis y demás, mejor que en noticiarios de escasa objetividad y menos cercanía, alejados siempre de la realidad dura y quizá triste del día a día, ocupados en tramas imposibles, cumbres multinacionales y conmemoraciones inútiles y aún innecesarias, entre proclamas y eslóganes que aquí, entre olores a café y coñac, humo de tabaco y varón dandy, perfumes de la clase que aguanta al país y a sus gobernantes, suenan obscenos y pornográficos.

Y miro.
A los currelas que trasiegan copas de pacharán y carajillos, acabando su desayuno antes de reincorporarse al tajo, entre bromas y carcajadas y humo de cigarros, riendo por ser viernes y fin de semana, y tras la jornada, el día los dejará lejos del andamio y la máquina. Al inmigrante de color que en otros tiempos políticamente más incorrectos y aún aquí llamamos negro, cargado con bisutería y relojes mil, iluminando su cara con una sonrisa que llama la atención, de blanco y alegre y quizá soñador, mientras descansa un rato de mantear, comiendo un pincho mientras piensa en irse con su primo, que vive en Marsella o en Frankfurt, donde la vida no es tan dura tras la patera. Al ludópata que tras rápido café, maldice a la máquina que le esgrime colores, mientras tras él lo chinos cuentan las jugadas y levantarán el premio. Los empleados de la sucursal bancaria, encorbatados, desayunándose antes de denegar los créditos. Al borracho de todo bar, que apura su copa de chinchón antes de continuar su recorrido y pasar a ser el borracho de otro bar. Al repartidor que descarga los congelados, mientras comenta lo mal que está el tráfico y lo cabrones que son los municipales. A la chica de la esquina, que se desmaquilla ante la manzanilla y cuenta la bolsa de la noche, disimulando sueño y minifalda, y dice no al último cliente. Al taxista, que en doble fila, comenta las ultimas noticias de la radio quejándose del lumbago que lo tiene a malvivir, y que vuelve a decir lo cabrones que, ¡efectivamente!, son los municipales y el alcalde. Al vendedor del cupón, que tropezando, asegura que esta vez si, el gordo, y que le queda la niña bonita. A la pedigüeña rumana, con el crío a cuestas, que vende estampitas mientras intenta sustraer alguna cartera con dedos ágiles y malnutridos. Al triste parado, que saborea su anís, harto de imaginar la cola en la oficina del INEM. Al quiosquero que termina de dejar los periódicos del día, mientras sueña con océanos y mulatas…

Olor a café recién hecho, a bollería, a humo de tabaco y sudor. A vida.

Quizá los políticos gobernantes debieran compartir alguna vez un café y una pipa en el bar de todas nuestras esquinas…

…para iluminarse entre volutas del humo y redimirse. Creo.

E.Tárraga